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OPINIÓN



| 07/01/2019


La quebrada de Cuevo

La quebrada de Cuevo colapsó la tarde del jueves y la comunidad Mandiyuti, que está a metros, ha sido golpeada con furia. Chicos y grandes salieron con su ropa en el cuerpo a buscar algún lugar seco del Chaco para que el fantasma de Neptuno pasara de largo cabalgando su caballo blanco, sin causar pérdidas humanas y que se conformara con haber arrasado sembradíos y matado animales de corral que, confusos por el cielo oscuro de las nubes negras, buscaban las ramas de los árboles para irse a dormir.

La quebrada de Cuevo volvió a tronar fuerte en mis recuerdos, remontándome a aquellos días de enero de hace tantos años ya, cuando los pueblos que ahora son cercanos quedaban al otro lado del mundo en tiempos de lluvia porque el agua rompía los caminos, y las quebradas, como la de Cuevo, eran un arma mortal, una película del terror en blanco y negro, una línea delgada entre la vida y la muerte, un deporte de riesgo y, a la vez, la única opción para soñar, para que muchas familias emigren a otros confines del país donde podían progresar.

Había que pasar por Cuevo para que el viaje no se detuviera. Con papá, mamá y mis dos hermanos íbamos metidos en la carrocería de un camión encarpado. Llovía y el camión se paró antes de llegar a la quebrada. El chofer abrió un poco la carpa para que sintiéramos el rugido del viento, pero también entraron las voces de afuera, de otros choferes que comentaban que había que apretar el acelerador cuando el camión estuviera pasando por la panza de la quebrada para que no se detuviera en medio de las aguas porque un turbión, según habían informado en la radio, estaba por llegar el rato menos pensado.

Después el camión se abría paso por la arena mojada y cuando las llantas tocaban el agua, aparecían las piedras y el motor apretaba sus dientes y pujaba como quejándose de la vida. Las personas que íbamos dentro manteníamos la respiración y mamá y papá nos abrigaban como si fueran dueños del último abrazo en los intervalos de los barquinazos, y la preocupación mayor era que el turbión no llegara ahora ni después porque la fila de motorizados cruzando la quebrada de Cuevo era casi infinita.

Entonces era imposible no pensar en lo que la gente contaba lo que ocurrió el año anterior, cuando un camión fue arrastrado por las aguas matando al chofer, a su ayudante y a las tres familias que iban en la carrocería.

Una película de la vida real. Digo y pienso en la quebrada de Cuevo, que de colapsar nunca se olvida.





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