7º DÍA

En el subsuelo duermen los cerebros y talentos que la ciudad dejó fugar


Un viaje al mundo oscuro bajo los pies de los cruceños, donde sobreviven en silencio profesionales, artistas y deportistas que se rindieron a la droga

Un habitante de uno de los canales, atormentado por el consumo de drogas y el abandono de su familia
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27/05/2018

“Aquí adentro se llama ‘Satanacruz’, porque aquí reina Satanás. En este lugar es donde se pierden los talentos y los cerebros que la ciudad no sabe cuidar”. Esa es la voz oscura de Diego, un hombre de 31 años, cabellos crespos y rubios, ojos verdes y grandes que a veces se pierden en la penumbra de este canal de drenaje donde él vive alejado de las luces de la ciudad, de sus tres hijos que nunca ve, de sus amigos con los que iba a las fiestas vip y de ropa cara, de la comida caliente de su casa materna y de lo que él llama las hipócritas sonrisas que arriba muchos fingen para hacer creer que son felices y buenos. 

Aquí abajo habita el otro mundo que no se ve, un escenario bajo los pies, donde hombres y mujeres visten harapos, donde están escondidos médicos y mecánicos, veterinarios y futbolistas, ingenieros y algún talentoso para hablar idiomas o escribir o contar cuentos de terror que asegura que son de no ficción. 

Diego lee y dice que escribe y también tiene la habilidad para narrar que su madre -escritora- le inculcó cuando era niño. 

“Aunque no estés drogado, lo ves sentado al diablo ahí, o hablas con fantasmas o escuchas a almas en pena, aquí han muerto amigos que han matado o se ahogaron tras una tormenta. Hacen su bulla y gritan. Toditos los escuchamos”, cuenta con una voz que intenta convencer de que todo eso es verdad. Y luego lanza una pregunta: ¿Quién investiga si amanece ahorcado un hombre? Antes yo vivía en el canal de la Roca y Coronado. A las 23:00 encontré a un amigo al que habían matado. Yo tuve que descolgarlo, pero nunca nadie investigó. Otra noche, una novia mía que era de Cochabamba y artesana apareció sentada y muerta como de burla. Nadie buscó respuestas”.

Diego estudió en un colegio privado de la capital y su madre, lejos de exigirle que saque buenas notas, era feliz con una orden que dio para que se la cumpla sin discusiones: que su hijo invente cada día una historia, la escriba y que al final de la jornada haya leído por lo menos 15 páginas de un libro. 

Y le gusta tanto leer que acude a los basureros no solo para calmar su hambre de comida, sino también de lecturas: “Ahí encuentro no solo sobras de hamburguesa o de pollo, sino también algunos libros y revistas”. Entonces, Diego habla de escritores japoneses que conoció durante los ocho años que vivió en Japón. Haruki Murakami, el autor de Tokio blues, Sputnik mi amor y 1Q84 no es el único ni el mejor de aquel país.

Eso dice él, y cita a otros que todo lector serio debe descubrir: “He leído en japonés a Kobo Abe, que es un desencantado de la ideología comunista, y también a Banana Yashimoto, que cuenta sobre personas que buscan la felicidad”. Y la felicidad para Diego es un bicho esquivo desde hace muchos años, desde que se separó de su mujer y, entonces, tan esquivo como el amor.   

“Aquí no puedes tener mujer tampoco. Porque el rato que no tengás para el vicio se va a ir con otro. Aquí sabemos que el amor no existe. Es solo una ilusión”. Pero esa no es la parte más descarnada que dice. Diego lanza otro arrebato de sinceridad, o de desahogo: “Aquí no existe el amor, solo el sexo: yo lo hago con algunas hipies que pasan, me pongo condón porque no voy a preñar nunca más en mi vida. Tampoco sé si estoy enfermo”. 

Diego se gana la vida limpiando vidrios cuando el semáforo se pone en rojo. El rojo es su gran aliado. A veces, dice, alguna mujer, desde el interior de su vehículo, le pregunta: ¿Qué vas a hacer más tarde? Y más tarde, cuando la noche ha caído, acuden a recogerlo. “Me llevan a un hotel, a darme un baño, a cenar después o me tienen de joda por un pueblo durante tres días”. Después, le compran ropa o zapatos y lo dejan en la rotonda, encima de su canal de drenaje donde lo recogieron cuando el semáforo estaba en rojo. Lo dejan con dinero, que él utiliza para comprar pasta base de cocaína, conocida como la droga de los pobres.

Diego dice que ya no aguanta más. Que ha llegado la hora de la fumata. Sus manos actúan mecánicamente. Esa base sucia de cocaína la introduce en un cigarrillo de tabaco, enciende su pitillo y aspira con intensidad, buscando retener el humo el mayor tiempo posible en sus pulmones. Pocos segundos en que la droga llegue al cerebro y se genere una  dependencia mayor a medida que aumenta su consumo.

Diego lo sabe porque ha intentado dejarla varias veces y dice que se dará una nueva oportunidad. Ya tiene lista su mochila para viajar a Brasil, a buscar la playa y el mar. “Los viajes ayudan a olvidar la droga y las penas”, dice emocionado. 

Datos con historia

Los últimos datos registrados por el Observatorio de Seguridad Ciudadana del municipio cruceño, según su director Guillermo Dávalos,  en la capital existen alrededor de 1.000 personas, entre adultos, jóvenes y niños, en situación de calle, la mayoría es drogodependiente. Dávalos puntualiza: “En los canales de la Radia 17 y medio, entre cuarto y quinto anillo, cuarto anillo de la doble vía a La Guardia, avenidas Piraí y Roca y Coronado, entre tercer y quinto anillo se mueven de forma itinerante 150 personas, entre hombres y mujeres, porque los operativos y los mismos vecinos los obligan a desplazarse.

