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OPINIÓN



| 01/10/2017


Enredo americano

El presidente Donald Trump no logra salir del embudo acuñado por su formación y experiencia de ejecutivo opulento y mandón.  Al torbellino de su Presidencia, arreciado por despidos récord de asesores, se sumó estos días una disputa en la que nada ganará.  Está enfrentado a las grandes ligas de béisbol y todos los deportes mayores desde que dijo que era un “hdp” y debía ser despedido sumariamente el jugador que no reverenciase de la manera usual a emblemas patrios como el himno nacional durante competencias deportivas.  Nadie ha hecho caso a sus estridencias y ha fracasado en impedir que jugadores negros se arrodillen ante las notas del himno, actitud con la que protestan contra la discriminación racial que ven atizada por Trump. Todos los jugadores de color se han sentido aludidos y han ganado la simpatía inmediata de sus compañeros blancos, incluso de los dirigentes de clubes, que el domingo antepasado repudiaron al mandatario arrodillándose con sus equipos.

Las jornadas siguieron a otras desagradables para el mandatario, agobiado por los desplantes norcoreanos y por las investigaciones sobre sus nexos con Rusia, que estos días abarcaron a su familia, con algunos de sus miembros involucrados en negocios con la tierra de Putin. 

Trump tenía apenas tres semanas de Gobierno cuando debió apartar de su grupo de asesores al general Michael Flynn, a quien The New Yorker llamó General Caos por la amplitud de su red de negocios. Flynn se enredó cuando no logró explicar sus vinculaciones con los rusos y el papel de sus contactos para sabotear a Hillary Clinton y favorecer a Trump en la elección del año pasado. No solo con los rusos. Estaba en planillas turcas con millonarias asesorías e iba a ser un as de diamantes de la política externa de Estados Unidos. 

Su salida fue como abrir compuertas de un dique. En marzo, abril, mayo y junio hubo una dimisión por mes. La rutina tuvo un brusco ascenso en julio, con cinco despidos, incluida la salida de Sean Spicer, el portavoz de la Casa Blanca. Parecía un récord imbatible, pero en agosto las dimisiones fueron seis, contada la de Steve Bannon, su articulador de estrategias. En septiembre quedó en suspenso la salida del procurador general Jeff Sessions, un protegido del vicepresidente Mike Pence sobre el que Trump ha tenido expresiones denigratorias.

Bajo este escenario, nadie dudaría de estar ante un enredo descomunal cuyo final puede ser estrepitoso.








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