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Revista Extra: Lucha interna por la igualdad en Estados Unidos


El mayordomo y su hijo rebelde la casa blanca fue el marco de estas vidas que cuentan la historia de millones

Durante el último año de la vida de Eugene, fue una enfermera boliviana quien le dio los cuidados. Los Allen la sienten parte de la familia
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11/03/2018

A veces los protagonistas de los momentos trascendentales de la historia pasan desapercibidos porque no buscan luces, solo van tejiendo sus vidas y se convierten en símbolo de instantes que terminan siendo puntos de inflexión. Eso es lo que ha pasado con la familia Allen. Eugene, su esposa Helene y su hijo Charles. En este hogar convivieron dos generaciones, la primera habituada a coexistir con el racismo de blancos hacia negros (durante poco más de la primera mitad del siglo XX) y la segunda, rebelde y dispuesta a cambiar esa realidad.

Eugene Allen es el protagonista de una de las películas más icónicas de los últimos tiempos El mayordomo de la Casa Blanca. Fue estrenada en 2013 y se inspira en un libro sobre la vida de este hombre que trabajó en el centro de poder durante 34 años, sirviendo a ocho presidentes de Estados Unidos. 

Fue tan discreto que al periodista del Washington Post, Wil Haywood, que sacó a la luz su vida en 2008, le costó mucho encontrarlo. Lo rastreó, primero con una funcionaria de la residencia presidencial estadounidense y después haciendo una llamada tras otra, hasta que en la número 55, una voz le contestó: “Sí, está usted hablando con él”.

¿Por qué alguien que había sido anónimo y de poco interés periodístico de pronto se convertía en la razón de ser de un periodista del diario más importante de Washington? Pues porque, por primera vez en la historia de Estados Unidos, una persona de color –de abuelo keniano, padre hawaiano y madre estadounidense- estaba punteando en las encuestas, Barack Obama se perfilaba como futuro presidente del país más poderoso del mundo. Entonces, buscar a un mayordomo de la Casa Blanca se volvía una misión importante para un reportero que buscaba mostrar la trascendencia del momento.

El reportaje fue publicado días antes de la elección que ganó Barack Obama y Eugene Allen, el mayordomo, se convirtió en uno de los personajes más buscados del momento en Estados Unidos. Lo entrevistaron las cadenas de televisión más relevantes y fue la razón de una película en la que participó una constelación de estrellas de cine, como Forest Withaker (que lo representó); Oprah Winfrey (que fue su esposa en el filme), Robin Williams, Jane Fonda, John Cusack y otros.

1. 34 años de servicio. En la Casa Blanca, con el presidente Gerald Ford y su familia

Historia de EEUU en los Allen
La de los Allen es una vida como la de millones de afroamericanos en Estados Unidos y, por eso mismo, es representativa. En ese hogar lucharon el statu quo y el cambio; convivieron el pasado y el futuro sin que sus integrantes se dieran cuenta de la magnitud de este proceso. Eugene, que nació y creció presenciando el sometimiento de sus padres a la voluntad de ‘patrones’ blancos, y su hijo Charles que fue rebelde y planteó que otra realidad era posible, es más, luchó por ella.

Esa tensión es reflejada en la película El mayordomo de la Casa Blanca, aunque el guión tiene muchas escenas que no son de la vida real, sino que recrean lo que se vivía en Estados Unidos entre los años 50 y 60 del siglo pasado. 

Eugene nació en Virginia el 14 de julio de 1919, sus padres trabajaban en una plantación agrícola y allí se crio, siendo testigo de la explotación de los afroamericanos por parte de los hacendados, que eran de raza blanca prácticamente en su totalidad. Desde niño trabajó junto a sus padres y también fue aprendiendo a valerse por sí mismo, lavando platos y atendiendo la mesa de los ‘patrones’, lo que hizo cuando decidió marcharse en la adolescencia. 

Ni él ni nadie de su entorno se imaginarían que terminaría como empleado de los gobernantes de ese país. Al marcharse, trabajó primero en un club y después le contaron de una vacancia en un prestigioso hotel de Washington. Él mandó una solicitud y obtuvo el puesto. Eugene era un buen alumno y aprendía con mucha disciplina todas las artes de brindar un buen servicio a los huéspedes. 

