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OPINIÓN



| 01/11/2018


La fiesta de la vida

La muerte es una consecuencia de la vida y, por ello, esta puede existir sin aquella pero no aquella sin esta. Pese a eso, la muerte siempre ha sido objeto de fascinación y motivo de culto. Todas las culturas se ocuparon de ella y eso determinó un legado…

En el caso de Bolivia, el culto a la muerte más estudiado hasta ahora es el de los pueblos andinos. Gracias a la memoria atesorada en los quipus, que también fue recogida por los cronistas, se sabe que estos pueblos no creían en la muerte sino en el tránsito de una etapa a otra. Según su creencia, la muerte no significaba el fin de la vida sino el paso a otra. Por eso es que los cadáveres no eran enterrados, sino debidamente embalsamados, colocados en lugares donde se les rendía culto.

El culto a los muertos era familiar pero cuando un fallecido era una persona prominente se convertía en general. Cuando los españoles llegaron encontraron que muchos cadáveres habían adquirido un rango sagrado y eran motivo de devoción. Como además estaban cubiertos de oro y plata, fueron objetos de saqueo y luego destruidos.

El culto a los muertos de los pueblos andinos se amalgamó con el de los invasores que trajeron la conmemoración de Todos los Santos y los fieles difuntos. Los invasores quisieron imponer sus creencias pero, como en todo lo que fue el mestizaje y el sincretismo, una cultura se mezcló con la otra.

En la religión católica, la muerte tampoco es el fin de la vida sino el paso a la vida eterna. Por ese concepto común, la conmemoración a los difuntos se fusionó al culto andino a los muertos y el resultado es la fiesta que todavía tenemos y se conserva pese al embate de manifestaciones culturales como Halloween.

Entre los elementos comunes está la t’anta wawa; es decir, el pan con forma de bebé que para los andinos es una rememoración de las wak’as, de los muertos devenidos en motivo de culto, mientras que para la Iglesia Católica son la representación material de las almas nuevas, las recién nacidas a una vida nueva.

No es simplemente una conmemoración sino una fiesta, una a la que pueden acudir todos, incluso sin invitación, porque, en estas fechas, Potosí no lamenta la muerte sino todo lo contrario: celebra la vida.

 





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