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SANTA CRUZ

Pasajeros pagan precio del hambre, el estrés y los castigos a choferes

Una crónica de una jornada en la que los choferes y los pasajeros sufren cada uno sus penas. Un sistema de transporte bestial donde más importante es la lucha contra el tiempo que la calidad de vida de las personas

Otro día más sin comer. Eso le dice Ronald Fernández a la encargada de la parada de la línea de micro para la que trabaja como chofer. Y eso le dice porque él debe salir de inmediato a la ruta, debido a que el reporte que llega de la calle es que hay saturación de pasajeros, lo que determina  que no haya tiempo para hacer uso de los 15 minutos que normalmente tienen los conductores para almorzar.  


Pero no tener tiempo para comer es solo uno de los grandes problemas que genera estrés en los choferes de los micros, de esos motorizados que mueven de un lugar a otro a los habitantes de Santa Cruz de la Sierra, ciudad por cuyas calles transitan más de 150 líneas que compiten por los ciudadanos que necesitan llegar al trabajo, a casa o a cualquier otro destino. 


Adolfo Flores es chofer de micro y tiene 26 años. A esa edad el cansancio le ha tocado a su puerta. “Es cansador este trabajo, son muchas horas en el volante, el tiempo te pisa. Si no llegamos a la hora señalada a la parada nos castigan obligándonos a volver vacíos hasta la otra parada, sin poder alzar pasajeros”, se queja.  


Con ello, lamenta, no solo castigan a los conductores, sino también a los pasajeros, porque muchos se quedan con la mano levantada, esperando a que el micro pare. 
Ese castigo, explica, lo asume cada línea para evitar que algunos choferes transiten despacio con el fin de conseguir mayor cantidad de pasajeros, en desmedro de los conductores que vienen por detrás. 

Hay que bajar con los cinco sentidos porque la menor distracción puede ser fatal. Bajar al vuelo de los micros es una constante en Santa Cruz | Foto: Hernán Virgo


En una decena de paradas de diversas líneas de micros a las que llegó EL DEBER, quienes estaban atendiendo coincidieron en que se trata de normas para regular el servicio, para mantener el orden y la competencia, a fin de que todos los buses tengan pasajeros.  


“Aquí se vive bajo presión constante”, se queja Rafael Soliz, otro conductor que dice que el tiempo es enemigo y que las ganancias ya no son como antes. “Se gana más o menos. Al dueño del micro le tengo que dar Bs 90 por vuelta y al día hago cinco o seis vueltas. En las horas flojas consigo hacer Bs 70 y en las pico más de Bs 150”, señala. 


Por cada vuelta, los micros demoran un promedio de dos horas y media; y los gastos del combustible, en algunas líneas, son compartidos por el chofer y por el propietario del motorizado. 


En la parada final de la línea 96, hay un papel prendido en la pared que dice: Se comunica a todos los conductores, que la entrega de la renta es en el día y no al día siguiente. Chofer que no entregue renta será sancionado. 


En otro papel está escrito: “El chofer debe tener el cabello recortado, zapatos o sandalias cerrados, pantalón limpio y sin aretes en la oreja. Quien no cumpla no se le dará turno”. 
Eduardo Soliz es chofer de micro desde hace más de 14 años y no le gustaría que sus hijos sigan su mismo camino. 

El maldito control. El llegar tarde al próximo reloj implica sanción | Foto: Hernán Virgo


 “Esto es duro. Me levanto a las 4:00 para llegar a las 4:45 a la oficina y de ahí empezar a trabajar. Mi jornada dura hasta las 23:00. En las paradas hay comida para vender, pero como no tenemos tiempos, ahí no comemos, tragamos”, dice, y continúa enumerando un rosario de problemas que - según él- son característicos del trabajo de chofer de micro: el calor dentro de la cabina, el sueño que amenaza a primera hora de la tarde, el motor que calienta la parte baja del asiento del chofer, los pasajeros que dicen parada a metros de donde hace segundos se bajaron otros. 


Eduardo trabajó durante 14 años en otra línea que dejó porque ya no soportaba más el estrés. Ahora está en una que no pasa por los mercados ni por el centro de la ciudad.
Ronald Chipana también coincide en que manejar un micro es un viacrucis que debe soportar para ganar el pan del día.

 
“Aquí hay que ser paciente , sube toda clase de personas, hay quienes reniegan y se agarran con el chofer, insultan, y también están los conductores de otros vehículos que se enojan de que paremos delante de ellos. Muchas veces por esperar que bajen los pasajeros demoramos mucho y ellos se enojan. Una vez el conductor de una vagoneta me dio puñete”,  se queja. 
La pelea contra el tiempo es el mal de este trabajo, dice Chipana, que revela que por cada minuto de atraso en un tramo le multan con Bs 10. “Por eso a  veces corremos fuerte para que no nos multen mucho”, dice. 


