7º DÍA

Crónicas del oriente


El escritor Manfredo Kempff viaja por la importante obra de Mariano Baptista Gumucio, que recopila magníficas crónicas sobre Santa Cruz, Beni y Pando


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10/02/2019

El infatigable y buen amigo Mariano Baptista Gumucio ha entregado, hace algún tiempo, tres volúmenes editados por Kipus sobre Santa Cruz, Beni y Pando, que se constituyen en un conjunto de magníficas crónicas de autores nacionales y extranjeros escritas durante los siglos XVI al XXI. Eso, sumado a otras seis obras, conforma un valioso aporte sobre el conjunto de nuestro país. Se trata de un intenso trabajo de recopilación con sustanciales introducciones y comentarios del autor.

Resulta que esas compilaciones son unas verdaderas joyas para quienes se interesan por la historia, entregadas en forma de un mosaico de escritos sobre los pueblos viejos y entrañables del pasado hasta nuestros días. En el caso de Santa Cruz, las narraciones son de tipo mayormente urbano, de cómo se vivía en el pueblo aislado de entonces; cuáles eran sus costumbres y cómo se perfilaba un futuro incierto metido entre la selva y los grandes ríos y la fría y escarpada cordillera.

Los volúmenes referentes a Beni y Pando son de carácter más rural, simplemente porque no existían centros urbanos de importancia en aquellas regiones, porque todo eran pampas, montes, ríos, cachuelas y curiches. Ambos textos se refieren más a la vida de los neófitos, de los “bárbaros” como se los llamaba entonces, a la naturaleza hostil y a los emprendedores y valientes jesuitas primero y luego a los cruceños que se atrevieron a incursionar más allá de lo conocido, en busca de fortuna y de vías de comunicación para vender sus productos, pero preservando de ese modo inmensos territorios para la soberanía nacional.

En Santa Cruz los que nos ilustran con sus crónicas son Lorenzo Suárez de Figueroa, Juan Pérez de Zurita, Francisco de Viedma, junto a los más modernos D´Orbigny, Castelnau, René-Moreno, Hertzog, Bayo y Segurola, y los contemporáneos Finot, Céspedes, Manfredo Kempff Mercado, Lorgio Serrate, Milliet, Botelho Gozálvez, Ruber Carvalho, Carlos Mesa, José Luis Roca, Alcides Parejas, Paula Peña, además de otros.

Describen, por ejemplo, a Santa Cruz, con la visión del lugareño en algunos casos y del forastero en otros. Lo notable es que si se leen los fragmentos de las crónicas sobre nuestra ciudad, es innegable que se encuentran extraordinarias coincidencias entre los autores sobre el espíritu de la gente cruceña; una manera de ser muy peculiar, amable, risueña, pero sacrificada, donde la mujer destaca con cualidades propias. Casi se podría decir que existe un denominador común entre quienes nos visitaron el siglo XIX, como los cruceños que vieron crecer su ciudad durante el siglo pasado y lo que va del presente.

Lo interesante de esta compilación de crónicas de Mariano es que, en pocas páginas, el lector puede tener perfecta visión de lo que fue Santa Cruz colonial y republicana, en esa su indeclinable lucha por subsistir, por superar su aislamiento, por integrarse al resto de la nación. Una batalla desventajosa que continúa librando en pleno siglo XXI, frente a un porvenir que vuelve a convertirse incierto por los males de una política a la que muy poco le importa nuestra historia o que la desconoce olímpicamente.

En lo que se refiere al Beni, gran parte de la obra la enriquecen los monjes jesuitas. La carta atribuida al padre Marbán es excepcionalmente hermosa, con descripciones sobre la pampa beniana y sus ríos, que sobrecogen, y con una visión cristianamente comprensiva sobre el modo de vida de los indios. La vida de calor sofocante, humedad, alimañas, la mala alimentación a que estaban sometidos los frailes, muestra su tesón y su fe para que sus cuerpos no se doblegaran ante la adversidad. La empresa misional fue, sin duda, en Mojos como en Chiquitos, formidable.

Impresiona también la visión patriótica y erudita de don Antonio Vaca Díez, ese gran trinitario, médico, investigador, científico, periodista, hombre solidario con los indígenas, exitoso empresario que ya reprochaba los males del centralismo en Bolivia, su pésima administración, y las bondades que traería a la región y a la República la federación. Por entonces afirmaba que tanto en Santa Cruz como en el Beni, las ideas de descentralización iban en progreso. Y no se ha equivocado en absoluto.

A estos distantes dos cronistas se suman viajeros nativos y extranjeros como Palacios, Keller, Heath, Aguirre Achá, Rene-Moreno y unas páginas de P.H. Fawcett, aquel explorador inglés que desapareció en la selva y cuyo libro leí con avidez siendo adolescente, como si se tratara de una obra de Salgari. Escriben, por cierto, Montenegro, Serrate, Bayo, Dellien, Jorge Órdenes, y el gran beniano, ausente hoy, que tanto nos emociona con sus versos dedicados a esa tierra ruda pero bella, que es Pedro Shimose.

En las crónicas sobre Pando no pueden faltar los orígenes de cómo se fue poblando –o más bien “rescatando”– lo que era el Territorio Nacional de Colonias, que estaba casi perdido. Por no haber ocupado nuestro territorio debidamente, ahora nos mortificamos diciendo que nos quitaron la mitad de nuestra heredad, cuando la verdad es que jamás la tuvimos completamente incorporada. Esos mapas con retazos negros que en el colegio vieron nuestros abuelos y que ahora ven nuestros nietos, que nos deprimen, tienen un valor relativo. Es cierto en lo que hace al litoral del Pacífico, donde efectivamente existían límites definidos. ¿Pero y el resto, qué? ¿Acaso no se lo perdió por abandono?

Hasta que estalló la siringa y la quina en el norte. Con el caucho y la cascarilla cambió la situación, pero eran más extranjeros que bolivianos quienes explotaban la riqueza. Menos mal que emprendedores como don Nicolás Suárez, que fundó pueblos, y creó barracas, además de financiar la columna Porvenir y batirse a tiros, frenaron el avance de los recolectores brasileños. Aunque al final no se pudo salvar sino una parte. Lo de Pando, al decir de Mariano Baptista es “una historia de novela”. Una historia donde se refleja el alma de quienes lo poblaron.