SÉPTIMO DÍA

Filipo, la coherencia lo acompañó hasta su muerte


Su vida fue una lucha desde que nació. Su determinación hizo que a los 18 años comience la vida sindical. Fue autodidacta. Lo exiliaron, lo apresaron y lo torturaron. Creyó en sus ideas y siempre buscó cómo plasmarlas. Murió peleando contra el cáncer

La última pelea de su vida contra el cáncer de pulmón. Los últimos meses tenía una sonda de oxígeno permanente. El cigarro y el socavón dejaron su huella / Foto: APG noticias

11/06/2017

Filemón Escóbar era una dinamita con la mecha encendida todo el tiempo. Explosivo, con un derroche de fuerza y energía impresionante. Esa característica selló su vida, en el orfanato donde se crio, en la mina donde trabajó, en las movilizaciones que protagonizó y en su lecho de enfermo en el que no se rindió ni le hizo fácil el trabajo a la parca. De él nadie puede decir que fue intrascendente, porque se entregó con pasión a cada una de sus luchas. 
“Yo siempre fui honesto en la línea ideológica, nunca he robado, nunca he comprado a gente ni por plata ni por pegas”, así se describía a sí mismo en una entrevista concedida en La Paz. Filipo fue testigo de los acontecimientos más importantes del país en el último siglo: la Revolución de 1952, las masacres y la represión de las dictaduras, la relocalización de 27.000 mineros en el último Gobierno de Víctor Paz Estenssoro, la gestación y consolidación del proceso de cambio (del que fue mentor), así como la oposición por razones principistas a la gestión de Evo Morales.


Su lucha política no terminó jamás, aunque su activismo hubiera tenido una pausa el 21 de febrero de 2016, cuando fue militante del No a la repostulación de Evo Morales Ayma. En los últimos ocho meses de su vida se replegó a su casa, con los suyos, porque esta vez la batalla era contra el cáncer de pulmón, consecuencia del trabajo en los socavones de Catavi y del cigarro, que era una prolongación de sus dedos durante su juventud y edad madura. “Los médicos me dicen: ‘Tú eres un flaco fuerte, cuando te hacen quimioterapia no vomitas’. Es que la coca ha retrasado el cáncer en mis pulmones”, contaba con una sonrisa, mientras la sonda de oxígeno en la nariz lo ayudaba a que el aire llegue a sus pulmones. La hoja de coca era parte de su vida, en un bolsito (chuspa) que colgaba de su cuello y que terminó sobre el féretro, al lado de su boina negra, en el último adiós.


Hace cuatro meses, un tuit alertó sobre su muerte y el país se enteró de que el cáncer lo había invadido. Entonces, artistas, poetas y líderes sindicales le organizaron un homenaje. “Menos mal que fue en vida”, dice Rebeca Delgado, la ex diputada librepensante y disidente que trabajó con Filemón para que gane el No a la repostulación. Ella atesora un libro escrito por Filipo, el corolario de su teoría eterna: la complementariedad de los opuestos. La dedicatoria también habla de la esencia de este minero terco que nunca se rindió: “Con la seguridad de que ustedes, las mujeres, serán honestas y no traficantes del poder. Que el contenido te ayude a ser mejor política”.
Rebeca Delgado lo recuerda impetuoso y siempre coherente.

La línea ideológica
Filemón Escóbar, revolucionario, estaba convencido de que la izquierda boliviana había intentado copiar fielmente las revoluciones rusa, china y cubana, y consideraba que esos fueron errores. Lo notó al leer un libro sobre la participación de los indígenas en la guerra federal. Ahí descubrió la proclama del dirigente Pablo Zárate Willca, que decía: “La regeneración de Bolivia no es posible sin la reconciliación entre el indígena y el blanco”, en ese texto se hablaba de respeto mutuo, de la complementariedad de los opuestos.


