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Duele ver a más gente viviendo en la calle

Jóvenes que limpian parabrisas en los semáforos de las principales intersecciones de Santa Cruz. Niños que hacen malabares en las mismas esquinas. Mujeres con bebés en los brazos pidiendo una moneda para sobrevivir.

Hombres y mujeres que viven en las calles y que son parte de la extrema pobreza que, más allá de las estadísticas oficiales, parece expandirse de forma alarmante en las ciudades del eje del país, con especial prevalencia en la capital oriental.

Llama poderosamente la atención el grado de abandono en que se encuentra un creciente sector de nuestra población. No es muy difícil observar en la vía pública a individuos que duermen en las calles o a niños y grandes que permanecen impávidos, bajo los efectos de la droga o el alcohol.

La falta de políticas de desarrollo humano provoca que niños y adultos tengan una vía fácil hacia el mundo de los estupefacientes. A eso hay que añadir que en Bolivia faltan oportunidades de trabajo y, además, no existe una acción estatal más firme para combatir el tráfico de drogas que lleva a cientos de marginados a la delincuencia.

No hay que olvidar que 17,1% de la población vive en la extrema pobreza, es decir, tiene menos de un dólar por día para sobrevivir. Asimismo, el 36,4% de la población vive por debajo de la línea de la pobreza. Obviamente, si comparamos con las cifras de 2006, 59,9%, hemos mejorado. Sin embargo, la situación social está lejos de haberse resuelto, pese a las políticas sociales que impulsó el Gobierno del presidente Evo Morales en la última década.

En ese contexto, las grandes ciudades, especialmente Santa Cruz, La Paz y Cochabamba, contienen las olas migratorias de miles de bolivianos que dejan el campo o las ciudades intermedias porque allí no hay trabajo, aun cuando es evidente que las ciudades tampoco le resuelven los problemas y necesidades.

La situación es evidente y se la reitera cada tanto, pero hay una indiferencia alarmante de parte de las autoridades nacionales, departamentales y municipales. Si bien, las direcciones de comunicación hacen relucir programas de ayuda social en cada repartición burocrática, en la práctica aquellas no actúan para atender a bolivianos que literalmente viven en las calles, lo que aumenta la indigencia, el consumo de drogas y la inseguridad.

La gran paradoja es que la indigencia crece. Ni los ingentes recursos de la producción de hidrocarburos ni las políticas asistencialistas a través de bonos sociales no fueron suficientes para resolver esta lacerante problemática social.

El dolor de las personas en situación de calle no se atiende y tampoco el que sienten los transeúntes que ven cómo aumenta la población sin techo y con dramas en esta sociedad.