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BRÚJULA

Soft Machine, o una manera de aprender a mirar la pintura

Keiko González retorna a las salas de arte locales. Nube Gallery acoge su reciente muestra en la que predominan sus tonos clásicos y la grata presencia del rosado 

Con casi 30 años de trayectoria, la obra de Keiko González ha transitado por diversas vertientes, logrando establecer un diálogo permanente entre la figuración y la abstracción. Sin embargo, al revisar las diversas series de cuadros que ha presentado en el último lustro, pareciera que lo abstracto ha ganado preponderancia. El artista aclara que  se trata de una forma de armar un lenguaje propio a partir de lo que expresa la pintura per se. 

“Mi rol en este asunto es enseñar a la gente a ver la pintura (Keiko no se refiere a la pintura como al arte en general, sino a la técnica como tal). Estoy peleando contra el realismo, contra la idea de que la pintura es la representación de otra idea, de que detrás de ella hay una historia o que tiene que convertirse en un panfleto político”, sentencia González. 

De eso es lo que está hecha Soft Machine, su más reciente serie que expone actualmente en Nube Gallery (calle Arenales #319). Son cuadros en formato grande en los que combina el trazo grueso con el fino; conserva el negro, el azul y el rojo bien definido y añade una gama inusual hasta ahora en su paleta: el rosado. 

“En un principio no lo veía bien, pero terminó siendo una agradable sorpresa en mi obra. Uno nunca sabe cómo puede funcionar algo hasta que lo prueba. En mi caso se volvió hasta obsesivo, la materia, la calidad de pintura que utilicé y, sobre todo, el color, esa referencia a la parte interna del cuerpo. De nuevo fue como la oportunidad de mostrar que dentro de lo abstracto está la figura. Siempre parto de la figura como base para la abstracción y, en esta ocasión, todo fue muy orgánico, muy ligado con las partes del cuerpo. Como cuando abres una fruta y ves los colores”, explica González. 

Flujo de conciencia

El título de la muestra se refiere a la novela The Soft Machine (La máquina blanda), del escritor estadounidense William Burroughs, que se basó en la técnica literaria de asociación libre, en la que el autor comienza a escribir sin una idea o temática previa, luego divide las palabras y las ordena dejándose llevar por el instinto. Este método, también conocido como flujo de conciencia o corriente de pensamiento subyacente (stream of consciousness), fue una referencia directa para González, que se la ha pasado “jugando a lo que quiere ser” y valiéndose de diversos elementos, como el esténcil y trozos de papel para plasmarlos en su pintura.

Esta serie, que ha circulado por diversas galerías del país, cierra un ciclo en la obra del artista. González cree que sus próximos trabajos tal vez incluyan elementos similares, como también tonalidades (le sigue interesando explorar más con el rosado).

Cada vez me siento más cómodo con mi obra, no la estoy cuestionando tanto, no siento la necesidad de defenderla ni tener que explicarla. Porque si no la entiendes sin explicación, tampoco la vas a entender con explicación”, finaliza.