REVISTA EXTRA

Cosecha sin fronteras, de Japón a Santa Cruz


El otro lado del mundo en la puerta. Los agricultores japoneses del norte cruceño tuvieron doble celebración, el 22 Festival de la buena cosecha y la conmemoración de los 110 años de llegada del primer okinawense a Bolivia. Los trajo la guerra y dieron fruto

Cultura viva. Los mayores son valiosos testimonios
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19/08/2018

"Ya somos bolivianos, nacidos de la cultura boliviana”, dijo Fausto Asako, el hombre de mirada rasgada que actualmente preside el Comité de Fomento y Desarrollo de Okinawa 1.

Las características asiáticas de su rostro delatan la ascendencia japonesa, pero el castellano fluido y varios modismos transmiten su formación ‘camba’. Junto a Toru Higa, cabeza de la Asociación Boliviano Japonesa, organizaron la versión número 22 del Festival de la buena cosecha, que todos los años se celebra en agosto en Okinawa 1, para agradecer por los resultados de la agricultura, y aunque no les vaya bien, igual consagran su gratitud.

Este 2018 acarrea un matiz especial para las tres colonias Okinawa 1, 2 y 3. Aplauden los 110 años de llegada del primer okinawense a Bolivia, y para eso invitaron a 150 personas, 70 desde Japón, y las demás de Perú, Argentina y Brasil, donde se diseminaron los okinawenses.

Autoridades, entre ellas la embajadora del país asiático, se unieron a la semana festiva.

La agenda tuvo feria productiva, honra fúnebre por los pioneros viajeros, fusión de danzas y música boliviana y japonesa, torneos deportivos, incluso sumo.

Museo. Muestra lo vivido por los pioneros

La guerra dio fruto

Si bien el primer okinawense llegó a Bolivia hace 110 años, según registros de ellos, las colonias empezaron a configurarse hace 64 años, en la época de la Reforma Agraria, cuando Víctor Paz dio a cada una de las familias japonesas 50 hectáreas.

La oferta se regó como pólvora y del otro lado del planeta llegaron muchas familias, tentadas por la promesa de tierras y escapando de la escasez de comida, posterior a la segunda guerra mundial.

Padecieron lo indecible, perdieron sus siembras, pero lo lograron. A la fecha han constituido a Okinawa como la capital triguera de Bolivia, y se diversificaron con producción de arroz, soya, algodón y también ganado. Tienen su propia cooperativa, de la que sacan préstamos, y que les vende la cosecha.

Los socios solo son japoneses y descendientes. Aunque son agradecidos con el país que los acogió, “este hermoso pueblo nos da fraternidad, es el Edén de Bolivia”, dice Toru Higa, también viven acá el tiempo suficiente como para conocer el entorno. “Agarramos lo bueno de ambas culturas. Hay que ser puntual y no ser mentirosos, queremos mantener el honor japonés”, dice Masahide Ikehara, uno de los cooperativistas y encargado del tour por el museo durante la fiesta. Para él, los japoneses son ejemplares a la hora de cumplir con los plazos y los pagos.

Mantienen el cordón umbilical con su madre patria; gracias a la cooperación japonesa lograron un intercambio constante de conocimientos y la gestión de créditos con bajísimas tasas de interés. Aprenden y practican el idioma y consiguen becas para capacitarse, especialmente en agronomía, y preservan sus costumbres, aunque cuando abren la boca en tierra boliviana, suenan más cambas que el majadito y el 24 de Septiembre.

Antepasados. La gratitud hacia ellos es troncal en los okinawenses

Muertos que no mueren

Uno de los aspectos importantes de la cultura japonesa es la honra póstuma, que atribuyen al sintoísmo de su cuna okinawense.

“Gracias a ellos estamos acá, sufrieron por transporte, sequías, inundaciones”, recuerda Masahide Ikehara, que llegó a Bolivia a los cinco años.

“Los grandes soñadores y pioneros trabajaron arduamente e hicieron posible la migración okinawense a Santa Cruz, hasta ser capital triguera del país”, homenajea a sus antepasados Toru Higa.

Esa migración dejó como herencia 130 familias prósperas, con un millar de descendientes japoneses que conocen las melodías, danzas y el idioma de sus abuelos y padres, y que cada año agradecen por el fruto de su trabajo a lo grande. Por eso en el año 2013, el Concejo Municipal de Okinawa mediante la ordenanza 13/2013, declaró como patrimonio cultural el Festival de la buena cosecha.

Aseguran que no hay analfabetos, que la mezcla de sangre es excelente para el deporte, y aún así, adoran los hábitos japoneses de saludar con humildad, llegar a tiempo y ser honestos.

Rasgos asiáticos. Pero ya con hábitos bolivianos
Baile Eisa. Típico okinawense, con tambores japoneses e instrumento taiko
Típicas. Comidas de Japón para los visitantes


 




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