SÉPTIMO DÍA

Padres obligan a sus hijos a pedir limosna


La Gobernación de Santa Cruz, tras llevar a cabo un estudio, ha llegado a la conclusión de que son 300 los niños y niñas que en las afueras de la ciudad salen a ganar unas monedas empujados por sus padres. Varios testimonios así lo confirmaron a EL DEBER

Varios niños, acompañados de una persona mayor, en una rotonda de la ciudad. Una niña vende caramelos

23/12/2016

Ivana tiene siete años de edad y la enorme responsabilidad de llevar dinero a casa. Llevar dinero a casa es solo un decir, porque en realidad todo lo que ‘gana’ durante el día se lo entrega a su madre al caer la tarde, a pocos metros del lugar donde trabaja de sol a sol y en una avenida del segundo anillo, vendiendo caramelos mentolados, haciendo piruetas imperfectas, o simplemente, estirando la mano por las ventanillas de los vehículos que se detienen cuando el semáforo se pone en rojo. 


Ivana es solo uno de los muchos menores de edad que han encontrado en la calle una fuente de ingresos no solo para ellos, sino para sus padres, que los lanzan al mundo exterior para convertirlos en fuentes generadoras de ingresos económicos. 


Así lo ha dicho Duberty Soleto, el director de políticas sociales de la Gobernación. Amparándose en un largo estudio que realizó sobre la situación de niños, niñas y adolescentes en la ciudad de Santa Cruz, descubrió que 500 menores de edad han hecho de las afueras de la ciudad su casa o su fuente de ingresos, que 200 de ellos viven en los canales de drenaje y consumen drogas y que 300 son considerados en situación de riesgo, empujados por sus propios padres, que han encontrado en ellos las manos para conseguir dinero.


Pero no solo lo dice Duberty Soleto, que ahora está sentado en su oficina de la segunda planta de la Gobernación, con un chaleco de color verde que lo identifica como funcionario público. Todo lo que él ha revelado lo confirman los niños y las niñas que están en las calles y avenidas, con los que EL DEBER ha conversado, ha estado con ellos en diferentes escenarios de la ciudad y ha observado, además, todo el movimiento familiar que existe detrás de cada cara de niño, de manitas pequeñas que golpean las ventanillas cuando el conductor las tiene cerradas para que el aire acondicionado de su coche no se salga, ni la bulla de la ciudad ingrese al interior, invadiéndolo todo.


Muchos menores no son ni huérfanos ni personas sin hogar y no están ahí arrastrados por el hambre. Esther, por ejemplo, tiene 10 años y con su hermana Rebeca llaman la atención de los conductores. Una de ellas se para de manos en la espalda de la otra. Una especie de cuatro de equilibro que dura dos o tres segundos. Después, ambas se sacuden las manos, se las limpian en la ropa y acuden a pedir una moneda, con la premura cotidiana para ganarle al semáforo.


Ambas niñas han dejado las muñecas en el patio de sus casas la mañana en que su mamá les dijo que ya era hora de ayudar en la economía familiar, que papá se ha ido a un largo viaje y que ella necesitará de una ayuda extra para sostener el hogar.

Entonces, la mamá las ha llevado de la mano hasta la parada de un micro, se ha subido con ellas y después se han bajado en la avenida Paraguá y segundo anillo. Ahí, una comadre suya que vende refresco le ha dado las directrices para que las niñas despierten el interés de los conductores. “Hacer piruetas es una forma de ganarse la vida aquí”, les dijo.
Con esa recomendación puesta en práctica, ambas menores juntan Bs 80 hasta caer la tarde, después de estar varias horas de cara al sol. “Mi mamá nos trae personalmente y nos recoge en la tardecita”, cuenta Esther, la que se para de manos en la espalda de su hermana.


Cuando se hizo las siete de la tarde las pequeñas se pararon al borde del semáforo, sobre la acera. Estiraban el cuello cada vez que se abría la puerta del micro de la línea 72, que pasa por ahí. Buscaban a su mamá, que a esa hora suele llegar para recogerlas.

Pero la madre no llegó y ellas se fueron solas, tomadas de la mano, después de contar las monedas que ganaron durante la jornada caliente. 


Horas antes, en otro punto de la ciudad, un niño cuenta que su mamá se encuentra enferma y que él ahora es el hombre de la casa. Por eso, desde hace tres meses que ejerce el trabajo de limpiar parabrisas en las avenidas del segundo anillo donde aún quedan rotondas. En diciembre, dice, la generosidad de la gente ha aumentado. Eso se ve en su recaudación de cada día. “Antes hacía Bs 60, ahora he subido a Bs 120”, revela. Desde que gana dinero en la calle, cuenta que la comida no falta en casa y que el pago del alquiler por una habitación en un barrio de la Villa Primero de Mayo, donde vive con su mamá y sus hermanos de tres y cinco años, está garantizado. Este niño tiene un techo donde dormir, se acuesta con el estómago lleno, tiene una familia, un ingreso económico, pero ha dejado de ir a la escuela. 


En una esquina están ellas, las madres de varios niños y niñas que se ganan la vida en las rotondas. Están sentadas bajo la sombra de un árbol abanicándose con una hoja de papel.  


Una de ellas cuenta que es solo por Navidad que su pequeña trabaja vendiendo caramelo; otra, dice que sus dos niños la están colaborando porque ella está enferma, y también hay una mujer que cuenta que lo que hace su hija es ayudarle a comercializar soda y refresco. “Desde chica la estoy instruyendo a trabajar honradamente”, se justifica y aclara que el dinero que gana su ser querido será para utilizarlo en la compra de útiles escolares del próximo año.  