Y fue esa certeza la que marcó con fuego su línea política, incluso hasta abandonar el proyecto que él mismo había impulsado: el instrumento político de los pueblos (que nació en un congreso de la COB y que se convirtió en el MAS). Definió su diferencia con el vicepresidente Álvaro García Linera y otros dirigentes del MAS, como Antonio Peredo, porque Escóbar pensaba que ellos, como representantes de la izquierda, estaban errados al creer que lo indígena debía imponerse sobre el mestizo y el blanco.
Según recuerdan sus allegados, esta diferencia se la advirtió a Evo Morales a quien le pidió alejarse de Álvaro García Linera, pero quien terminó fuera fue Escóbar, al que  acusaron de haberse aliado a la derecha.
Delgado cuenta que en la última etapa estaba muy cerca de los masistas disidentes y que no tranzó con la derecha.

La marcha por la vida
Cuando el último Gobierno de Víctor Paz Estenssoro echó a la calle a 27.000 mineros de la Comibol bajo el argumento de que debían irse al oriente, él planteaba que se estaba matando la única producción nacional y que a partir de esa decisión se impondría la informalidad en el país, lo que sucedió y se refleja ahora en el 70% de la mano de obra del país trabajando en negro. En aquellos momentos, él planteaba que debía haber respeto y validación del oriente y el occidente, sin matar los departamentos productores de mineral.


Acompañó a los mineros en la resistencia y después en la Marcha por la vida. Ya nada lo atemorizaba, había estado preso durante las dictaduras, había sido exiliado y alejado de su casa incluso cuando nació su hija. Ni eso lo rindió. Volvió disfrazado solo para conocerla. Sin pelos en la lengua, Filemón Escóbar estaba convencido de que el mayor error de Juan Lechín Oquendo fue oponerse al Gobierno de la UDP que acabó con la caída de Hernán Siles Zuazo. Así lo expresó, a pesar de que Lechín fue el primer sindicalista que, en 1954, le dijo que “para llegar lejos debía irse a trabajar a las minas”.


José Pimentel, dirigente minero,  lo recuerda como “un trotskista, un revolucionario y un formador de cuadros”, y remarca que su vida sindical lo llevó a reemplazar a su mentor en la Federación de Mineros. Cuando Lechín se fue a la COB, Filemón tomó el timón de la clase trabajadora más poderosa del país.
Cuando los mineros dejaron los socavones, se fue a Chapare, donde miles de ellos se habían asentado, para unificar la revolución a partir de la hoja de coca. La tesis de la complementariedad de los opuestos era su estandarte. Fue un formador de líderes, Evo Morales fue uno de ellos y los fundadores del MAS fueron otros. Román Loayza lo recordó como un padre cuando estuvo frente a su féretro en Cochabamba.

Una vida dura
Filemón Escóbar fue hijo natural de Celia Escóbar. Ella murió cuando el niño tenía siete años y, a pesar de que su padre –Enrique Lora- estaba vivo, fue llevado a un orfanato en La Paz, donde permaneció hasta los 18 años. Al salir, se contactó con sus medio hermanos, especialmente con César Lora, con quien comenzó la lucha sindical minera. Estando en Catavi, en plena dictadura, asesinaron a su hermano y a otros compañeros de lucha. La vida lo iba forjando con dureza. 
Se casó en la cárcel, también durante un gobierno de facto. Su esposa lo acompañó fielmente, sabiendo que Filipo no era el marido tradicional, que muchas veces estaría ausente y que con frecuencia retornaba a casa sin más ropa que la del cuerpo, porque la que le sobraba era regalada a quien la necesitara.


A Filemón lo velaron en su casa, en Tiquipaya. Muchas veces le dijo a su compañera: “Por tu culpa tenemos esta casa”. Ella recuerda que para él un cuarto era suficiente. Así vivió en las minas, cuando comenzó su vida sindical y no dudó en meterse al socavón cuando los centros mineros habían sido copados por los militares. Nada era demasiado si se trataba de luchar por lo que él creía.
Ser ateo no le impedía reconocer a los sacerdotes que ayudaron a los perseguidos de la dictadura. En esa línea, no tuvo exequias religiosas. Lo velaron el miércoles y el jueves cremaron su cuerpo. Sus cenizas fueron esparcidas en su jardín, junto a los árboles frutales a los que les dedicaba parte de su tiempo y muy cerca de los perros a los que atendía con cariño.  



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