Opinión

Sin novedad en el frente

Guido Alejandro Arana Hace 2/3/2019 8:00:00 AM

La democracia en Bolivia bien puede encarnar hoy la historia que narra Erich Paul Remark en el libro del que tomo el título para este artículo, Sin novedad en el frente. Sometida a golpes arteros desde ya varios años, sin que nada ni nadie logre frenarlos, está pasando de ser un paciente en franca recuperación a un enfermo terminal. Una involución como la padecida por los soldados que son protagonistas de la novela, que amenaza acabar como acabó la historia del protagonista central: herida de muerte “en un día tan tranquilo y calmado, que el informe del ejército se limitó a la frase sin novedad en el frente”.

La palabra ‘ejército’ bien puede ser reemplazada por las de Ejecutivo, Legislativo, Judicial u otras que aludan a los tribunales de Justicia y Electoral, o a la mismísima comunidad internacional. Eso es lo que ya dicen los partes oficiales que se emiten tras cada herida de muerte asestada en la democracia boliviana: sin novedad en el frente. Suman los abusos y atropellos en contra de la democracia, pero es como si no pasara nada. Salvo unos ¡ay! a los que cada vez damos menos oído, no pasa nada. La impresión que queda es que a esta democracia golpeada le pasará lo que a las mujeres víctimas de violencia, a las que solo se les escucha y cree si mueren.

Ahora mismo dan ganas de repetir “sin novedad en el frente” tras una nueva renuncia en el Tribunal Supremo Electoral (TSE). Nada de lo que ocurre en el TSE sorprende ya. Desde hace años este tribunal ha demostrado estar sometido a la voluntad y al capricho de la cúpula que gobierna en Bolivia. Hubo pruebas fehacientes de ello en 2014, durante el proceso de las elecciones convocadas para ese año. Nuevas pruebas se sumaron a lo largo del proceso previo y posterior de las inéditas elecciones judiciales. No fue distinto en el que se abrió con miras al referéndum constitucional del 21-F. ¿Por qué habría de ser distinto ahora, en el caso de la Ley de Organizaciones Políticas?

Lo que sorprende es que incluso hoy, frente a tantas evidencias de las causas que están agravando la salud de la paciente democracia, aún se oigan voces tratando de salvar la responsabilidad de un par de vocales identificados como disidentes, además de otras que aún creen que es posible salvar al enfermo, cambiando a algunos de los ‘médicos’ o ‘paramédicos’ del malogrado aparato estatal. La única vía capaz de salvar de la muerte a la democracia boliviana es la toma de conciencia de la realidad que estamos viviendo en el país, acompañada de la ineludible tarea de identificar y señalar sin tapujos ni medias tintas a los responsables del deterioro de esta aún débil democracia.

No basta hablar solo de una crisis en el TSE. La que está en crisis y en riesgo de muerte es la democracia, es nuestra convivencia en democracia. Y esta no obedece apenas a uno de tantos órganos o poderes del Estado. Está visto que ninguno de estos funciona hoy con la independencia necesaria, y nada hará cambiar ese rumbo distorsionado y perverso, si es que en el comando central se perpetúa la cúpula que gobierna en el país desde 2006. No hay posibilidad de cura mientras esté al mando de las operaciones un grupo de hombres decidido a cortar cabezas e incendiar el país, con tal de no largar el poder. No se trata de un partido ni de un movimiento social, entendámoslo de una vez por todas.

Si no hay capacidad de ver esa realidad y se insiste en reaccionar ante cada pieza que cae del rompecabezas, en vez de ver y aprehender el tablero completo, no podremos escapar al desenlace fatal de esta historia, que está lejos de ser ficción o una novela más. Y ver el tablero completo implica reconocer y aceptar que quienes gobiernan el país son de una sola pieza. Una pieza única que no admite matices entre democracia y totalitarismo, entre Estado de derecho y Estado sin derechos, entre libertad y esclavitud o miedo. Ni matices ni medias tintas. Hay que quitarles el disfraz a los que mandan y la venda en los ojos a quienes obedecen, acatan, callan y otorgan. Todavía estamos a tiempo. A contrarreloj, pero a tiempo. A tiempo de no ver ya sin vida a la democracia, rendida en el campo de batalla, mientras se escucha decir a la cúpula “sin novedad en el frente”. Si acaso eso llega a suceder, será tarde para enmendar errores, dar paso atrás y volar en libertad.