SÉPTIMO DÍA

Una campaña desigual


Los candidatos han mostrado, hasta ahora, las mismas prácticas electoreras que fueron desarrolladas en los viejos tiempos. Se nota la ausencia de los partidos


Foto: Jorge Uechi
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21/07/2019

¿Qué está pasando en el escenario político-electoral? En realidad, aun no empezó en lo formal la campaña propiamente dicha conforme el reglamento y el cronograma electoral, determinando que el panorama aún sea muy nebuloso. Lo ocurrido hasta hoy no han sido más que prolegómenos que, por cierto, no ofrecen un futuro auspicioso, pues solo en el posicionamiento de candidatos en el imaginario social, las noticias y comunicaciones han estado teñidas de lo que casi todos dicen rechazar, la descalificación e insulto de unos a otros, la mentira, las medias verdades descontextualizadas, que también son falsedades, y hasta la calumnia.

Además de corresponder por desgracia a una cultura política aún arraigada en la ciudadanía, estamos viendo las mismas prácticas electoreras que fueron desarrolladas en los viejos tiempos, pese a la irrupción de la multimedia, ese valioso instrumento para el conocimiento, la información y la formación, que hoy se ve restringido a la manipulación inclemente, llevándonos a la cima del electoralismo per se, que no posibilita vislumbrar nuevas perspectivas para el país después del proceso electoral.

Se nota la ausencia de los partidos políticos -que aún no logran remontar la crisis de la anterior década-, pues por un lado la movilización ciudadana impregnada de antipartidismo no ha logrado encontrar un cauce institucional para efectivizar sus objetivos y, por el otro lado, en las candidaturas presentes se nota ausencia de vida orgánica, solidez conceptual y de base social definida.



El MAS no es un partido, es un movimiento fincado en amorfos movimientos sociales más cercanos a la agremiación y la disciplina vertical del sindicato que a la militancia partidaria, y los otros contendores principales provienen de agrupaciones ciudadanas en proceso de construir un partido o de una autodenominada representación ciudadana directa sin partido. Es lo que explica de alguna manera, la fragilidad de sus apoyos o adhesiones motivados y orientados por el utilitarismo inmediato, enmascarado en nuevas corrientes generacionales o de justicia regional, antes que de la visión de país y el proyecto.

Si a ello se añade, la sistemática y velada represión y persecución por la vía de la judicialización de la política, que ha descabezado las dirigencias partidarias y cívicas opositoras, sometiéndolas al enfoque hegemónico imperante, hay un claro y profundo déficit político que a su vez impacta negativamente, primero en el proceso normal de generación y formación de nuevos líderes y segundo frenando y hasta retrocediendo en el desarrollo de la conciencia política colectiva en los valores políticos y democráticos, que se había iniciado con fuerza en la década del 2000 con la incorporación de mayores formas de participación e inclusión reales.

En buenas cuentas, al presente son muy pocos los cambios cualitativos que se pueden observar, las mencionadas reglas premeditadamente aprobadas en el tiempo desde la Asamblea Constituyente, los dos tercios de un único partido en el Parlamento y la oposición aprisionada para poderse mover en las circunstancias cambiantes, han conseguido ser efectivas para los fines de sus propulsores.

Asimetrías



Sin duda tenemos una campaña electoral con grandes asimetrías, tanto por las normas, a veces incoherentes y contradictorias que regulan el proceso electoral, como por los limitados recursos económicos y humanos disponibles, a excepción del binomio oficialista que, no obstante el cuestionamiento permanente a su legalidad constitucional, ha continuado una campaña realizada ininterrumpidamente en el tiempo que lleva en el poder, añadida a la ostensible ventaja de utilizar la línea invisible que debiera separar, la entrega de obras y el uso de todos los recursos de las instituciones estatales con la actividad campañista.

Hasta hoy, el panorama es muy nebuloso para los electores, la ciudadanía expectante, con desazón, desencanto, incertidumbre y, hasta cierto punto, resignación, cree que tenía razón cuando pensaba que todos los políticos son igual de malos y que poco cambio se puede esperar; es decir, sigue inmutable la falta de confianza y credibilidad, aunque tales fenómenos sean consecuencia inducida por la propia cultura política nacional.

Se dice estar contra del caudillismo, pero igual que ayer se busca ‘al hombre’ antes que a la propuesta y los rasgos de un líder capaz de hacer lo que se debe hacer porque el país lo necesita y no lo que se quiere como demandas inmediatas. Se rechaza la mentira y el prebendalismo, pero se buscan y se aceptan las gabelas del que más ofrezca. Hay, sin embargo, una excepción, la nueva generación de votantes que solo conoce los últimos acontecimientos y que, si bien escucha a sus mayores sobre la historia pasada, cree poder cambiar esta situación con su empuje, voluntad y participación, que ojalá logren, junto a las buenas excepciones entre los candidatos que ya se conocen.

En esta perspectiva, las postulaciones hasta ahora conocidas, se esfuerzan por mostrar remozamiento para lograr la preferencia de sectores segregados, incorporar jóvenes, mujeres, indígenas y notables sin pasado político-partidista, pero que al propio tiempo bajo la aún arraigada concepción patrimonialista, no vayan a poner en riesgo el dominio vertical del dueño de la batuta, que el acervo popular los ironiza como los ‘levantamanos’. El panorama no se presenta auspicioso, aunque queda la esperanza que a la hora de conocer la visión y las propuestas de cada candidatura, se pueda ir separando la paja del trigo.

No obstante, las idas y venidas del Órgano Electoral Plurinacional, paradójicamente, solo aportan inestabilidad y mayor deslegitimación, y de continuar por ese camino, las elecciones generales pueden terminar en una pantomima seudodemocrática intolerable, cuyo resultado y respuesta son impredecibles.