Fresa y chocolate es la versión teatral de la historia y los personajes conocidos internacionalmente por la película del mismo; el origen de toda la historia es un relato literario de mi autoría titulado El lobo, el bosque y el hombre, que mereció el Premio Internacional de Cuentos Juan Rulfo, de Radio Francis Internacional y el Instituto Mexicano de la Cultura en París, un galardón literario muy importante. Los personajes, en particular David, pertenecen a mi ámbito de ficción y es recurrente en otras obras literarias y cinematográficas que he escrito. Fresa y chocolate es una pieza teatral escrita para tres actores.

Aunque recrea la misma historia y personajes, es una obra independiente, no una adaptación del guión de la película ni del cuento que anteceden, y en ella creo que el tema y la relación entre los protagonista alcanza un mejor acabado, ya que están precedida de las experiencias anteriores. Su verdadero título es Querido Diego, pero los teatristas por razones de promoción prefieren cambiar el título y yo he estado de acuerdo.

Este es el texto solicitado por la compañía de Santa Cruz (OtroTeatro), y autorizado por mí a través de mi representante, la Agencia Literaria Carmen Balcells. No he tenido la suerte de ver este montaje, pero las referencias que tengo son muy buenas y lo que he podido ver por internet me ha gustado mucho. Es para mí muy significativo que se realice en Bolivia y particularmente en Santa Cruz de la Sierra, ciudad que visité en una ocasión y cuyas imágenes retengo en mi memoria con afecto y nostalgia. La puesta se debe al director argentino Leonardo Gavriloff, que ya la había montado en Buenos Aires, versión que sí pude ver.

La versión de Leonardo es una de las que más me ha satisfecho de cuantas he podido ver (existen 25 versiones, en diferentes países e idiomas). Es una puesta delicada, sensible, con excelente trabajo de actores y un equilibrio entre emoción, humor y contenido. Un montaje de apariencia sencilla, profundo y muy respetuoso del espíritu de la obra y del tema que pone en juego, procurando vencer prejuicios a favor de una reflexión sincera y responsable, y a la vez ofrecer un espectáculo en el que la belleza está presente, que es arte. Leonardo consigue todo esto, y entre otros méritos ha logrado siempre muy destacadas actuaciones en todos los personajes.

Un director es también un autor, y mientras yo lo soy de la obra en general y de todas las versiones, cada uno es de la suya. Ahora bien, una puesta en escena es la lectura de un director sobre un texto, y entiendo que este puede efectuar variaciones como parte de su propia visión y proceso creador, siempre que resulten orgánicas y coherentes con el original.

Como autor, no aspiro a una interpretación y montaje literal de mi obra porque comprendo que el director, los actores y demás artistas que intervienen son también creadores que ponen en juego sus propias ideas y talento.

El limite de todo esto es el respeto al espíritu de la obra original, así como no introducir cambios de contenido o forma que adulteren o agredan al texto y sus proyecciones, que lo degraden artísticamente, y mucho menos si no los determina una necesidad y búsqueda artística. Esa puede no ser la intención pero sí el resultado.

Una de las cualidades maravillosas del teatro es que un arte vivo, en el que cada representación es una aventura nueva, que establece un diálogo con los espectadores y los artistas pueden hacer ajustes permanentemente. Yo mismo he añadido pasajes en el texto o he hecho correcciones, inspirado en ocasiones por las puestas que he visto. En el caso de la puesta santacruceña, que permanece en el repertorio del grupo pero que ya no cuenta con su director original, no puedo opinar sobre el efecto de incorporar un cuarto personaje porque no tengo oportunidad de ver la puesta.

Un cuarto actor en escena no es necesariamente otro personaje, puede ser la representación de una idea. Puede ser un recurso eficaz o no, y puede valer la pena experimentarlo, porque, como dije antes, el teatro es arte vivo, y tanto los espectadores como la crítica y la prensa (que también forman parte del hecho teatral) pueden ejercer su criterio, lo pueden valorar, considerar si el nuevo elemento aporta o resta a la obra, y la decisión se puede reafirmar o corregir.

Me gustaría mucho que la obra permaneciera en sus encuentros con el público. Es para mí también un modo de estar entre los santacruceños y compartir la experiencia y reflexionar con aplausos pero también con crítica sobre el espectáculo y los temas abordados. Mi posición es siempre procurar que las diferencias no afecten las obras, y en particular, al teatro y a la relación teatro-público, que en nuestros países suele ser tan débil.

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