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| 21/04/2019


Libertad para vivir o para morir

El suicidio del expresidente peruano Alan García estremeció a la comunidad internacional que acompañó su trayectoria política, marcada por luces y sombras, como la de muchos otros líderes destacados no apenas en el campo político. Las reacciones han pasado de un extremo a otro: desde quienes califican el extremo como un acto heroico, hasta los que lo consideran una cobardía. Tal vez ninguno de los extremos sea válido para tratar de explicar un acto que bien podría caber en lo que Víktor Frank consideró ser la única cosa que no le pueden arrebatar a una persona: la libre elección de la acción personal ante las circunstancias. En otras palabras, la libertad humana para elegir el propio camino.

Aclaro de entrada que Frank no abogaba por la muerte, sino por la vida, aun frente a las más duras adversidades, como las que él mismo sufrió en su condición de psiquiatra y prisionero en los campos de concentración nazis. Él mismo fue ejemplo de que, muchas veces, las circunstancias extremadamente adversas nos dan la oportunidad de crecer más allá de lo que creemos ser capaces. Lograr esa hazaña depende del sentido que le damos a nuestras vidas. Un sentido que no llega desde afuera, sino que nace desde adentro de cada persona. Para Frank, quien conozca el porqué de su existencia podrá soportar casi cualquier cómo de esa existencia. En su caso, concluir una obra abruptamente interrumpida por su reclusión fue el sentido que le permitió sobrevivir al régimen nazi.

En el caso del expresidente peruano, ¿qué lo llevó a elegir la muerte y no la vida? Esta es una pregunta que se repite inevitablemente tras el anuncio de un suicidio, una decisión extrema que toman a diario más de dos mil personas en el mundo, según estadísticas de la Organización Mundial de la Salud. La respuesta no está en ninguno de los extremos ya anotados antes: apenas búsqueda de glorias o simplemente cobardía. Si fuera así, la cifra superaría con creces la de casi un millón de suicidios al año en el mundo. Para comenzar, entrarían en la estadística los miles de procesados por corrupción en el mundo entero o muchos otros millares de personas afectadas por enfermedades sin cura, pérdidas y otras tragedias que ocurren a diario. La respuesta no es tan simple.

Ni siquiera las certeras reflexiones de Frank en su libro El hombre en busca de sentido son suficientes para terminar de comprender por qué hay decisiones tan opuestas, por la vida o la muerte, entre personas que están viviendo experiencias dolorosas similares. Por qué el sentido de la vida fluye hasta con naturalidad en algunas y se pierde en otras. Qué es lo que lleva a una persona a fortalecerse en la adversidad, mientras que a otra la quiebra por completo. Frank hablaba mucho de la fuerza espiritual, los líderes religiosos hablan de la fe y hay quienes creen que todo se reduce apenas a una cuestión de voluntad. ¿Será?

Para quienes hemos padecido más de una vez esas crisis de falta de sentido, ninguna de esas respuestas alcanza para explicar la diferencia. En muchos casos, las crisis aparecen sin que haya una causa específica. Y no basta la voluntad para quitarse el plomo instalado en las plantas de los pies, ni para volver a su sitio al corazón que pesa en los talones. Por si no bastaran esas dificultades que nos parecen invencibles, está la de callar las angustias para evitar sermones, reprimendas o críticas por ser tan cobardes y débiles. Sí, se puede decir que callar es una elección, como lo es también el de acabar con la propia vida. Pero ninguna de ellas se explica por sí misma. Hay atrás de cada una la carga de un problema de salud aun no asumido como algo serio y que golpea a nuestra sociedad, pese a todos los esfuerzos que está haciendo la OMS para ponerlo como prioridad en el mundo entero.

Es el problema de salud mental, dos palabras que aún asustan a muchos, porque trae una carga muy grande de estereotipos e ignorancia. Una barrera a romper con urgencia, si se considera que una de cada tres personas tiene un problema de salud mental, entre otros la depresión, una enfermedad que afecta a más de 350 millones de personas en el mundo y que es uno de los desencadenantes del suicidio, sobre todo en la población más joven (es la segunda causa de muerte entre adolescentes y jóvenes de 15 a 29 años, según la OMS). Esta vez el suicidio fue noticia política, pero deberíamos tomarla también o, sobre todo, como una de interés de salud pública.





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