SÉPTIMO DÍA

El llanto no paró y los que están vivos son arropados por sus seres queridos


Cesó el ruido estremecedor de las balas, pero quedaron las ausencias y el silencio de quienes nunca más volvieron a casa aquel 13 de julio. Los heridos se recuperan y sienten que cambiaron sus vidas para siempre, que tienen una nueva oportunidad y quieren aprovecharla

Madre e hijo se fortalecen para soportar el mayor momento de dolor por el que están pasando

13/08/2017

Roxana Torrico escuchó un nuevo disparo y sintió que esa fue la bala mortal que entró al cuerpo de su hija Ana Lorena Torrez. Estaba por las inmediaciones de la plaza Blacutt, yendo a Eurochronos, ubicada en la esquina de las avenidas Irala y Velarde, la tienda de relojes que a pocas cuadras de donde estaba ella tres atracadores se batían a duelo contra policías, amparados por un escudo humano del que Lorena oficiaba de rehén mortal. 

“Antes, había escuchado varios tiroteos, pero cuando estaba por la Blacutt sentí un nuevo disparo y dentro de mí supe que habían matado a mi hija”, cuenta Roxana, y dice que en ese instante se sentó de golpe en el suelo, atrapada en esa sensación fría de que la muerte le estaba quitando a su Lorena, a la hija que a sus 34 años era la gerenta de Eurochronos y dueña de un currículum profesional brillante, con estudios en Estados Unidos y especializaciones permanentes.
A las 8:45 del 13 de julio, los receptores de radio de la Policía cruceña saltaron con una voz preocupada:   “Cuatrocientos uno, cuatrocientos uno”.

Era el policía Dionisio Castro, encargado de la seguridad de la importadora Eurochronos que, mediante clave, revelaba que precisaba refuerzo y que corría peligro. Cuatro sujetos armados habían ingresado violentamente, encañonaron a los funcionarios y llenaron sus mochilas con joyas. 
Lo que siguió después fue una jornada de balas y sangre que terminó con tres delincuentes abatidos: Antonio Adao da Silva Costa, Camilo Maldonado Pinto y Ronny Suárez Masalbi. También fallecieron el teniente Carlos Gutiérrez y Ana Lorena Torrez, gerenta administrativa de la joyería. Además, ocho personas quedaron heridas y se aprehendió a un miembro de la banda y a la pareja de uno de los asaltantes. 

Ese día, y desde ese día, todo cambió en la vida de Roxana Torrico y en la de muchos de los heridos. Desde pequeños detalles en la vida cotidiana hasta proyectos de vida que tenían para el futuro. 

Ana Lorena vivía en la misma casa de su mamá, pero de manera independiente, en un departamento de la segunda planta: un dormitorio con un vestidor amplio como a ella le encantaba, una sala cómoda y una cocina sin importancia, suficiente para hacer hervir el agua o cocinar algo rápido. 

Ana Lorena almorzaba con su madre. Cuando iba a tardar en llegar la llamaba para decirle que la espere unos 10 minutos. El día en que la mataron no había motivos para no comer juntas. Pero el almuerzo nunca llegó y Roxana la pasó en la clínica donde su hija aún tenía signos vitales. 

Eduardo, el hermano de Ana Lorena, cardiólogo de profesión, llegó a la clínica y un médico intentó tranquilizarlo para darle una mala noticia. Él le dijo que no le dé vueltas, que como médico se da cuenta fácil de la gravedad de un paciente. Entonces, entró al quirófano, supo que tuvieron que reanimarla para que vuelva a latir su corazón, vio que un monitor marcaba signos vitales, pero supo que su hermana estaba inconsciente y en estado muy grave, tan vulnerable, lejana a la hermana pletórica y lozana con la que compartió toda la vida. 

Eduardo ahora está sentado en la sala materna, al lado de su madre. Los dos, tomados de la mano, los dos con el corazón compungido. De ella recuerda tantas cosas. Recuerda, por ejemplo, el día en que le dijo vamos a trotar y Ana Lorena apenas pudo correr una cuadra. Poco tiempo después estaban los dos participando en la maratón de Buenos Aires. Su medalla está encima del velador de su dormitorio, allá en la segunda planta de la casa. Las letras doradas dicen: Maratón. 42 KM Buenos Aires. 11. Oct. 2015. 

A Ana Lorena le gustaba correr y también tenía planes matrimoniales. Su mamá, Roxana, cuenta que para enero del próximo año pensaba casarse en Disney y también participar de una maratón en Estados Unidos. 

Ambos la recuerdan como una deportista disciplinada, políglota, viajera y amante de los animales. Su gato y sus dos perros no han quedado a la deriva porque Roxana ahora vela por ellos. 

Roxana y Eduardo, apoyados por el abogado Adhemar Suárez, exigen que las investigaciones arrojen los datos históricos de los hechos para que se sepa de dónde provino la bala que mató a Ana Lorena.

El error de su hija, dice Roxana, fue creer que las cosas ocurrían como en Estados Unidos, donde la Policía protege a los civiles, y mucho más cuando estos están en calidad de rehenes en un atraco. 

Por eso, exigen que se sepa la verdad, para que nunca más una familia boliviana padezca un sufrimiento como el que ellos están viviendo. “No queremos conocer la cara del que ha disparado. Solo estamos en contra del sistema, que no ha protegido a mi hija”,  dice Roxana, que para buscar algún alivio ante tanto dolor, ha salido al campo para respirar el viento que mece los árboles.

