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| 24/06/2018


¡Cuánto tiempo perdido!

Es asustadora la evidencia del tiempo perdido. Tanto en lo personal como en lo colectivo. Esa sensación de haber dejado pasar oportunidades únicas en la vida para crecer, para ser y hacer mejor todo para sí mismo y para otros. Asusta y preocupa que esas pérdidas se repitan cada vez con mayor asiduidad, sin que el impacto de sus consecuencias baste para provocar una reacción salvadora para todos. Es como si el tiempo nada valiera, como si de pronto diera lo mismo crecer que estancarse, vivir que morir.

Acostumbrarse a esas pérdidas es lo peor que puede pasarle a cualquier ser humano o un colectivo de seres humanos. La resignación anula, mata cualquier posibilidad de progreso. De pronto, es como si no mereciéramos ser y vivir mejor, es como si nuestro destino no fuera otra cosa que la fatalidad de perecer en vida, viendo pasar las buenas nuevas frente a nosotros, pero sin tener jamás el derecho de gozarlas. Es como si nos convenciéramos de que hay ciudadanos de primera y de segunda, seguros de estar lejos de unos y otro.

Siento el peso de esa fatalidad en este momento. Dos semanas desconectada de la rutina que tejo junto a tantos otros seres humanos con los que comparto espacio y tiempo, y en las que me he dado el placer y el derecho de respirar otros aires, han sido suficientes para percibir cómo perdemos el tiempo en Bolivia, en cada rincón, en todo momento y frente a las más variadas situaciones. Una evidencia que tanto vale en el plano personal como en el plano colectivo. Pérdidas que se acumulan a cada segundo, con un desgaste absurdo.

Desaprovechamos las oportunidades para crecer, no por falta de coyunturas favorables, sino por la incapacidad de fijarnos metas concretas y altruistas, así como por la cobardía a la hora de romper las barreras que nos impiden evolucionar como ciudadanos. Dejamos que nos impongan raseros que nos igualan para abajo. Consentimos la informalidad en todos los ámbitos y hasta alentamos –con aplausos, premios y votos– a quienes desde su mediocridad, ignorancia y prejuicios pretenden ir a contracorriente de la modernidad.

Una modernidad que no tiene mayores misterios y que apenas requiere mente abierta a los cambios, voluntad de evolucionar cada vez más en todos los campos de la humanidad y determinación. Nada que no pueda ser posible de alcanzar en nuestro espacio y tiempo. Comenzar a transitar ese camino requiere de pocas luces y de muchas ganas. Pienso hoy en cosas sencillas, como el de saber que las leyes están hechas para ser cumplidas y que si alguien las ignora o viola, tendrá que atenerse a las consecuencias. Pero en serio.

Cosas simples como las de confiar en tus vecinos, en tus autoridades, incluso en cada extraño que se cruce por tu camino. Son certezas básicas, mínimas. Estoy recordando en este momento detalles que son comunes en otras sociedades, mientras que en la nuestra es inimaginable: levantar una casa sin muros que la rodeen y aíslen; despachar maleta sin candados; pagar impuestos y que estos retornen en servicios… y mucho más. Que tu día a día no esté contaminado con el veneno destilado por los poderosos públicos y privados.

No parecen metas estrafalarias ni de costoso alcance. Las vemos cumplidas en varios de nuestros países vecinos. Digo las vemos, porque están ahí, aunque es cierto también que aun estando tan próximas a nosotros son invisibles a los ojos de muchos coterráneos. Así es, por razones que son tan simples como las expuestas líneas arriba: la rutina –otra vez la perniciosa rutina– nubla la vista, adormece los sentidos, bloquea la capacidad de ver más allá de nuestras fronteras y nos hace creer que no hay otra realidad posible que esta.

Una realidad sobrecargada de energía negativa a la que contribuyen quienes se turnan en el poder, de una manera incluso entusiasta. Lejos de estar pensando en cómo ser cada vez mejores en todos los campos del de-sarrollo humano, en cómo acercarnos a todos a la modernidad, en cómo allanarnos el camino hacia la plenitud y el goce de vivir, quienes están al mando del Estado malgastan energías y tiempo en conflictuar nuestras vidas. Una tarea a la que todas las élites de la sociedad se suman también con entusiasmo.

Vaya qué manera de perder tiempo y oportunidades. No hablo solo de la última década, sino de varias que le antecedieron, todas ellas responsables del retroceso que se percibe hoy en cada uno de los sectores que conforman la sociedad boliviana, y al que aportamos todos, sin excepción. 





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