Tras algún tiempo, una mujer le contó que había un puesto disponible en la Casa Blanca y entonces tampoco dudó en presentarse. Se entrevistó con un mayordomo y obtuvo un empleo por el que le pagaban 2.500 dólares anuales. Era poco, pero no fue un límite. A partir de ese momento, no faltó ni un solo día a su trabajo y fue testigo de las decisiones más importantes de los presidentes de Estados Unidos durante 34 años, hasta que se jubiló. 

Es más, no solo se hizo imprescindible por su trabajo, sino también por su discreción y su calidad humana. Varias primeras damas lo recordaron con mucho aprecio. Para una de ellas, Jackeline Kennedy, fue fundamental porque la ayudó a consolar a sus pequeños niños John John y Caroline, cuando su padre (JF Kennedy) fue asesinado en Texas, el 22 de noviembre de 1963.

Empero, en el contexto que lo rodeaba, la vida no era fácil para los afroamericanos. En la década de los 50 (cuando él tenía algo más de 30 años), las personas de color no podían viajar en los mismos buses que los blancos, ni usar los mismos baños, ni siquiera sentarse cerca de ellos en los restaurantes. El segregacionismo era la norma y, junto a él, el desprecio y la humillación.

Así, en ese contexto, conoció a su esposa Helene durante una celebración de cumpleaños y se casaron un año después. En 1946 nació Charles, su único hijo, que recientemente estuvo en Bolivia y dialogó con EL DEBER. 

Un hombre sencillo de más de 70 años, que aún se resiste a aceptar la fama que dejó su padre por haber sido la inspiración de un libro y de una película. Sereno, de buen humor. Lo primero que hace al conocer a los periodistas que lo entrevistaron es presentar con mucho respeto a la enfermera que atendió a su padre durante su último año de vida, se trata de Marisela Álvarez, una cruceña que vive hace 19 años en Estados Unidos y que recuerda a Eugene como un hombre muy amable, capaz de sonreír y agradecer aún en los momentos de mayor dolor, cuando estaba viviendo sus últimas horas. 

Charles puso énfasis en expresarle su agradecimiento por rodear de amor a su padre.



La vida en medio del racismo
Charles recuerda que hasta los seis años él se sentía una persona como cualquier otra, no era consciente del racismo imperante. A medida que fue creciendo, se fue dando cuenta, por ejemplo, de que el voto era todo un privilegio para las personas de color, no porque no tuvieran el derecho a emitirlo, sino porque utilizando mañas legales, era fácil invalidarlo. Él vivió en un barrio donde todos eran afroamericanos, salvo una familia de puertorriqueños “que eran como nuestros hermanos”, dice con voz firme en la entrevista que concedió en un hotel cruceño.

Para su padre, lo importante era tener trabajo y llevar comida a la mesa. Su discreción evitaba que comente en el hogar los asuntos que escuchaba en la Casa Blanca. “Era un hombre pacífico”, dice su hijo Charles, por eso cree que Eugene jamás le hubiera mostrado la fotografía de Emmet Till, un niño de 14 años que fue asesinado por tres hombres blancos que lo acusaron de coquetear con una joven blanca.

Sin embargo, Charles lo vio en el periódico, ya que ese crimen tuvo repercusión a escala nacional y conmovió a gran parte de la sociedad. Era 1954 y el presidente de Estados Unidos era Dwight Eisenhower, que estaba más ocupado en el empoderamiento de su país tras la segunda Guerra Mundial, que en los temas raciales que comenzaban a calentarse.

Seis meses después, Rosa Parks, una mujer afroamericana de 42 años, se negó a ceder su asiento en el autobús a un blanco y a irse a la parte de atrás. Fue encarcelada por actuar de esa manera. Este hecho y el crimen contra Emmet Till fueron la chispa de la lucha moderna por los derechos civiles en Estados Unidos, recuerda Charles Allen.

“Yo me sentía rebelde. Uno nace en una situación y cree que todo está dicho, pero a medida que crece uno se da cuenta de que las cosas no estaban bien. Llegado el momento me comporté como un rebelde”, dice este hombre recordando lo ocurrido hace casi 60 años. 

