Parecía que todos se habían puesto de acuerdo para dibujarse con tiza negra en las manos los surcos de sus venas. Estaban sucios, la ceniza había aterrizado en sus cabezas, rostros y hombros como si fuera nieve, pero no provocaba la misma sensación placentera y refrescante de esta.

Las poleras verde olivo que hasta la noche anterior eran parte de su uniforme como conscriptos del Regimiento Pando- asentado en Roboré- ahora las llevan puestas sobre sus cabezas, improvisando una suerte de burka.

El silencio del bosque seco chiquitano, que este agosto como ningún otro se ha empeñado en hacerle honor a su nombre (no ha llovido en 90 días), solo es interrumpido por el arder de las brasas y el crujido de las hojas del piso. Hace calor, pero este no dibuja ese sentimiento agradable de sentir los rayos del sol bendiciéndolos, por el contrario, a medida que se van internado más en el bosque se va acentuando la sensación térmica y lo que se respira es cansancio. Pero no hay tiempo para dejarlo penetrar hasta sus huesos.

Urge tener la mente fresca, estar concentrados para conseguir el doble cometido: apagar el fuego y salir ilesos.

La cuadrilla de 20 que llegó al camino a Gavetitas, distante a 15 kilómetros del pueblo, había recibido una capacitación ‘express’ la noche del martes y el miércoles a las 6:00 ya estaba con té y pan en el estómago, cascos, barbijos, traje, mochila y botas para ‘hacer patria’ luchando contra un enemigo rojo y abrazador.

Esta veintena en realidad fue el refuerzo que llegó para cuatro instructores del municipio y 10 voluntarios que se vistieron de bomberos forestales y empezaron la batalla sostenida por cuatro horas contra el fuego la noche del martes.

No pudieron con el enemigo, pero al día siguiente volvieron y esta vez con refuerzos. Ahora bastaron cuatro horas más para liquidarlo, pero no son suficientes para cantar victoria.

Las brasas parecen tener un mecanismo perverso que las enciende de nuevo y en cuestión de segundos la llama ya está activa otra vez. Por eso hubo que quedarse, los instructores así se los explicaron, cuando el fuego ha sido extinguido, quedan las brasas y a esas hay que liquidarlas aplastándolas con el batefuego, echándole tierra o con el agua de la bomba de mochila.

Ya es la una de la tarde, por ratos hacen una pausa, se sientan en el piso, se mojan la cara hasta recuperar nuevos bríos. No se van a ir hasta no terminar con el fuego y este, mientras tanto, carcome por dentro las ramas de los árboles secos hasta que estas se dejan vencer y caen al suelo. El humo también ha penetrado a los bomberos, nuevos o experimentados, todos sienten cómo desde adentro brotan las lágrimas para dar alivio a los ojos.

Ese día, miércoles 14, Roboré era noticia nacional, ya corría su declaratoria de desastre (por sequía, por helada y por incendios forestales), la Gobernación había enviado a sus técnicos especialistas para trabajar conforme al sistema de comando de incidentes, que define las funciones de cada actor (el municipio, la Gobernación, el Ejército y Defensa Civil) y su capacidad para atender cada una de las emergencias que van brotando en suelo seco.

El plan se trazó el jueves. Después de horas de deliberar se dispuso atacar el fuego de Yororobá, Quitunuquiña, El Portón y Chochís. La premisa era cortar el temible recorrido de las llamas hacia el Valle de Tucabaca.

Al helicóptero del Ejército que llegó el jueves se sumó el viernes al Súper Puma de los Diablos Rojos. Para entonces ya se movilizaron 60 soldados de la 5ta. División del Ejército y Santa Cruz ya había emitido la declaratoria de emergencia departamental con cuatro municipios declarados en desastre natural (San Ignacio de Velasco, Roboré, El Trigal y Postrervalle) y ocho en camino.

La promesa desde Defensa Civil es que los helicópteros no se van hasta no aplacar todo.

Una mujer entre ellos

Vibeke Taseó Toledo (41) es la única mujer bombero en la zona; se calza las botas hace tres años. No ha tenido tiempo de contar los incendios a los que ha corrido a sofocar, solo sabe que desde el 24 de junio no ha parado.