El sargento Fernando Contreras cuenta con la misma edad que tenía Ana Lorena. A sus 34 años, es la primera vez que, en cumplimiento de su deber, estuvo al borde de la muerte. 

— Pude haber sido yo el policía que resultó muerto en el tiroteo, dice.
Normalmente, el sargento Contreras es el que maneja el vehículo cuando toca ir a realizar algún operativo. Pero la mañana del 13 de julio, un oficial le comunicó que debían ir a cubrir un evento y Contreras  quiso salir en un coche pequeño, pero le dijeron que no, que era mejor asistir en una camioneta. Y la camioneta de doble cabina tenía como chofer al teniente Carlos Gutiérrez.
Contreras, junto con otros policías, se sentó detrás del chofer y cuando llegaron a la zona de Eurochronos, los atracadores les dispararon, el teniente Carlos Gutierrez recibió impactos de muerte y Contreras cayó herido.

“Yo solito me evacué al frente (Caja Nacional de Salud) para que me atiendan. Había un oficial que me ayudó a cruzar porque me vio herido”, cuenta desde la oficina de la Fuerza Especial de Lucha Contra el Crimen, donde ha vuelto a trabajar dado que ya le dieron de alta.

— Hay un dicho que dice que lo que no te mata te hace más fuerte.
Y él se siente fuerte. Si bien no esconde que los primeros días ha sufrido una especie de trauma, sostiene que se ha entregado más a Dios y que con ayuda de Él, de su madre y de su esposa está superando los malos momentos.

— También soy profesional auditor, pero más me gusta estar en la acción de la Felcc como investigador, dice orgulloso. 
Evelín Cuellar Vaca, la esposa del sargento Contreras, recuerda que en la mañana de la balacera estaba tan ocupada trabajando que no se dio tiempo para ver los mensajes que le enviaban sus amistades a sus redes sociales y recién se enteró de que su esposo estaba herido cuando él la llamó desde el hospital. 

“Estaba en la sala de Emergencias, esperando a que le hagan estudio de rayos X para ver si no tenía dañado algún órgano, para ubicar el proyectil porque hubo orificio de entrada y no de salida. Lo vi, no podía hablar, solo me dijo que no me preocupe y que estaba bien”.

La voz de Evelín ahora es sólida al saber que su esposo ya está fuera de peligro y volviendo a sus actividades normales.
Otras víctimas o familiares de los heridos han preferido guardar silencio o no han sido encontrados. La excusa que han dado es que no hablarán hasta que concluyan  las investigaciones.

Algunos han dicho, sin revelar sus identidades, que se encuentran en recuperación, aún con calmantes, en fisioterapia, con algunas pesadillas que hacen que sus sueños que sean un nido de arañas. Otros, que las cosas se las están tomando con calma y que con la ayuda de Dios y la familia están saliendo adelante, de esa tormenta que llegó a sus vidas un jueves 13 de julio.  

Carta de la mamá de Ana Lorena, Roxana Torrico
 Solo quiero agradecer todas las muestras de solidaridad y afecto que hemos recibido luego de la partida de mi ángel, Ana Lorena, triste, incomprensible y dolorosamente marcada en los corazones de todos quienes aún en su ausencia física la seguimos amando como cuando su compañía era un regalo en nuestras vidas.

Me preguntan por la fortaleza que ven en el modo de mi comportamiento y les quiero confesar que desde el terrible 13 de julio busco respuestas en lo más profundo de mi ser y no las encuentro porque no se pueden encontrar respuestas en un corazón de madre que está destrozado. Entonces me transporto al mundo real en el que sí encuentro un sistema enquistado en una anomia suicida, esa ausencia de reflexión, de reglas de conducta, ese concepto del todo vale y la irracionalidad que se llevó a mi hija arrastrada por la irresponsabilidad de que aquí la justificación es sálvese quien pueda.

Sin embargo, pese a todo, porque honrar la vida, porque valorar la libertad en todas sus dimensiones, porque mantenerse de pie es indispensable, quiero tomarme la licencia de dejar el mensaje de elevar nuestro nivel de conciencia colectiva, enfrentar nuestras dificultades, dejar atrás la indiferencia, abandonar nuestros miedos y erguirnos como ríos en vertical (ríos de pie, Raúl Otero Reiche), porque como ciudadanos de este país tenemos el derecho de vivir en una sociedad justa para todos, y eso es lo que quiero, eso es lo que quiero que quieran todos, esto va más allá de cualquier cliché publicitario de que todos somos iguales, debemos convencernos, debemos saber y tomar conciencia de que todos somos iguales, no porque nos martilleen a diario con un slogan, sino porque todos somos iguales, porque la tragedia no tiene nombre de calle o nombre de barrio o nombre de persona, ella está y no conoce la verdad, la piedad, ni discrimina a quién le debe o no le debe llegar; necesitamos una sola respuesta: tenemos derecho a ser ciudadanos libres, seguros, porque somos bolivianos y porque en el rol que nos toca a cada uno, lo cumplimos.

Esa es la tarea que la Constitución Política del Estado nos ha asignado y y así como tenemos obligaciones también tenemos derechos, y quienes nos administran están obligados a cumplir porque esa es la tarea que se les ha encomendado desde el momento en que muchos, cientos, han dejado la piel para gozar de un Estado democrático al que se le deben y tienen la obligatoriedad de cumplir. Yo no tengo más que decir, solo quiero bienestar para cada uno de los ciudadanos bolivianos. 



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