“Mi padre era un hombre muy conservador. Para él, la gente de color debía ser pacífica. Esa era la manera en que debía ser un afroamericano, porque de lo contrario se arriesgaba a morir”,  dice y recuerda que esa aceptación de la realidad contrastaba con la necesidad de cambios que reclamaba la nueva generación.

“Desde mi perspectiva, la de una generación más joven, que se benefició del trabajo de los padres, se tendía a pensar que la reacción de los mayores era muy lenta. Uno quería que las cosas ocurran de manera más rápida por toda la violencia que se iba dando”.

Al hablar de la película El mayordomo de la Casa Blanca, afirma que el actor Forest Whitaker es como su papá en un 95%, sobre su actitud y su manera de comportarse. Yo era muy parecido al pesonaje Louis, el hijo mayor en el filme, quien era rebelde y aguerrido contra el segregacionismo. “Yo era muy joven, muy tonto y no entendía en ese momento. Mi padre pensaba que lo que importaba era poner la comida sobre la mesa. Trabajaba muy arduamente y creía que eso era lo más importante”.

El activismo, la lucha
Charles se casó pronto y su primera esposa (ahora fallecida) era militante por un corto tiempo del partido de autodefensa Pantera Negra, de tinte nacionalista y socialista en Estados Unidos. El padre de ella era un vicario y abogado que trabajaba por la defensa de los derechos civiles, muy amigo de Martin Luther King, a quien Charles conoció por algunas coincidencias en la casa de su suegro. De ese célebre luchador, Charles dice: “Era difícil ser un ser humano y una especie de Mesías”.

Uno de los acontecimientos más importantes en Estados Unidos fue precisamente la marcha por el trabajo y la libertad en 1963. Una multitud de personas, la mayoría afroamericanas, llegaron a Washington en buses, en trenes y como pudieron para avanzar desde el monumento a George Washington hasta el de Abraham Lincoln, donde Luther King pronunció un discurso que es memorable hasta el día de hoy. Esa movilización consiguió que se aprueben dos leyes fundamentales para la reivindicación de los derechos civiles.

En esa oportunidad, Charles Allen no asistió, fundamentalmente porque estaba siendo llevado por su padre, Eugene, a su primer trabajo en la base aérea Andrews, ya que el senador Robert Kenneddy había hecho gestiones para que en ese lugar acojan a jóvenes afroamericanos. “Era muy lindo ver a la gente avanzando hacia Washington, pero nosotros nos dirigíamos a nuestro primer trabajo. Yo estaba escéptico con relación a lo que se podía lograr. Era la marcha por trabajo y libertad y yo estaba siendo llevado por mi papa a un trabajo y mi papa tenía un trabajo”, recuerda.

Pero en ese momento, todos hablaban de la lucha que se estaba librando en Estados Unidos y en el hogar de Charles y Eugene quedaba claro que su suegro, el reverendo que luchaba por los derechos civiles, tenía más posibilidades de manifestar su opinión; sin embargo, su padre era empleado de la Casa Blanca y podía ser despedido. “Mi papa no creía en agitar las aguas. Parte de su personalidad era ser una persona tranquila, pacífica y un trabajador constante, durante seis días de la semana y por 34 años seguidos”.

Un ‘supermán’ en la película
Como detalle, Charles relata que el personaje que lo representa en la película, Louis, era una especie de ‘supermán’ porque se lo ve protagonizando los tres tipos de lucha que se libraban entre los años 50 y 60. En ese lapso, la consigna fue la desobediencia civil en varias ciudades estadounidenses, donde los jóvenes afroamericanos se sentaban en espacios destinados a los ‘blancos’ y no se movían hasta que eran sacados a empujones. Fueron días de mucha violencia y represión los que contextualizan la historia de la familia Allen. 

El filme también da cuenta de los autobuses de la libertad, que eran vehículos públicos ocupados por jóvenes de varias razas, muchos de los cuales fueron atacados e incendiados por radicales racistas. Charles asegura que no estuvo en ellos, como lo hizo Louis en la película.

