SÉPTIMO DÍA

Un país de ensueño que ofrece colores y diversidad


Costumbres. Las comidas se transformaron en verdaderas mesas redondas. Un país ecológico muestra ciudades ordenadas y modernas

EMPERATRIZ. Ingrid Rivero se transformó en una emperatriz de la dinastía Tang. Fue en el famoso callejón de Kuanzhai, en Cheng Du
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03/06/2018

Antes de subir al avión, mientras mi mochila cargaba un libro para el largo viaje, mi mente procesaba diversas ideas sobre lo que a distancia representaba la legendaria China. 

Al poner pie en tierra firme, creía estar en otro planeta. Decidí despojarme de ciertas ideas y empezar a descubrir y a entender la milenaria cultura y la singular forma de vida del gigante asiático, marcado por su riqueza y diversidad. 

La calidez y cordialidad de los chinos, a pesar de la limitante del  idioma, facilitó la comunicación. Hasta en las reuniones más protocolares la predisposición de nuestros interlocutores al diálogo fue el plato principal de mesas redondas como escenario propicio para construir relaciones e intenciones de trabajo y cooperación entre partes. 

Gran cuidado ambiental

Algo que me sorprendió y enamoró de la multifacética China  fue su gran sentido de responsabilidad ambiental, con enormes jardines ecológicos, murales compuestos por multicolores flores o de un verdor natural. También llamó mi atención la limpieza absoluta en las interminables avenidas, calles y aceras de las tres ciudades incluidas en el periplo: Pekín, Cheng Du y Shanghái.

La tecnología moderna está a la orden del día, inclusive como forma de pago para las compras básicas del día a día. Apps que te permiten acceder a miles de bicicletas públicas para retar al intenso tráfico vehicular, que es característico de las grandes capitales del mundo. 

China también apunta a la pobreza cero. Y lo hace a través de un papel protagónico de la mujer  tanto en espacios públicos como privados. Las políticas de inclusión productiva, que integran a los sectores más desfavorecidos al mismo tiempo, priorizan la construcción estratégica de caminos, puentes, escuelas, hospitales para garantizar el bienestar. 

Escuchar a una sobreviviente narrar su vivencia de hace 10 años en el terremoto de Wenchuan, que causó miles de víctimas y grandes destrozos, permitió conocer el espíritu de lucha y de superación del pueblo chino.  

Y como en las mejores aventuras de Indiana Jones, no pude resistirme a la aventura, y nada menos que en la Gran Muralla, donde atravesé una inesperada tormenta que me retuvo en penumbras en una de las fortalezas antes de completar el camino de retorno.  

La búsqueda de experiencia  me transportó en el  tiempo para convertirme en una emperatriz de la dinastía Tang. 

Un pequeño teatro tradicional chino de la concurrida y entretenida peatonal de la  ciudad de Chengdu  fue el escenario de aquella trasformación. Bajo el colorido maquillaje y el majestuoso atuendo asumí el papel en la trama, donde escondía mis sentimientos en una pícara sonrisa que permitió bullir gozoso mi espíritu de princesa. 

De China volví convencida de que había realizado un inolvidable viaje de ensueño.

Comida china, un manjar de varios sabores
Pekín, Cheng Du, Shanghái. Tres ciudades, tres mundos con costumbres culinarias completamente diferentes. En la capital china los platos fueron más diversos, la mayor parte marcados por las exquisitas sopas, los fideos revueltos con verduras, pollo y cerdo agridulce.

Por supuesto, no faltaron las mesas con mariscos, salmón y pescado ahumado, que fueron las delicias de los comensales. Entre las frutas, lo que conquistó el corazón de los visitantes fue la guiyuán, mejor conocida como ‘ojos de dragón’, una fruta parecida al motoyoé que se ven en los mercados cruceños y que se caracteriza por su sabor dulce. 

En Cheng Du, las comidas picantes obligaron a los visitantes a digerir grandes cantidades de té, una bebida que está en todas las comidas chinas. 

Y en Shanghái, la oferta fue mucho más dulce, con gran cantidad de frutos de mar y mezclas con entrañas, pescados y cerdo.



 




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