“Tu dinero me retiene”
Duberty Soleto es el hombre de la Gobernación que está poniendo en marcha la campaña Tu dinero me retiene, que consiste en pedir a la ciudadanía de Santa Cruz que no regale dinero a los menores de edad que piden limosnas , hacen algún show o venden pastillas en las calles y avenidas, por lo general, impulsados por alguna persona mayor, que muchas veces es su propio padre. 
“Es un trabajo que empezamos a planificar desde hace casi dos años, implementando consultorías a través de un organismo internacional como Unicef, que nos ha apoyado bastante en unos protocolos y boletines para abordar la temática con los niños que viven en la calle y con los que están ya en riesgo social”, cuenta la autoridad.   


En Santa Cruz hay mucha gente que vive de los niños. Eso lo asegura Duberty con datos que ha conseguido a través de estudios que viene realizando durante varios años y que le permitió descubrir que existen 300 menores de edad a los que los padres les mandan a pedir limosna y hacer piruetas. 
Domingo Ábrego, un hombre que durante años viene trabajando en la problemática de la niñez en el departamento, afirma que estamos ante una problemática que debe ser solucionada desde el punto de vista institucional y no de manera aislada. 


“En las rotondas hay casos de indigencia y otros en que los padres les mandan pedir dinero. Nadie va a arreglar las cosas dándole plata a un niño. Se trata de un tema de doble filo. Es complicado. Son problemas más estructurales y de todo el sistema de la sociedad”, analizó. 
En la avenida Mutualista está Alberto, un niño que por las mañanas limpia parabrisas y por las tardes vende caramelos. Él habla sobre los riesgos que debe afrontar cada día: el calor y los accidentes vehiculares.


“El sol ya me ha enfermado. Hace poco me dio insolación porque no me había puesto gorra. Mi mamá me dijo que me quede una semana sin ir a trabajar, hasta que me recupere”, cuenta, añadiendo que tiene temor de los coches, que muchas veces arrancan cuando él todavía les está limpiando el vidrio. 
Alberto tiene tres hermanos pequeños. Él ha cumplido 12 años y cuenta que su mamá ha muerto hace tres años, que su papá trabaja en un aserradero de una población cercana y que él acude a trabajar en la calle cuando se acaban los víveres que su padre deja para que alcancen un mes. 

Alternativa
No darles dinero a los niños en situación de calle no es una solución al problema. Eso lo sabe Soleto, por eso dice que la Gobernación ha invertido en un hogar para recibir a esos menores de edad que están pidiendo monedas en las avenidas, para que a través de terapeutas se pueda conversar con sus padres sobre la problemática que pueden estar pasando en sus casas.


“Hay un equipo de 40 personas distribuidas por la ciudad para hacerles un abordaje”, detalla. Pero eso no es todo. En la Dirección de Políticas Sociales de la Gobernación están trabajando en un proyecto de ley que se presentará a la Asamblea Departamental, para que se sancione a las personas que se las encuentre dando plata a los niños, para que sean sancionados con responsabilidad penal, porque, por ahora, lo que se puede hacer es lo ocurrido hace pocas semanas, cuando  cinco menores fueron rescatados por personal de la división Trata y Tráfico de Personas de la Fuerza Especial de Lucha Contra el Crimen (Felcc) y de la Defensoría de la Niñez luego de ingresar a una vivienda situada en la zona del Avión Pirata, donde escondían a niños y adolescentes que eran enviados a las calles a pedir dinero y a cometer robos. El jefe de la Felcc, Gonzalo Medina, encabezó la acción policial, que reveló que fueron aprehendidas varias personas que ejercían la explotación de los chicos para beneficio personal.


Édgar Cuéllar, coordinador del programa integral de prevención y protección de los niños y niñas y adolescentes, dice que la gente, al comprarles algún dulce a los niños, cree que están ayudando a esos menores, cuando la realidad es que detrás de ellos hay personas mayores que se están aprovechando. “Trabajamos con la Policía y los llevamos a los hogares, pero muchos se salen y no se puede hacer la reinserción familiar”, lamenta.

Tocan el timbre
Los niños no solo están en las rotondas. En diciembre también están tocando el timbre de las casas, para pedir regalos, ropa o zapatos, o si no tiene nada de eso, unas monedas aunque sea, por favor.
 Así relata doña Sofía, que vive en una urbanización de la zona norte de la ciudad. En lo que va de diciembre, dice que ya le han tocado el timbre una docena de veces. “Siempre son niños. Unos dicen que pertenecen a un albergue, otros que son huérfanos o que sus papás están enfermos o han viajado”.
Según datos de la Gobernación, está totalmente prohibido que salgan a pedir ayuda a las casas desde los 141 centros de acogida que existen en todo el departamento donde hay 2.300 menores de edad internados. 


Los conductores y los pasajeros de los vehículos admiten que en Navidad florece el espíritu solidario y muchos coinciden en que en diciembre ha aumentado el número de menores de edad que en las rotondas de las avenidas buscan ganarse la vida. También hay testimonios de que no es desconocido que hay niños que son empujados a trabajar por una exigencia de sus padres. “Yo he visto cómo una madre cuenta el dinero que su hijo gana durante el día”, dice Rodolfo Soria, que trabaja de taxista   
 



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