Algunos historiadores consagrados y otros en vías de desarrollo (como diría Augusto Céspedes, el famoso “Chueco”) se han encargado de difundir la especie, tendenciosa por cierto, que atribuye al General Ignacio Warnes, el hecho de haber ordenado, después de finalizada la batalla de Santa Bárbara el 7 de octubre de 1815, prender fuego al bosque seco donde se habían ocultado, por razones de seguridad, cerca de dos mil originarios chiquitanos que fueron achicharrados vivos, en represalia por haber combatido del lado del ejercito enemigo de la libertad.

Se dice que con la victoria de Santa Bárbara, Warnes consolidó en favor de lo que hoy es Santa Cruz, la provincia Chiquitos, considerada el único y último reducto realista, que pretendían anexarse para sí los portugueses, territorio que siguió amenazado aun después de fundada la Republica, pero esa ya es otra historia.

Como no se trata de la simpleza de averiguar cuantos pares son tres botines, sino de limpiar y sanear la impecable fojas de servicios del autor de la proclama “A vencer o con gloria morir”, corresponde que investigadores más ecuánimes no nos mientan el pasado y aporten datos que ayuden a desmontar la versión de referencia, que no proviene de ningún chapetón trasnochado, sino de los descendientes directos de los cruceños terratenientes de la época, resentidos con Warnes por haberles sustraído a sus antepasados la mano de obra barata que hacia producir sus fincas, y los incorporó al ejército patriota de pardos y mulatos.

Tales cruceños eran parte del sistema de explotación que coadyuvaban con la “España grandiosa”, la que según ellos, había plantado el signo de la redención, aunque Casimiro Olañeta, sin muchos ditirambos, dice que lo que plantaron los españoles en América fue el “árbol del despotismo”.

Y la reivindicación de su buen nombre hay que hacerla de manera urgente antes que prospere el proyecto que tienen algunos cronistas cuentacuentos de erradicar su monumento del lugar en el que se encuentra emplazado desde el año 1920, lugar que no fuera elegido al azar, sino por la circunstancia de que en tal espacio, fue exhibida en una picota la cabeza del protomártir de la independencia, por órdenes del “feroz Aguilera”, el mismo que en Vallegrande, el 23 de noviembre de 1828, pagó todo lo que debía, y en esa oportunidad, no hubo otra Ana Barba que rescate y ponga a buen recaudo su cabeza.

Además, se trataba de conmemorar el centenario de su muerte en la batalla de El Pari, el 21 de noviembre de 1816, y porque así lo decidió el Centro Histórico conformado por notables cruceños de la época, a manera de rendirle la condigna pleitesía.

En realidad, y aparte del fuego graneado de la fusilería y artillería del ejército patriota, y una vez concluida la batalla de Santa Bárbara, Warnes ordenó rejuntar y contar los cadáveres esparcidos en el escenario de la batalla, llegándose a contabilizar algo así como 300, correspondientes al ejército enemigo, y luego se los arrojó de diez en diez en 30 hogueras, debido a que los cadáveres se encontraban en avanzado estado de putrefacción y amenazaban contaminar a los supervivientes.

Consiguientemente, Warnes no ordenó ninguna quemazón de gente viva, mucho menos de chiquitanos originarios adscritos a los realistas Juan Bautista Altolaguirre, gobernador de Chiquitos y al comandante Udaeta.

Ha sido el mismo Warnes quien estableció lo realmente acontecido en su “Parte de la batalla de Santa Bárbara” elevado al comandante del ejército auxiliar José Rondeau el 14/X/1815, según documento transcrito por la escritora Yngrid Vespa (+), en su libro titulado Ignacio Warnes y la Florida, al cual nos remitimos.

Lo demás son infundios de sus detractores que lo tildaban ( y aun lo hacen ) de ‘advenedizo’, mientras que siguen ensalzando a su verdugo ( verdadero forjador de la Santa Cruz moderna, según ellos ), a tal punto, de que estarían de acuerdo en que éste ocupara el centro de la plaza de armas en lugar de Ignacio Warnes, y que los cruceños empecemos a reverenciarlo, algo que jamás me verían hacer.