sábado 19, de abril del 2014
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El culto a la personalidad



Jesús Yavarí Cortez
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Cuando Nikita Kruschev denunció en el XX Congreso del Partido Comunista Soviético (1956) el carácter nocivo y pernicioso para los procesos revolucionarios del ‘culto a la personalidad’, no se imaginó que estaba destapando una verdadera olla de grillos en la izquierda mundial.
En efecto, pues la crítica no solo encajaba para quien estaba dirigida, Joseph Stalin, sino que también involucraba de hecho a los caudillos de los gobiernos y partidos revolucionarios de la izquierda internacional.
El culto a la personalidad, entendido como la práctica de adoración o adulación excesiva hacia un caudillo vivo con cierto carisma y con mando unipersonal, se da especialmente en ciertos jefes de Estado.
Así, esta deformación de la ‘praxis política revolucionaria’ establece características muy precisas: una exagerada devoción al caudillo; presencia de un enemigo irreal o fantasma que justifica la represión dispuesta por el jefe para proteger sus intereses de toda índole; calificación de traición a toda forma de crítica al caudillo y negación al derecho de la ciudadanía a expresar su voz de protesta y reclamo; persecución sañuda por cualquier vía para todo aquel que critique lo hecho por el jefe; fusión de la figura del caudillo con el Estado (si el líder es amenazado, la patria es amenazada; si el líder no gobierna, la patria es un caos); presencia exagerada de imágenes, fotografías y eslóganes del líder en todo sitio o medio donde sea posible, principalmente en las aéreas de dominio estatal; designación de calles, avenidas, museos y todo edificio y evento posible con el nombre del caudillo o la ideología que profesa; propensión a crear un ambiente de dependencia absoluta de lo que dice o hace el jefe, y lo infalible de su participación; doctrina de la compraventa de conciencias (lo que no se compra, se alquila), etc.
Eso se puede ver en las opciones principalmente populistas cuando tienen un líder o dirigente ‘inflado’ de apoyo popular, y cuando reiteran las deformaciones del culto a la personalidad y asumen patrones propios de la derecha, como vienen a ser los ejemplos de Hugo Chávez, en Venezuela, o de Evo Morales, en Bolivia, jefes de Estado que han hecho del culto a la personalidad su principal carta de presentación y ‘leitmotiv’ de sus prácticas políticas.
En Venezuela, Chávez ha hecho de su cáncer de pelvis un elemento de campaña y movilización para su relección como presidente. En Bolivia, Evo ha mandado construir en Orinoca (cinco millones de dólares de las pobres arcas nacionales) un museo dedicado a su trayectoria como dirigente cocalero. ¿Serán coincidencias?
Los ejemplos en la historia son muchos, pero recordemos los casos más sonados: Stalin y Kim il Sung, en una vereda, o el de Mussolini, Francisco Franco y Adolf Hitler, en la otra. Todos tenían un denominador común: profesaban el culto a la personalidad.

* Ciudadano camba-boliviano, jyavari@hotmail.com