BRÚJULA

Lupe Cajías reúne 40 años de artículos, notas y memorias


La autora recopiló sus textos escritos entre julio de 1978 -cuando regresó con su título- y agosto de 2018. Antes de que me anochezca está dividida en cuatro tomos


Periodista e historiadora. Acaba de recibir el Premio Nacional de Periodismo que otorga la Asociación Nacional de Periodistas.
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Hace 5 días

Amo a la vida. Amo al amor que me tocó vivir en esta vida. Nacida por el profundo amor entre mis padres, hija sexta condenada en otros hogares a la nada, gocé de una infancia feliz, entretenida y llena de personas de diferentes tallas y muchos tonos de voces. La muerte temprana de mi madre llenó la casa de susurros y temores.

Morir era posible y podía tocarme, como al abuelo, a los tíos perseguidos, a los vecinos escondidos de los milicianos. A cambio tenía un patriarca por padre que contaba historias en las largas sobremesas nocturnas o dominicales y el comedor se llenaba de un presidente colgado y su lengua putrefacta; de los estudiantes presos llenos de piojos; de Aquiles o de Krimilda; de los nibelungos y de los troyanos; del tallarín del monseñor y del asado para compartir con el gran familión.

Tantos personajes pasaban por nuestras sopas o por las compotas que llegué a confundir los reales con los mitológicos y soñaba con la gitana Carmen como si fuese mi tía y con el general benemérito del Acre como si fuese un episodio del texto escolar. Los hermanos esperábamos ansiosos la llegada quincenal de Vidas Ilustres, de Mujeres Célebres, de Grandes Viajes y las otras zagas que publicaba la editorial Novarro. En la librería nos reservaban ejemplares del Tony, de Intervalo de Ecran o de Nocturno.

Durante centenas de tardes copié artículos enteros de Lo sé Todo y también de Tesoros de la Juventud, llenando cuadernos con letra menuda y desprolija. Amo a mi barrio, la plaza, la capilla, el mirador y los cerros. Sabía que era un privilegio morar en donde los otros paceños quisieran tener su hogar. Amo a mi colegio, las nuevas historias en español, alemán o inglés, los diferentes autores, las materias, la gimnasia, la música y también la disciplina. Comencé a escribir muy chica porque supe desde siempre de mi amor por la palabra y por el silencio; por el silencio de la palabra escrita. Cientos de cartas, de diarios y de relatos.

Fue papá el primero en darse cuenta de mi preferencia y a mis 14 años me regaló mi primer libro de periodismo. Al mismo tiempo mi profesor de literatura publicó mi primera obra, solo de cuatro líneas, sobre una visita al cementerio, y vi mis ideas y mi nombrecito en letra de imprenta como un sueño vanidoso y solitario.

Desde entonces, medio siglo, no he dejado de escribir y escribir. Aprendí muy temprano que la vida era un permanente desafío entre el destino, que nos lleva casi como un accidente a nacer en un lugar y enfrentar muchos obstáculos, y la voluntad, que nos abre caminos para elegir y decidir.

Amo a un hombre que es mi marido, desde adolescente, probablemente hasta que seamos viejos. Amo tener hijos que son mis cómplices y primeros lectores.

Ellos me aman y me dan otros hijos. La vida me dio la gracia de vivir en el mismo lugar donde nací hace 63 años; seis generaciones desde la bisabuela Luisa. Siempre desde una ventana, sobre la mesa donde tengo mis cuadernos y mis apuntes, que me separa del mundo que rueda afuera, apenas por un cristal blanquecino. Viajo mucho, más de 40 paí- ses en distintos continentes, casi cuatrocientas ciudades, toda Bolivia, desde sus corazones húmedos hasta las orillas fronterizas.

