SANTIAGO ESPINOZA A.

Con ocasión del Día del Periodista Boliviano, unos colegas y yo ensayamos un ranking de los mejores periodistas de la historia de Bolivia. Seleccionamos 10 nombres que, con el paso de las horas, nos provocaron más (auto)reproches que satisfacciones. Como toda lista, aquella podía ser valorada más por sus ausencias que por sus presencias. Una de las ausencias que más me pesó fue la de Jorge Suárez (La Paz, 1931-Sucre, 1998). 

Sabía entonces que, además de poeta y narrador excepcional, el autor de El otro gallo había dedicado gran parte de su vida al periodismo en prensa y, en menor medida, televisión, desde los años 50, y aun así no atiné a incluirlo en el dichoso ranking.

Esa negligencia con el Jorge Suárez periodista fue la que me condujo a su Obra reunida, libro publicado por la Biblioteca del Bicentenario de Bolivia (BBB), con Edición y Estudio introductorio de Luis H. Antezana J. (Cachín). Un volumen de 700 páginas que recoge la totalidad de la obra publicada por el escritor en vida, pero también de forma póstuma. 

Solo quedan fuera del libro la “(enorme) producción periodística del autor” y algunos manuscritos inéditos, aclara Antezana. 

Sin embargo, a esta aclaración le cabe otra: el periodismo de Suárez asoma, cuando menos, en dos capítulos de Obra reunida, que son Poesía II, donde aparece el ‘poemario’ Los melodramas auténticos de políticos idénticos (1960), y Narrativa, que incluye la novela Las realidades y los símbolos (2001).

A manera de explicar intromisión periodística en el volumen, Cachín Antezana plantea que “Suárez consideraba que ambas tareas –periodismo y literatura– eran, para él, complementarias. 

Dos formas de escritura, dos formas –diría– de ‘habitar el mundo”. Y de la inclusión de Los melodramas… reivindica su valor formal, una manera de hacer periodismo en verso, mediante “las (pícaras) crónicas rimadas que, a fines de la década de 1950, Suárez le dedicó a los quehaceres de la política boliviana en (el diario) El Mundo”.

De esas columnas rimadas hay una, “Me he soñado, lector, que ha sido así lo que a orillas, pasó, del Piraí”, que me permite hacer la transición hacia Las realidades y los símbolos, una novela que, sin ser estrictamente periodística, ensaya una mirada reflexiva, ora sutil ora explícita, sobre el periodismo. Porque si en la crónica versificada Suárez reconoce estar “obligado a imaginarse lo sucedido para poder cumplir su deber periodístico de información a los lectores”, en la novela hace un uso ficcional del periodismo para pensar e impugnar algunas de las “verdades sagradas” del periodismo.

Calificada por Antezana como una “obra en producción”, Las realidades… es una recreación del periodo histórico boliviano que va de finales de los 70 (el golpe de Natusch Busch a Guevara) a principios de los 80 (el Gobierno de facto de García Meza), a través de los ojos de un periodista ducho y desencantado, que es jefe de Redacción del periódico cruceño La Región. 

El alter ego de Jorge Suárez, Gonzalo Rodríguez, protagoniza esta narración en la que, en palabras de Cachín, “convergen la política (como crónica y trama) y el periodismo (por medios del protagonista), variables que, sin duda, podemos asociar con el autor, pero, claro, siempre bajo la sombra de la literatura”.

Más allá de la denuncia de los horrores despóticos de los gobiernos militares, esta obra es rica en cuestionamientos al oficio periodístico y a su rol en sociedades como la boliviana. Así lo manifiestan pasajes como este: “La silenciosa epopeya no repercutía en un mundo habituado a entender como noticia la sangre, solo la sangre, y cuanta más sangre, mejor”. 

O mejor, este: “Gonzalo Rodríguez resolvió redactar un artículo neutro, digno de ser publicado por La Región, vocero de la empresa privada. Había una sola forma de hacerlo: exponer los hechos; contrastar, en una proyección paralela, las opiniones de uno y de otro lado; evitar, dentro de lo posible, comentarios, de manera que las conclusiones se produzcan en la conciencia de los lectores”. 

O este que me parece insuperable y plenamente vigente: “A veces, los dedos escriben por sí solos, caen sobre las teclas de la máquina de escribir y construyen frases que no guardan relación con la realidad. Los hechos son los hechos y el periodismo consiste en organizar esos hechos a gusto del consumidor”.

La invocación de algunos de los lugares comunes sobre el ejercicio periodístico, como la “neutralidad”, la sed de sangre, la confianza ciega en los lectores y la deuda con los patrocinadores, opera, en esta novela, como una no tan solapada invectiva contra los vicios del periodismo: su servidumbre ante los poderes políticos y empresariales, su demagógica sobrevaloración del público, su pretendida neutralidad que escuda otros intereses, su capacidad de manipulación para organizar la realidad (y sus símbolos) “a gusto del consumidor”.

De ahí que se me antoje tan saludable la imaginación periodística de Suárez como panacea ante la realidad embadurnada de farsas que se autoproclama neutral y verdadera.