Opinión

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Maravillas en la ciudad de los anillos

El Deber Hace 5/12/2019 12:00:00 PM

A una semana del cierre del XII Festival Internacional de Teatro de Santa Cruz de la Sierra, todavía queda ese sabor a gloria en el alma de las casi 30.000 personas que supieron sacarle el jugo a las 49 obras que alimentaron el fiestononón, que es como toca llamar al gran festín ofrecido este año y por décima segunda vez por la Asociación Pro Arte y Cultura que, a Dios gracias, tenemos en esta ciudad. Once días de teatro de excelencia, enriquecidos por más de 300 artistas de 11 países, que dieron todo en las 80 funciones ofrecidas en 16 escenarios montados en nuestra capital, en algunas provincias y en Tarija.

Resumo el festival en cifras, solo para ayudar a comprender la dimensión que ha alcanzado en 12 versiones bianuales e ininterrumpidas este encuentro que es, creo yo, el más importante del género en el país. Un lujo de festival, no solo para quienes viven del y para el teatro, los dramaturgos y los artistas, sino sobre todo para una sociedad tan necesitada como la nuestra de actividades que alimenten al alma y que nos ayuden a cultivar valores que son imprescindibles para vivir y convivir en armonía. Las cifras, sin embargo, no alcanzan para graficar con claridad y en la medida justa todo el esfuerzo que demanda cada versión y la ganancia real que genera fuera de bastidores y más allá de los 11 días que dura el festival.

Aun está pendiente un trabajo a fondo para medir el impacto logrado por APAC en cada uno de los 12 festivales de teatro, a los que hay que sumar los festivales intercolegiales y talleres que realiza todos los años, las propias actividades extra que organiza en cada Fitcruz y las ganancias que conquista en cada visita a otras ciudades del país y a otras capitales del mundo, en las que descubre y atrae elencos y obras de primer nivel. Un trabajo que está en manos, principalmente, de Marcelo Arauz, una joya rara y maravillosa que los cruceños tenemos la suerte de poseer. Amante del buen teatro, Marcelo ha sabido alimentar al festival con obras nacionales y extranjeras de gran nivel, abriendo una ventana maravillosa para viejos y nuevos talentos.

Este año no fue la excepción. Las 49 obras presentadas en el festival -29 nacionales y 20 de otros 10 países- tuvieron una excelente aceptación del público. Elencos de La Paz, El Alto, Cochabamba, Samaipata, Vallegrande y Santa Cruz de la Sierra interactuaron con los invitados de Argentina, Brasil, Chile, Cuba, España, Francia, Japón, Perú, Suiza y Uruguay. Algunos, trabajando en unas alianzas que dieron un resultado espectacular, como fue la que presentó la obra Palmasola: un proyecto de investigación de Christoph Frick y Klara Producciones Teatrales, en coproducción con el Goethe-Zentrum Santa Cruz y Kaserne Basel. Destaque especial tuvo también la obra Contracciones, del Grupo 3 de Teatro de Brasil, que cerró el festival.

Entre una y otra, de acuerdo al brevísimo y rápido sondeo a lo largo del festival: Un buen morir, del Teatro de Los Andes; El funeral, de Che y Moche de España; Divorciadas, religiosas y vegetarianas, de Nosotras Dos, de Santa Cruz; Ella sobre ella, de La Morena de Uruguay; Princesas, de El Masticadero de Cochabamba; Amar también es dejar ir, de Mondacca Teatro de La Paz; Ñaña, de Claudia Tangoa, Perú; y las dos obras para público infantil, con elencos argentinos, de La Faranda Quijote a la cabeza y de Compañía Los del Verso, Alfonsina y los hombres. Un sondeo que amerita ser realizado con mayor rigor, para ser justos en el destaque de cada una del casi medio centenar de obras vistas en este Festival Internacional de Teatro.

Tengo curiosidad por conocer, por ejemplo, cuál el perfil de los espectadores disfrutaron de algunas obras. Cómo se enteraron del festival. Qué los atrajo. Qué ganaron. Cuál el impacto del festival en sus áreas de trabajo o de relaciones interpersonales. Creo que hay un saldo a favor excepcional que aún no ha sido cuantificado por APAC, algo que podría ayudar a posicionar cada vez mejor al festival, y a presionar con datos irrebatibles a los funcionarios públicos de turno, responsables de administrar el dinero de todos los ciudadanos, pero también a particulares que gozan de buena fortuna, para que sumen aportes a favor de un festival mayor y sin recortes. No olvidemos que, como dijo bien alguien en las redes, “en una pequeña o gran ciudad o pueblo, un gran teatro es el signo visible de cultura”.