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Cara a Cara

Lunes, 25 de mayo de 2026 a las 04:00

    

El problema de un gobierno no comienza cuando enfrenta protestas, bloqueos o crisis. El verdadero problema aparece cuando la palabra presidencial deja de tener efecto sobre la realidad. Y eso es exactamente lo que hoy empieza a ocurrir con el Estado boliviano.
Anunció diálogo y, de hecho, hubo reuniones con varios sectores e incluso anuncios de acuerdos. Pero los conflictos siguieron intactos. Entonces surge una pregunta inevitable: ¿para qué sirvieron esos diálogos? El mensaje político fue devastador: un presidente que conversa, pero no logra desactivar la crisis ni recuperar el control de las calles.
 Después vino el supuesto reajuste ministerial. El país esperaba cambios profundos. Pero apenas salió el ministro de Trabajo, quien además se marchó cuestionando a los asesores del mandatario. En política, pocas cosas son más peligrosas que un exministro disparando contra el propio círculo presidencial.
Tampoco funcionó el corredor humanitario. El occidente sigue atrapado entre bloqueos, escasez y una inflación cotidiana que castiga la compra más básica. Ya no alcanza el dinero y tampoco el relato oficial.
Otro problema: mientras sectores movilizados denunciaban la muerte de un joven de 23 años, la vocería gubernamental negó el hecho. Horas después, un informe forense confirmó el fallecimiento. Cuando un vocero pierde credibilidad en algo tan sensible, empieza a deteriorar uno de sus activos más importantes: la confianza pública. Y si a eso se suma un asesor presidencial que insulta y confronta en redes sociales. Entonces, el problema está adentro.
 

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