Martes 29, de julio del 2014
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La vida política como sistema de conducta



Alberto Zelada Castedo
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Al promediar la primera mitad del siglo pasado, la ciencia y la teoría política tuvieron un importante avance desde el punto de vista de la determinación de su objeto y desde la perspectiva de la definición de su método de estudio. Este impulso se debió, en buena medida, al aporte de las ciencias de la conducta. Uno de los representantes más destacados del denominado ‘movimiento conductalista’ en el campo del estudio de la política es David Easton. (Esquema para el análisis político, 1965).
Al presentar uno de sus trabajos, el renombrado politólogo señaló que su intención era exponer un “esquema para el análisis de los sistemas políticos” o, en otros términos, un “molde dentro del cual podría vaciarse una teoría sustantiva de la vida política”. En consecuencia, la vida política, entendida como un “sistema de conducta”, era el objeto central del análisis de Easton. A su entender, hasta el afianzamiento del enfoque conductalista, la vida política fue descrita según el estudio del “orden”, el “poder”, el “Estado”, la “política pública”, la “adopción de decisiones” o el “monopolio del empleo de la fuerza legítima”. Sin ser necesariamente erróneos, estos enfoques son insuficientes. De ahí la urgencia de describir la vida política, con preferencia, como un “conjunto de interacciones sociales de individuos y grupos”.
Estas interacciones forman parte del complejo de las que componen la sociedad en su conjunto. Sin embargo, se caracterizan más específicamente por estar orientadas, sobre todo, a la “asignación autoritaria de valores para una sociedad”. A través de las mismas, se distribuyen, entre individuos y grupos, diversas “cosas valoradas” que, por ser tales, son escasas y apetecidas. Esta asignación es “autoritaria” debido a que las personas que se orientan hacia ella se consideran “obligadas” por la misma. El sentimiento de obligación puede depender de diversos factores como el “temor al empleo de la fuerza”, el “interés personal” o el sentido de “la legalidad o de la legitimidad”.
Con este enfoque, Easton trata de superar la tendencia en la investigación sobre la vida política dirigida, con preferencia, a las “estructuras”, tanto formales como informales, a “través de las cuales se manifiestan las interacciones políticas”. A su juicio, tales estructuras son secundarias y lo que interesa, en todo caso, es partir de la suposición de que hay “ciertas actividades políticas y procesos básicos que son característicos de todos los sistemas políticos”.
Al distinguir, con precisión, la naturaleza de las interacciones políticas según la finalidad social de asignar cosas valiosas de forma autoritaria, el pensador estadounidense atribuye al “sistema político”, como sistema de conductas e interacciones entre individuos y grupos, la índole de un subsistema que forma parte del más amplio sistema social. Tanto este, en su conjunto, como los sistemas de conducta que integran el mismo, componen el “ambiente” del sistema político.

* Miembro del Observatorio Político de la Universidad Gabriel René Moreno