Los años dejan su huella
Los 34 años en la Casa Blanca permitieron que Eugene ascendiera en cargos, pero también que pueda pasar del servicio a la cálida relación con los presidentes y con sus familias. Estaba en la cocina de la residencia presidencial cuando se enteró de la muerte de John F. Kenneddy y lloró en ese momento y después en su casa. No asistió al funeral, en cambio, llegó temprano a su trabajo y se dispuso a tener todo listo para cuando retornara la primera dama, sus hijos y las personas más allegadas a ese mandatario.

Nancy Reagan tuvo un gesto con él, lo invitó a la cena que se ofrecía en honor del primer ministro de Alemania, Helmunt Kohl. En esa ocasión no fue el mayordomo, sino un comensal que se codearía con el poder. Fue junto a su esposa.

En 2008, ya viudo, fue a votar por Barack Obama y el día de la posesión del primer presidente afroamericano de Estados Unidos, esperó desde la madrugada para ser testigo de ese acontecimiento, que en su juventud era una utopía.

En la planta baja de su casa tenía una sala con infinidad de recuerdos que le habían regalado los expresidentes: un cuadro pintado por Eisenhower, muchas fotografías y detalles que atesoraba y que su hijo Charles aún guarda con cariño. Eugene murió a fines de marzo de 2010 y en su funeral leyeron un mensaje de Obama en su honor.

La vida de Charles, otra historia
Charles Allen ahora tiene 72 años y está jubilado, pero desde muy temprano se enlistó en el Ejército de EEUU. Sirvió en Alemania, volvió por un tiempo a su país, pero después estuvo un año como soldado de infantería en Vietnam. Al retornar, se convirtió en Policía y trabajó en una cárcel, así como en el servicio de investigación diplomática del Departamento de Estado, hasta que se jubiló hace algunos años, después de casi cuatro décadas de servicio. Sin duda, su vida es todo un capítulo, al igual que la de su padre.

2. Invitado. Nancy Reagan lo invitó a una cena en honor al primer ministro de Alemania, Eugene asistió

3. El hijo rebelde. Charles Allen estuvo en Bolivia y recordó a su padre, el mayordomo de la Casa Blanca   

7. Diálogos. Al presidente Gerald Ford le gustaba hablar de deportes con Eugene Allen
 

Los avances y retrocesos
Pensar en que un blanco y un afroamericano se sienten juntos en la misma mesa de un restaurante es ahora normal y parece difícil imaginarse que no era así hace 50 años. A pesar de los avances logrados, como haber tenido un presidente de color en la Casa Blanca, no se puede soslayar que hay menos funcionarios jerárquicos afroamericanos en el poder estadounidense y que en las calles de este país se han producido crímenes de odio, por cuestiones de raza. Según el Nuevo Herald, en 2017 hubo 1.739 ataques contra personas negras.

“Este no es un capítulo cerrado, aún queda mucho camino por recorrer”, responde Charles Allen cuando se aborda este tema y cuando se menciona que hubo policías blancos atacando a personas de color, dice que así como hay malos uniformados, hay los buenos y que él le recomendó a su hijo menor que es policía: “Ahora tienes mucho poder en tus manos, puedes ser un agente a favor del bien o del mal”. Como una posible solución ve que puede ayudar que en las zonas donde hay población mayoritariamente afroamericana, los guardias también tengan ese aspecto y que si se trata de una zona con hispanos, los uniformados puedan manejar su idioma y ser uno de ellos.

Ante la reemergencia de tendencias racistas, Allen es claro. “Esas personas radicales siempre estuvieron, antes quizás disfrazadas u ocultas. Por alguna razón, quizás ahora se sienten más libres para expresarse en público, pero en EEUU hay buenas personas que pueden contrapesar esta reemergencia a través del voto”, concluye sobre este tema.

Dos vidas y un hogar que muestran con nitidez un proceso de reivindicación que se ha vivido durante el último siglo en EEUU. Charles, que encarnó el ideal de provocar cambios insiste en que los jóvenes aún pueden conseguir transformaciones sociales importantes. “Tienen que ser fuertes y cuidadosos. Van a vivir más que nosotros. Tienen que tener educación, entienden las situaciones, a los jóvenes no se les puede engañar con discursos o palabras. Están bien informados”, cierra y comenta que espera volver pronto a Santa Cruz, donde compartió con universitarios y estudiantes.



 




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