Chipana tiene 34 años de edad y 11 trabaja como chofer de micro. Anunció su retirada este año porque quiere volver a la universidad para terminar de estudiar Ciencias de la Educación y porque ya no quiere volver a enfermarse del riñón, como ocurrió hace años cuando el médico le dijo que le hace daño que permanezca muchas horas sentado. 

Los pasajeros son castigados
Todo el padecer de los choferes provoca estrés, coincide una decena de choferes que fueron consultados por EL DEBER, mientras iban en los micros por las calles y avenidas cruceñas. 
“Pero nosotros no tenemos la culpa de la situación en la que trabajan los choferes”, se quejaban los usuarios de los micros,  que sufren incomodidades a la hora de transportarse. María Castro, una vecina del barrio Patujú, se levanta todos los días a las cinco de la mañana, camina dos cuadras para tomar el micro que la lleve hasta el Parque Industrial donde comienza a trabajar a las 7:00.  Las primeras horas del día son consideradas por ella el horario pico, porque ‘todo el mundo’ sale de su casa para acudir a su trabajo. Entonces, dice María, los micros van repletos de gente y se sufre tanto al subir, durante el viaje, como al bajar.


Al subir, explica, porque no siempre paran, ya que cuando los choferes ven a una sola persona en la esquina levantando la mano, si están apurados, prefieren seguir de largo. Y cuando se consigue que pare alguno, se topa con el interior del vehículo abarrotado de gente y la persona tiene que abrirse campo entre los pasajeros que están parados: los adultos con las manos agarradas de los barrotes que cuelgan del techo, los niños, con sus manitas que buscan las manos de sus padres o pellizcan los asientos cuando tienen que sujetarse en los barquinazos que dan los micros cuando transitan por las calles con baches o con charcos por alguna lluvia de otoño. 


El trauma mayor que recuerda Leticia, una niña del barrio El Recreo, es la vez cuando el micro frenó de golpe y ella, que iba parada, rodó por el pasillo, raspándose las rodillas y los codos. “Desde entonces tiene miedo subirse a un micro”, dice su madre, a quien también a veces le asalta el miedo después de decir parada, porque varias veces tuvo que bajar al vuelo, teme que el chofer arranque antes de que ella tenga los pies en la calle. “He visto a mucha gente caer del micro”, relata.

Los conductores, presas del volante. A veces sin tiempo para comer | Foto: Hernán Virgo


El último informe de Tránsito de 2017 reveló que el 94% de los accidentes de motorizados que se producen en el departamento se deben a fallas humanas, como el exceso de velocidad y no reducir la velocidad en las intersecciones.


 En un micro que pertenece a una de las 140 líneas que pasan por los principales mercados de la ciudad, viaja Sandro Menacho. Se considera el usuario más fiel de los micros porque en su vida, asegura, nunca se ha subido a otro medio de transporte, ni siquiera a las motos porque le dan miedo, tampoco ha pagado de su bolsillo por los servicios de taxi porque su economía no le da para ese lujo.

 
“En todos estos años he visto y he sufrido de todo”, dice, y detalla: “micros en mal estado con los asientos rotos e incómodos, las ventanas que no se pueden abrir en semejante calor, vio cómo es ser presa del robo de la billetera por parte de delincuentes camuflados como pasajeros y el malhumor de algunos choferes que piden que los usuarios se arrinconen para dar espacio a más gente, a pesar de que ya no hay espacio para un alfiler”.  

Las autoridades planifican
Según Rolando Ribera, secretario de Movilidad Urbana de la Alcaldía cruceña, en la ciudad operan 128 líneas de micros. 


Respecto a si se realizan controles de calidad de los servicios que ofrecen los buses, Ribera dijo que después de un amplio trabajo interinstitucional, se  adoptarán en los próximos meses, fruto de una planificación estratégica, un plan de movilidad urbana de manera gradual. 


Adelantó que algunas de esas medidas ya se comenzaron a ejecutar, y prueba de ello es que  se emitieron más de 50 órdenes de repliegue de líneas de micros porque estaban funcionando de manera ilegal. 


“La problemática es muy amplia. Una de ellas es que corran contra el tiempo. La explotación más grande en Bolivia está en el transporte público. Por eso no basta solo con hacer un operativo a lo loco, sino cambios sostenibles y es eso lo que haremos”, aseguró.


La noche ha caído y el cansancio ha hecho presa de conductores y de pasajeros. Los unos se quejan de que han estado en el volante por más de 16 horas y todavía deben ir a cargar combustible al surtidor para emprender el trabajo al día siguiente bien temprano, y los pasajeros también se sienten cansados porque muchos han viajado parados en el micro, sufrido la incomodidad de los barquinazos y tuvieron que bajar con cuidado del motorizado por  miedo a que el conductor arranque antes de que tengan los dos pies en el suelo y a pagar el precio del estrés que sufren los choferes de los micros.