Dormí en centenas de diferentes camas y camastros en aldeas, poblaciones, ciudades. Es más, la vida me dio un mérito que no es mío, ganarme el pan diario con el mismo oficio escolar: contar historias, muchas historias de acá y allende la mar. También por destino, más que por esfuerzo, me tocó trabajar en todos los medios modernos posibles: la radio, la televisión, la prensa, la corresponsalía, la columna de opinión, el blog. Fui reportera callejera, redactora, directora, responsable, productora, enviada especial y muchas veces testigo de las batallas atá- vicas. No me faltó la invitación para ser dirigente sindical, dirigente del gremio asociado y de sus tribunales honoríficos.

A veces alguien me ofreció publicar estos artículos en un libro para salvarlos de su propia finitud de periódico, que vive el tiempo de una mariposa, el espacio de una jornada. En ese entonces, no quería quitar ese aroma de olvido. Pasaron los años y las décadas. ¡Cuarenta desde mi primer sueldo en el vespertino Ultima Hora! Revisé los manuscritos, casi todos tecleados en la vieja Brother que me regaló papá a mis 17 años, un lujo de la época; viajera máquina que me acompañó en exilios y partidas.

Encontré mis temas, casi siempre los mismos, el amor, la muerte, el barrio, los personajes, las ambiciones, los asesinatos, los poetas y pintores, el teatro anarquista, las luchas de los colombianos, de los sandinistas, las guerrillas y las guerras, los turcos y los sirios, el poder abusivo, los militares y sus dictaduras, los conciertos en el Municipal, las orquídeas en las ferias, la bicicleta de los niños, las abarcas de los marchistas, los dinamitazos, los congresos obreros, la fuerza de las mineras, la tristeza en el páramo, bailes y carnavales, presidentes y cocineras, un niño muerto por su tía, una madre de desaparecidos, la danzarina y el guitarrista. Me di cuenta de que, por años, en el día a día, había escrito sin saber, mi visión de la historia de mi familia, de mi ciudad, de mi país, de la humanidad. Decidí darme un regalo, ordenar y publicarlo todo, así sean muchas páginas, varios tomos de esta larga obra.

Es la herencia para mis hijos y para sus hijos; les ahorro la tarea de recopilarme. Algunos artículos estaban en las gavetas, ya impresos; otros son solo la copia en papel carbónico del original enviado al periódico en La Paz o en alguna ciudad de Bolivia. Saqué notas en México, El Salvador, Colombia, Chile, Perú, Uruguay, Argentina, Brasil (en portugués, antes de casi olvidarlo), en España, y mis guiones para la televisión hispana en Estados Unidos, para la belga, para la alemana. Una montaña de papeles. Está reproducido casi todo, apenas deseché algunos comentarios, respuestas a encuestas, festejos. Tampoco incluyo mis libros de biografías, de historias y de ficción, salvo prólogos publicados en periódicos. Reservo los artículos en el semanario Aquí y una colección de notas en suplementos literarios. Hay temas repetidos, pero los mantuve porque cada vez añadía o corregía informaciones orales incompletas o imperceptibles nuevos datos.

Algunos los saco anualmente porque los sé irresueltos, como la salud de los niños y de sus madres. Algunos son tan repetitivos que aburren: el poder, la corrupción; los abusos parecen los mismos desde los setenta a los noventa; desde el viejo siglo al 2018. Dejé de citar los artículos de opinión que ya están en la nube, son casi una cantaleta del estropicio que vivimos.

Hay muchos lugares que me obsesionan, desde mi origen, mi patria, mi segundo lar en Bogotá; los dos años entre Panamá y las guerras en Centroamérica; Palestina, Alemania. Vuelvo siempre a esos escenarios, a sus pueblos y personajes, a sus leyendas y realidades. Hay personajes que viven en mí, aunque ya están muertos y los cito siempre y los recuerdo como mis padres literarios, o simplemente como a mis mejores amigos. Presento, pues, una colmena, llena de casillas, de cera dura y de dulce miel. Antes que termine el día. Antes de que me anochezca