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OPINIÓN

Presencia

¡Vive el presente! es la frase más repetida en los foros de desarrollo personal. Es como un mantra que encierra el secreto de la felicidad. Y no está muy lejos de ello, a pesar de que muchas veces se lo entiende como vivir impulsivamente, hacer lo que se me ocurre sin prestar atención a las consecuencias, y nada más alejado de esta idea.

Una máxima espiritual dice: “Vivir de experiencia en experiencia es lo contrario a hacer de la vida una experiencia”. Si la vida no tiene un hilo conductor que la unifique, se transforma en un montón de experiencias inconexas que al final dejan al alma vacía, sin consistencia.

El concepto vivir el presente fue desarrollado originalmente por el maestro hindú Ramana Maharshi (1879-1950), que decía: “Solo existe el presente. Ayer era presente para ti cuando lo experimentabas, y mañana será presente cuando lo experimentes”.

El maestro alemán Eckhart Tolle, en su libro El Poder del Ahora, profundiza este concepto: “Cuanto más capaz seas de valorar y aceptar el ahora, más libre estarás del dolor y del sufrimiento, más libre de la mente egotista”.

Santiago Bovisio, fundador de Cafh, desarrolla este concepto llamándolo Presencia. Significa estar aquí y ahora, plenamente consciente. Presencia es inherente al devenir. Ya lo decía Heráclito: “Nunca te bañas dos veces en el mismo río”. Todo viene y todo se va; vivir conscientemente aprendiendo a relacionar acto con consecuencia, libertad con responsabilidad. Lo que hago ahora condicionará mi futuro. Por ejemplo si trato mal a mis semejantes, mi futuro será de soledad, y no por fruto de la mala suerte ni del castigo divino, sino por simple consecuencia. Esto es así para la vida individual como grupal.

Hay tres aspectos a tener en cuenta para vivir el presente. El primero consiste en la búsqueda de un sentido trascendente de la vida que unifique las experiencias, internas y externas, y evite la compartimentación disolutiva. No existe una vida espiritual, otra laboral y otra familiar. Solo hay una vida, más o menos consciente, más o menos espiritual.

El segundo aspecto es vivir el instante. Con entrega y plenitud. Recomponer la relación con el pasado extrayendo las lecciones que nos deja y soltando las emociones adheridas a la experiencia. Interpretarlo como si fuera la vivencia de otra persona, con la distancia y objetividad que da el desapego del relato autocompasivo del ego.

El segundo aspecto es desapegarnos de las vivencias terminales. Las que no aportan a nuestro desenvolvimiento. Las que sostenemos artificialmente, por costumbre, por temor al cambio o por el qué dirán. A veces una relación, un trabajo o un mal hábito. Cambiar la actitud que nos ata al temor y soltar. Dejar ir sin culpas, sin mirar atrás. Quitando lastre del alma para volar liviano al destino elegido. Claro que cuesta, pero se puede.

El tercer aspecto es ser consciente del contexto mayor que nos contiene. No tenemos una vida aislada. Somos en relación con otros seres humanos y con lo divino. Eso nos lleva a contextualizar la vida en el marco de la evolución del ser humano. Estar presente en la sociedad es estimular su adelanto y producir en nosotros mismos los cambios que quisiéramos producir en los demás, es comprometer la vida individual en el contexto de toda la humanidad.