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| 19/04/2019


Santa Cruz de los collas

Me tocó presenciar una noche cómo cuatro cruceños golpeaban a un colla desprevenido que circulaba por la calle Sucre, cerca al mercado Nuevo. Aquellos eran tiempos de lucha por el 11% y los collas, en general, eran sindicados, con sobrada razón, como causantes del atraso secular y opuesto a nuestras aspiraciones de progreso. Esa época convulsa nos marcó a todos –también nosotros entramos en el baile-, y no había forma de dormir con los ojos cerrados, por cuanto el estado de vigilia permanente no lo permitía, y había que estar con el oído atento al repiquetear de campanas que nos convocaba a concentrarnos en el centro. Además, las damas cívicas tocaban las puertas de nuestras casas al grito de: “¡Los ucureños nos comen!”, y había que salir de rajatabla.

Hace años que la situación ha cambiado diametralmente; es decir, que el fenómeno se ha replicado a la inversa: actualmente la correlación de fuerzas es de cuatro collas por un camba cruceño, por causa de la migración espontánea que ha hecho que los migrantes del interior que antes eran minoría sean en la actualidad la nueva mayoría. El primer contingente que cruzó el rio Piraí no lo hizo para recoger agua de la otra orilla, sino para quedarse y mezclarse con el cruceño en vías de extinción, que pronto será un perfecto desconocido en el seno de su propia tierra. A quienes veremos en el apócrifo Día de la Tradición, y con sombrero de saó, será a los collas subiendo al palo ensebao.

El otro día me asomé a curiosear al centro de la plaza y la encontré atestada de gente del interior y de palomas mensajeras, que me pareció que estaba en plena plaza Murillo de la ciudad de La Paz. Además que los hermanos gremialistas (mercachifles y transportistas) estaban en otra de sus acostumbradas manifestaciones contra el Concejo Municipal que, dicho sea de paso, ya debería estar pensando en trasladar sus oficinas lejos del centro citadino.

Fueron los notables suscriptores del Memorándum de 1904, orgullo cruceño, quienes propusieron la construcción del ferrocarril oriental que “permitirá –decían entonces- la población de vastos territorios despoblados..”. Pero tales notables apostaban por la inmigración de gringos que llegaran con capital de inversión y terminaran vinculándose con nuestras hermosas mujeres para sacar mejor cria.. Pero quienes comenzaron a llegar, primero de a poco y luego por montones, fueron los migrantes collas y, a estas alturas, es imposible colocar candados y tampoco es procedente “construir muros con puertas grandes y bonitas..”, como el que construye el xenófobo Donald Trump en la frontera con México, en su desespero por atajar a los ‘espaldas mojadas’ y otros inmigrantes indeseables.

Como resultado de la migración que, en principio, fue concebida como aporte de mano de obra para la incipiente agroindustria, los migrantes terminaron por quedarse y apropiarse de las tierras agrarias sobre las cuales fundaron comunidades bautizándolas con nombres quechua y aimara, tales como Jallalla, Orinoca, Urkupiña, Tahuantinsuyo, etc., para evocar sus lugares de origen donde ya no tenían pensado retornar. En el oriente fecundo encontraron la tierra de promisión, el verdadero El Dorado que afanosamente buscara Ñuflo de Chaves. En el fondo, con los migrantes collas se concretó el lema ñuflense de “poblar y decantar la tierra”, pero se extralimitaron.

Al ritmo acelerado con el que avanza la migración interna que baja de occidente, más temprano que tarde, Santa Cruz de la Sierra pasará a denominarse Santa Cruz de los collas, y así será conocida en el futuro. Incluso, en este preciso momento, existe en ejecución un proyecto urbanístico de varias hectáreas en la zona Norte con el sugestivo nombre de Nueva Santa Cruz como gancho efectivo para atraer más migrantes altoperuanos. Finalmente, aclaramos al amable lector, que las opiniones que anteceden forman parte de nuestra memoria histórica, otros tendrán una versión diferente de los hechos, no lo discuto.





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