Ha venido aplacando las llamas y tiene don de líder, haciendo gala de la energía de una gacela y lo mejor de todo, nunca dejó asomar al cansancio.

Hace oídos sordos cuando la increpan: “¿Qué hacés por allá, tan peligroso? ¡Sos la única mujer!” A ella le gusta lo que hace y no lo cambiaría por otro oficio. Cuando no es agosto incendiario, está dando lo mejor de sí en su trabajo en la Alcaldía de Roboré, en la sección de viveros y atendiendo a su esposo y cinco hijos.

Gilmar Mérida (33) está con ella, técnico forestal de la Alcaldía y ahora bombero forestal. A él sí se le notan los estragos del fuego y las horas invertidas en doblegarlo. Lo que más llama la atención son sus ojos colorados.

En casa lo espera su niño de tres años y su esposa, que cada vez que lo ve ponerse las botas ya se imagina lo que viene. “Piensa lo peor, sabe que uno no viene acá a pasear, me dice que me cuide y que rece”. Católico de corazón, se encomienda cada que entra al monte encendido y casi siempre el lamento es el mismo: “Venimos a poner el pecho, a apagar todo esto que nosotros no hemos iniciado; sino la gente imprudente que quema su chaco y se termina por prender todo.”

Otro testimonio potente es el de Jorge Adriázola (35), responsable de Control y Liquidación de Incendios Forestales de la Gobernación. Es un hombre sosegado. En un incendio es de los que va de primero. “Todo bombero que ha estado en primera línea sebe lo que es estar con la garganta seca, sentir la radiación quemándole la piel. He estado en algún momento con acompañantes que se han fatigado, que se estresan, pero uno tiene que saber sobreponerse. En los momentos más duros y más críticos, es cuando uno tiene que sentirse preparado para poder atender todo tipo de emergencias”.

Adriázola cuenta que, como instructor de bomberos forestales, siempre llega al lugar a organizar a la gente. “Un incendio genera desconcierto, inseguridad, las personas afectadas se ven muy alteradas y necesitan de alguien que los pueda tranquilizar. Esa esa es una parte importante del bombero. Su presencia en el lugar ayuda mucho a tranquilizar a las personas, de eso nos hemos dado cuenta con el pasar del tiempo”.

Mientras que a Jaime Zorrilla (32) lo que le sigue impactando es que las personas arriesgan sus vidas por sus bienes. “Se exponen de chinelas a salvar lo poco que tienen, es difícil convencerlos de dejarlo todo, aunque eso signifique empezar de cero, porque lo que más vale es su vida”.

Cómo funciona

El municipio es el primer respondedor como dueño de casa, pero la Gobernación le da el soporte a través del Sistema de Alerta Temprana de Incendios Forestales (Satif), el mismo que emite un boletín diariamente ubicando los focos de quema.

“Si un municipio solicita un mapa más elaborado con coordenadas se lo atiende por medio de un grupo de WhatsApp que se llama red Satif en el que están incluidos los técnicos municipales, la Policía el Ejército, Defensa Civil y hasta la Ferroviaria Oriental”, detalla Adriázola.

El responsable de control y liquidación de incendios forestales explica que el municipio siempre apoya en la parte logística (camionetas, alimentación, personal de apoyo), mientras que a la Gobernación le toca la parte estratégica y operativa (sus técnicos acuden a ayudarles a organizarse y a enseñarles a atender su emergencia; aunque la meta es que cada municipio llegue a fortalecerse y sea capaz de atender solo la situación). Por su parte, el Ejército provee el personal de apoyo para apagar los incendios.

“Todos los años la Gobernación deja personal capacitado en los cuarteles, con equipos necesarios para atender los incendios. Hemos capacitado unas 800 personas acá, incluyendo grupos de la Alcaldía y la comunidad. Necesitamos sacar ese contingente de personal para que pueda atender la emergencia”, dijo Adriázola.

La lucha contra los más de 4.500 focos de quema (cifra hasta el jueves, según el secretario general de Roboré, Carlos Ragone) se estaba librando con muy pocos; pero de espíritu titánico.

 

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