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| 24/02/2019


Reivindicando la desobediencia

Hace tiempo que no sentíamos tanta necesidad, como en estos tiempos, de reivindicar nuestro legítimo derecho a la desobediencia. Bien podría estar refiriéndome aquí a la desobediencia civil, una reacción ciudadana más que justificada ante los sistemáticos y cada vez más arteros abusos de funcionarios gubernamentales, representantes populares y partidos políticos en el ejercicio del Poder. Pero esta vez no hablo de esa legítima y a la vez necesaria, también, desobediencia civil ciudadana y general. Hablo más bien de una más específica, circunscrita al universo de los trabajadores de la prensa y de manera aún más particular, a los periodistas.

Urge recuperar la verdadera esencia del periodismo, esa que siempre le ha dado sentido al oficio y que no ha sido otro que buscar la verdad. Buscarla para contarla. Contarla para que la gente se informe bien y oportunamente, para que comprenda lo que sucede, para que lea los datos de la realidad, para que pueda descubrirse y descubrir a los otros, para que sepa cómo tomar decisiones importantes sobre asuntos públicos, para que además pueda cobrar explicaciones y rendiciones de cuentas públicas. Información que permita alimentar y alentar el pensamiento crítico. Que sirva asimismo de freno para los excesos que, cometidos desde los poderes, ponen en riesgo el estadode derecho y la vigencia plena de los derechos.

La urgencia no nace de la nada. No es una invocación vana ni aparece de relleno. Surge de la constatación de una dura y fea realidad, difícil de ponerla en evidencia no solo porque estamos viviendo en Bolivia tiempos de autocensura y represión disimulada de las más variadas manifestaciones, sino también porque hablamos de un gremio muchas veces reacio a la autocrítica y más aún a las críticas, poco cohesionado en torno a la verdadera esencia del periodismo y, tal como ha sucedido con muchos otros gremios, más bien presa fácil de la dinámica del mercado, antes que fiel a los valores y propósitos del oficio. Este retroceso no es casual. Obedece a una maquinaria hábilmente accionada por los que se alternan en el poder político, con la complicidad del poder económico privado, a los que los une el mismo miedo: que la verdad sea revelada.

Un repaso a todo lo que se publica hoy en los diferentes medios de comunicación en el país puede ayudarnos a constatar lo dicho aquí. Salvo rarísimas excepciones, no aparecen en los medios informaciones que nos permitan asegurar que estamos siendo informados de manera oportuna y correcta sobre todos los asuntos públicos que nos conciernen. Los temas relacionados a la economía son un ejemplo. Hasta hoy, muchas cifras oficiales no cuadran con los datos de la realidad o con las cifras que contrastan las entidades privadas o de investigación. Poco se conoce de la ejecución presupuestaria, al detalle, y de los procesos de licitación, también al detalle, de las más de trescientasentidades públicas. En el caso de la producción de hidrocarburos y reservas de gas, lo mismo. Ni hablar de casos de corrupción que están siendo investigados desde hace años. Todo va a medias.

Los funcionarios públicos se resisten a dar entrevistas, salvo a medios o periodistas a los que creen poder controlar, o con preguntas pactadas o cerradas. Las ruedas de prensa son cada vez más vergonzosas. Sin preguntas. O cuando las hay, sin respuestas. Lo peor de todo es que nos estamos acostumbrando a que así nomás es. Y estamos perdiendo. Todos. Los periodistas y la sociedad en su conjunto. Vamos para atrás. No hay otra opción que reivindicar la desobediencia en el periodismo, para poder romper el círculo vicioso. Sí, el riesgo es perder el trabajo. Oriana Fallaci diría: “más vale perder el trabajo que la dignidad”. O el trabajo, que la libertad de elegir.

Era Fallaci precisamente la que decía que para ser periodista había que ser desobediente. Y que ser desobediente significaba, entre otras cosas, estar en la oposición. ¡Ay, qué horror, la palabra prohibida, el terror en los tiempos de hoy, ser estigmatizados como opositora! No importa si por el MAS o por los menos… en todos los niveles de gobierno, en todas las estructuras políticas se escucha el mismo “insulto”. Pues bien, Fallaci decía más: que “para estar en la oposición hay que decir la verdad. Y la verdad siempre es lo contrario de lo que nos cuentan. La historia se escribe sobre la verdad y no sobre las leyendas”. Leyendas oficialistas o no. Leyendas públicas o privadas. Leyendas al fin.





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