También están los 250 que hay en el cordón Ecológico, en la favela Terebinto, y 100 detrás de la Bimodal, con lo que se llega a unas 500 personas adultas. A esto se suman los otros 500 niños en situación de calle”.

Shalon (28) se proyectaba como un jugador prometedor, y tenía todo su sueño enfocado para llegar a las ligas profesionales porque sus habilidades deportivas lo destacaban. Pero rayó su destino con las drogas y llegó a delinquir hasta que cayó preso en Palmasola. Allí conoció y probó la droga que ahora lo tiene atrapado en un canal, donde ha hecho su hogar y su refugio. 

Su drama empezó hace unos 10 años, cuando enamoró con una mujer que tenía dos hijos, pero eso no era bien visto en su entorno familiar por lo que, relata, se vieron obligados a salirse de la casa y terminaron durmiendo dos días en la plaza de la Estación, hasta los malos amigos lo llevaron a un alojamiento, le compraron comida y le dijeron: “Sabes, estás necesitado, ¿te animás a salir con nosotros? 

La primera noche que tenía que salir llegó al cuarto del alojamiento con el arma, su mujer se arrodilló para pedirle que no entre. Pero él la golpeó y trancó el cuarto, y se fue con sus amigos. Pero luego se resignó y lo esperaba cuando él salía a hacer sus fechorías, hasta que le hicieron un seguimiento y terminó preso cuatro meses.

Mientras Shalom relataba su historia, al caer la tarde en el canal que todavía llevaba las aguas que dejó la lluvia de la tarde, dos hombres ingresaron, pero en la oscuridad resaltaron los tenis y la campera blanca con la que entró uno de ellos. No dijeron palabra alguna y se entraron directo a los huecos que hay al lado del canal a consumir droga. Estos no son del grupo que vive allí, pero son parte del grupo de personas, muchos hasta dirigen sus negocios desde ese lugar mientras se drogan. Haciendo un paréntesis en la charla, Shalom cuenta que un hombre que tiene una fumigadora llega al lugar, y en ocasiones lo escuchan dar indicaciones y precios de sus servicios a sus trabajadores.

Jesús (30) también es deportista, estuvo trabajando en una empresa, pero lamentablemente las drogas lo jalaron y lo llevaron donde su hermano, que también estaba viviendo en el canal. 

Pepe era un veterinario cotizado, hasta antes de que baje a las entrañas del submundo. Recuerda cuando lo llamaban de todos lados para llevarlo a las haciendas del norte del departamento para que cuide la salud del ganado. Ahora está en su cubil, acostado entre trapos viejos, un refugio solitario donde fuma pitillo y se olvida del mundo que dejó arriba: su mujer, que se fue a vivir a España, y sus hijos, que no lo ven. 

Cuando el efecto de la droga se va marchando, Pepe asciende al mundo exterior y camina hacia una rotonda cercana a un mercado, donde cuida vehículos y ofrece el servicio de lavado. Quiere dejar el vicio y hace una petición: pide que lo visite un hombre de Dios, que lo invite a su iglesia y que le dé la posibilidad de estudiar para pastor.  Siente que solo así puede salir de esto y volver a ser el veterinario que era.

En la oscuridad de un canal de drenaje del segundo anillo vive un hombre que en otros tiempos levantaba edificios en Santa Cruz, trepaba por las escalinatas después de procesar los cálculos estructurales que garanticen que la mole nunca se vaya abajo. La vida le dio una bofetada económica que lo llevó a la quiebra familiar y con ello sintió que el mundo se le escapaba de las manos. Y con ello todo cambió. Ahora se refugia en un canal hasta donde llega alguno de sus hijos, que no descansa hasta que se libere del vicio y de este lugar. 

En otro canal, en uno que está en el tercer anillo, un muchacho que no llega a los 15 años de edad duerme dentro en una heladera destartalada.
Ahí duerme y ahí sueña con ser un gran profesional.  Cuando despierta y mira su tatuaje en su hombro izquierdo que dice Verónica, recuerda que  ella fue su primer amor. La conoció en un centro de rehabilitación y se convirtió en su amiga. El abrazo que le dio una vez que la estaba consolando, porque extrañaba a su familia, es el que no ha podido olvidar. “Era linda, me miraba con esos ojitos. Ella no consumía drogas”, aclara, como protegiendo su honor. 

Este muchacho relata los misterios ocultos dentro del submundo al que llaman Satanacruz. Al hacerse la noche, todos sus habitantes empiezan a llegar envueltos en harapos, en pantalones cortos o con el torso desnudo, encienden sus linternas y buscan sus huecos en las paredes del canal para tenderse a descansar, a drogarse, a perderse en sus pensamientos. 

En el fondo -cuenta- hay uno que está sentado en su colchonzango y tiene una luz potente que alumbra a todos. Es el más antiguo, al que le dicen a veces abuelito, a veces papá. Es el que les regala comida cuando logra vender los plásticos que recoge de los basurales.

“Ahí aparecen almas que vemos de madrugada”, dice, sin esconder el miedo que lo lleva a refugiarse en una heladera en la que se mete para dormir con la puerta cerrada, escapando de los fantasmas y de la luz que el hombre más antiguo del canal utiliza para asegurarse de que todo abajo esté en su lugar y lejos del mundo de los de arriba.

 



 




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