Cuando necesito ayuda para ser una buena madre, recuerdo a mi mamá y a mi abuela, mujeres que sembraron semillas de sabiduría en mi alma, como un jardín secreto, para que florecieran incluso en el más crudo invierno.

Un día especialmente difícil, llegué a casa para encontrar un segundo aviso “no tan amable” en la cuenta del gas y, a mis tres hijos desolados. Tomás, de once años, sufría por su corte de cabello. “Mi profesor se llevó mi gorra porque dice que los caballeros no usan sombreros dentro de los edificios”. Había soportado comentarios como “calvo”, “pelón” y “cabeza rapada” todo el día, me dijo, mientras ocultaba su cabeza entre las manos.

Elisa había llegado a las finales del concurso de ortografía de su curso, pero había perdido por la palabra temeroso. No se me escapó la ironía. Jenny, que estaba en primer grado, había sido castigada por su risa nerviosa cuando tuvo que leer, y luego se habían burlado de ella por tartamudear en una frase.

¡Uy! Respiré hondo, tomé aliento y dije: “Bueno, chicos, lo que tenemos aquí es una serie de fracasos. ¡Celebremos!” La sorpresa los sacó de su melancolía y me observaban atónitos.

Continué hablándoles. “Mi abuela Teresa solía decir: ‘Aprendemos más de nuestras fallas que de nuestros éxitos. Cuanto más curtida una persona por sus problemas, más lejos llegará’. Vamos a comer pizza para celebrar nuestra primera fiesta de fracasos”.

Esa noche vivimos una velada en armonía y nos reímos de las burlas que habíamos vivido. Eso cambió nuestro estado de ánimo. Y de pronto nos besamos y nos abrazamos, luego nos fuimos a dormir felices.

Esto condujo a muchas fiestas de fracasos, y de esta manera aprendimos a buscar en nuestras tragedias algo que pudiéramos celebrar, en lugar de padecer por lo que habíamos sufrido.

Espero haber sembrado semillas de esperanza en el alma de mis hijos, recogidas de la sabiduría de las mujeres que me antecedieron, para que las rieguen en sus propios jardines algún día.

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