La crisis ya dejó de medirse en días de bloqueo. Ahora se mide en estómagos vacíos. Los médicos que salieron a protestar en La Paz contaron una escena tan simple como inquietante: ellos ya no comen durante sus turnos para ahorrar lo poco que queda, pero lo que realmente les preocupa es la alimentación de los pacientes. Porque el hambre también se enferma. Y cuando quien está postrado en una cama necesita una dieta especial y los insumos comienzan a escasear, la crisis deja de ser política y se vuelve profundamente humana.
Se repite que la justicia no se negocia, pero al mismo tiempo se anuncia que no se ejecutarán órdenes de apremio contra quienes impulsaron el cerco a La Paz. Entonces, ¿en qué quedamos? Si la ley se aplica según la coyuntura política, deja de ser ley para convertirse en una herramienta de conveniencia. El Estado de Derecho todavía tiene muchas piezas sueltar por ajustar.
Quizás por eso la noticia más esperanzadora de los últimos días sea la aceptación de la mediación de la Iglesia católica. Tal vez habría sido mejor aceptar ese camino mucho antes. Porque después de un mes de bloqueo todos quedarán quebrados: unos económicamente y otros políticamente.
Y para estos últimos la factura puede ser más pesada. Si las decisiones de la Asamblea terminan siendo vetadas en las calles, el mensaje es devastador: la institucionalidad vale menos que la capacidad de presión. Democracia a la boliviana. Y cuando eso ocurre, el problema ya no es un bloqueo. Es el futuro mismo de la gobernabilidad.
(*) César del Castillo editor