OPINIÓN



| Hace 6 días


El problema no es Achá, es Evo

Finalmente cayó Guillermo Achá, expresidente de YPFB. Tras las denuncias divulgadas por los (pocos) medios de comunicación independientes y la fuerte movilización en las redes sociales, Achá perdió el apoyo con que contaba porque no pudo explicar un hecho muy sencillo: por qué autorizó el aumento de $us 60 millones del precio base para la compra de taladros entre la primera licitación y la segunda. Ello es algo anómalo, extraño, difícil de explicar. Y luego la italiana Drillmec, pese a ofrecer el precio más alto, terminó ganando.

Pero el problema no es Achá, es el presidente Evo Morales. Lo es por varias razones, la más importante de ellas por la forma que tiene el presidente de manejar el Estado. Evo adora los grandes contratos, las obras enormes, los proyectos elefantiásicos. Cree que, con ellos, el país mejora. Lo demostró al inaugurar el nuevo palacio del Ministerio de Economía cuando dijo más o menos lo siguiente: “Antes éramos un Estado mendigo, ahora tenemos grandes ministerios”. El presidente cree que el hecho de construir edificios lujosos para los jerarcas del Gobierno mejora la economía. Pues no. Tener ministerios lujosos (o palacios de Gobierno de 28 pisos) solo demuestra una errada manera de decidir en qué invertir y en qué no (además de su escaso respeto por el entorno urbano).

Al expresar su desenfreno por los grandes contratos, Morales les da una señal a sus dependientes: “Gasten sin control porque eso es bueno para mi Gobierno”. Con cada contrato millonario nuevo, Morales se va tranquilo a dormir. Aunque esos contratos sean innecesarios, mal concebidos y plagados de dudas de sobreprecios. Achá reúne las características necesarias para ser exactamente aquel empleado que sabe aprovechar las circunstancias. 

La otra razón por la que Morales es más culpable que Achá es la razón que dio al explicar por qué se dio este último hecho (aparte de acusar a los medios por ello). Dijo: “Con el vicepresidente a veces nos olvidamos de algunos compromisos, son miles de proyectos y millones de inversión”. Justamente, Morales cree que él y el vicepresidente, cuales superhombres, tienen que revisar esos contratos, mirar todo, controlar el detalle. Esto refleja su visión centralista del poder y su carácter autoritario. Y su escasa modestia. ¿Juega fútbol a toda hora y luego quiere controlar miles de contratos?

Si el presidente no creyera que el Estado debe ser manejado como su chacra, sino orientado por sistemas de control y transparencia administrativa, además de una justicia independiente, estas cosas no pasarían, o pasarían menos. 








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