7º DÍA

#YoTambién: el testimonio de Liliana Colanzi


La escritora y doctora en literatura comparada, finalista del Premio Gabriel García Márquez de cuento, se une a la campaña global contra el acoso

“Me gustaría decir que nunca más pasé por una situación así, pero me ha sucedido muchísimas veces”

22/10/2017

La primera vez que me manosearon yo tenía nueve años. Esa mañana había ido a la biblioteca del colegio. Estaba obsesionada con la serie de niños detectives de Enid Blyton y en la biblioteca había descubierto cinco o seis libros de esa colección. Así que ahí estaba, caminando rápido hacia la biblioteca mientras pensaba en la nueva aventura de detectives que iba a leer, cuando me interceptó un profesor de secundaria en el pasillo (¡hola profe!). El “profe” tenía cuarenta o cincuenta años. De pronto me ordenó que lo siguiera hasta una de las aulas de secundaria donde estaba dando clases. Yo no sabía qué pasaba.

-¿A ustedes les parece bien que una “mujercita” venga al colegio vestida de esta manera?, preguntó a los estudiantes de esa clase, que a mis ojos también eran unos adultos.
Yo no me había dado cuenta hasta ese momento ni de que era una “mujercita” ni de que estaba vestida de alguna manera especial. Esa mañana me había puesto un conjunto que me parecía bonito: una blusa con flecos y unos shorts con estampados color pastel. El profesor me colocó de espaldas a la clase y dijo:

-¿Saben lo que le pasa a una “mujercita” que se viste así? ¡Esto es lo que le pasa!

Y procedió a meterme mano debajo de la blusa y a acariciarme la espalda delante de toda la clase, que permanecía en silencio. Después, para que la lección quedara bien grabada y no me olvidara de cuáles eran las consecuencias de andar vestida así en el colegio a mis nueve años, me levantó la blusa hasta la altura de la nuca y dejó a la vista toda mi espalda desnuda (en esa época todavía no usaba sostén). Ese día llegué a mi casa sintiéndome sucia, humillada y culpable, aunque no sabía por qué. Pero si un profesor del colegio me había manoseado, y además delante de toda la clase, entonces con seguridad me lo merecía. Mi madre quiso ir a quejarse al colegio pero yo le rogué que no lo hiciera: me vencieron la vergüenza y la culpa, la sensación de haberme ganado el manoseo. Sí recuerdo que nunca más pude tocar el conjunto color pastel sin que me abrumara la impresión de estar sucia. Nunca lo volví a usar.

Tres años después ese hombre fue mi profesor de intermedio. Para entonces tenía doce años y me parecía extraño que el profesor se dirigiera a mí o a mis compañeras diciéndonos que éramos sus novias y preguntándonos si nos queríamos casar con él.

El profesor lo formulaba a manera de chiste, y como él se reía, el resto de la clase –incluyendo las estudiantes mujeres- teníamos que reírnos también y pretender que era la cosa más cómica que un profesor de colegio de cuarenta o cincuenta años estuviera hablándonos a chicas de doce y trece años como si fuéramos sus novias y mirándonos detenidamente el culo cuando nos hacía pasar al frente para responder una pregunta. Porque si todos se ríen, entonces no pasa nada, ¿no? Si todos se ríen, y sobre todo si las mujeres nos reímos, es que debe estar bien. 

Un día el profesor me llamó delante de toda la clase y me preguntó si quería ser su novia. Y en esa ocasión exploté. Le dije con la voz temblando por la rabia y el miedo que un profesor no tenía derecho a hablarle así a una alumna y que me iba a quejar con mis padres y con la Dirección. El profesor se quedó sorprendido e hizo un chiste, burlándose de mí.

Me acuerdo que toda la clase estalló en una risotada. Y esa risotada sirvió para asegurarle al profesor que todo estaba igual que siempre. Pero al final de 
ese día me quejé, y no sé qué le habrán dicho al profesor pero nunca más volvió a dirigirse a mí de esa manera (eso sí, siguió 
enseñando allí durante varios años más).

Me gustaría decir que nunca más pasé por una situación similar, que nunca más un hombre me manoseó a la fuerza o intentó hacerlo, que nunca más me acosaron sexualmente en la calle o en la universidad o en el trabajo. Pero me ha sucedido muchísimas veces a lo largo de los años. Muchísimas. Desde muy temprano las mujeres aprendemos que este tipo de violencia es parte de nuestra vida cotidiana, y lo que hacemos es tratar de surfear la situación de manera que no dañe nuestras carreras o nuestra imagen pública o nuestro círculo familiar, o incluso nuestra propia autoimagen (no queremos asumir lo que pasó porque eso nos coloca en el papel de víctimas, y ser víctima equivale a estar en el lugar poco atractivo de la lástima; si la víctima es una mujer, también es sospechosa de haber provocado la situación). 

Hablamos entre nosotras de estas experiencias, en voz baja, pero nunca de manera pública. A pesar de que el acoso sexual y la violencia sexual son tan antiguos como las religiones, es terrible que las mujeres no hayamos podido transmitirnos información útil sobre estos temas unas a otras, a lo largo de las generaciones. Es terrible, pero no es difícil ver por qué sucede: la ley no está de nuestra parte, y a pesar de que todas las mujeres cercanas a mí han pasado por una situación parecida, hasta ahora no sé de un solo agresor que haya sido castigado. 

Y cuando nos atrevemos a nombrar la violencia sexual por lo que verdaderamente es, a decirlo en voz alta  y en público, nos hacen creer que eso no pasó, que todo está en nuestra cabeza, que no es más que un chiste de doble sentido sin mayores consecuencias y miren cómo todos se ríen, hombres y mujeres, tan fuerte que no se escuche lo que estamos diciendo. 

Cuando nos atrevemos a nombrarlo familiares y amigos, hombres y mujeres nos dicen que estamos locas, que por qué no lo hablamos personalmente con el agresor sin que nadie más se entere del “pequeño impasse”, por qué no lo decimos con buenos modales, de forma “constructiva”, o por qué mejor no nos callamos y nos dedicamos a pensar en problemas que de verdad importan a la gente, porque como mujeres somos ciudadanas de segunda clase y nuestra integridad y nuestra vida no importan. Necesitan de nuestro silencio porque nombrar la violencia es desestabilizador, porque nuestras palabras los obligan a ver una imagen repulsiva de sí mismos que no están dispuestos a enfrentar, y que es el primer paso para que las cosas empiecen a cambiar. Por eso necesitan de nuestra complicidad. Y por eso precisamente es que debemos hablar.



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