sábado 19, de abril del 2014
Santa Cruz de la Sierra - Bolivia
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Cuando vomitaron los gusanos



Roberto Dotti
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En la cárcel y con las manos en el vientre cayó de rodillas en el baño y murió.

Lejos quedo el poder que derramó lágrimas y sangre, fue hallado frío y tieso como su mirada febril empoderada. Una bolsa de huesos con bigote, sin alma, cruel como pocos en la humanidad. El espanto fue su socio. El terror su compañero. O mejor dicho, la sombra macabra del terror.

¿Será objeto de estudio tanta enfermedad? ¿En qué vientre se habrá gestado tanto odio y revoltijo? ¿Qué tragedia tuvo que existir en su niñez para engendrarse en esta monstruosidad?
Directo responsable de 30.000 desaparecidos. Deberán saborearlo con mejunje para que los gusanos no lo nieguen ni detesten.

Su muerte no me alivia ni me alegra porque se fue sin devolver lo que robó. Y nadie en América Latina puede imaginarse tanto daño junto.

Dejó dolor y miedo hasta allá donde, una vez más, no hay olvido. Escribió la historia más triste y sanguinaria de la Argentina del siglo pasado y se reunió de la complicidad de varios personajes e instituciones que hoy hablan de democracia, libertad, tolerancia y hasta de dictadura (se incluyen distraídos radicales y algunos peronistas). Ironías de los nuevos viejos tiempos.

Lo bueno, si hay algo de bueno en la tenebrosa historia de este tipejo es que murió en la cárcel. A pesar del indulto menemista y la absolución del papa, murió entre rejas como debía.

Su muerte es también la muerte de una época que nunca más podrá volver.

Su vida nos recuerda que no olvidaremos las tumbas comunes, las desapariciones, los Falcon verdes, los exilios, los robos de bebés, las muertes aéreas, la tortura, el descalabro, la impunidad, la altanería militar y el color a bosta que lucieron los genocidas como él