DESDE LA ISLA

Desde hoy, la historia y Cuba comienzan a juzgar a Fidel Castro


El máximo líder de la revolución cubana será sepultado en Santiago de Cuba. Se mantuvo en el poder durante 49 años. En la isla lo lloran y lo despiden. En el exilio festejan. El tiempo lo pondrá en su lugar.


Así fueron sacadas desde La Habana hasta la ciudad de Santiago

14/12/2016

La mañana aún duerme cuando Santa Clara se despierta para despedir a Fidel Castro. Una parvada de niños de uniforme caqui y pañoletas rojas revolotea por los autos de los periodistas que no encontraron hotel. Van a la plaza central donde las canciones de Silvio Rodríguez suenan como lamentaciones para difunto. Los pájaros aún no despiertan cuando los niños se unen a un muro humano que da la espalda a la plaza y que esperará dos horas para ver la urna que transporta las cenizas del líder de la Revolución Cubana.

- Lo tenía como mi padre, como el hombre que nos enseñó a luchar, a ver y a trabajar por nosotros mismos, dice Edilio Bermúdez.
Tenía 15 años cuando Fidel Castro entró en La Habana, pero Edilio Bermúdez no dice hermano sino padre. 

Es mediano, anciano pero muy activo. Edilio se enlistó entre los voluntarios que pelearon en Angola, pero hoy su única arma es una escoba con la que trata de mantener impoluta la plaza en la que el Che y Camilito Cienfuegos se recibieron de guerrilleros heroicos. Ya no viste un uniforme camuflado, sino un overol azul de barrendero.

- Imagínate, qué hombre brillante –se emociona Edilio-. Cuando desembarcó del Granma con 12 hombres y dos fusiles le dijo a su hermano Raúl: “Ya hemos ganado”, y comenzó a asaltar cuarteles para robar armas y equipar a su tropa. ¿A quién se le hubiera ocurrido?”
Cuando la mañana comienza a abrir los ojos, una brisa fría despierta a las aves que se unen en un canto para tratar de acallar una canción panfletaria y beatleliana de Silvio Rodríguez. Se irán derrotadas cuando el cortejo fúnebre pase por la plaza. 

A las siete de la mañana, los celulares se izan como banderas para aprisionar el momento -el cielo tiene rabos de nubes, el aire huele a tabaco negro y champú-. Todo dura dos minutos. El féretro enano escoltado por militares pasa lento, se detiene unos segundos frente a un altar y se pierde por la esquina opuesta. Los niños se dispersan en parvadas más pequeñas que se acompañan al volver a casa. Los empleados públicos van a sus oficinas, una pareja llora junta, inmóvil como mirando la ausencia de su líder. Era jueves. 

Despedida
Los vehículos militares que llevan las cenizas pasan por el paseo del Malecón, al comienzo de los tres días de viaje hasta Santiago de Cuba


Fidel Castro desanda su Caravana de la Victoria. Muerto, recorre al revés la ruta que lo llevó al poder por 49 años. Lo escolta, al menos por unos minutos, Raúl, su hermano que heredó la Presidencia. Hoy, él pronunciará el último discurso, antes de que el líder de la revolución cubana se quede solo en la tumba. La historia abre sumario, él se creyó absuelto en vida.

Cuba es un archipiélago con forma de saurio. En poco más de 100.000 kilómetros cuadrados se acomodan 11,5 millones de habitantes. Calculan que dos millones más huyeron a Estados Unidos y se quedaron a vivir allí, con refugio político. Tras 67 años de revolución, tiene un Producto Interno Bruto de $us 75.000 millones cosechados básicamente del turismo, la biotecnología y de vender a otros países la mano de obra de los médicos que formaron.

Tienen una carretera central, cientos de hoteles desperdigados en las playas, miles de autos clásicos estadounidense rodando por las calles, un solo partido político y un número no determinado de disidentes al régimen de este partido único que decidieron no lanzarse al mar para cruzar las 90 millas que los separan de Miami.

- Son cuatro gatos, chico. 
Víctor, torso desnudo, barriga cervecera, ojos desorbitados. Víctor es un hijo de la revolución cubana formado en una universidad rusa y que vive en Camaguey, segunda estación del viacrucis de Fidel.

- ¿Cómo sabes tú que son cuatro gatos, si aquí nunca nos enteramos de nada?
- Son cuatro gatos, María, te lo digo yo.
María es su mujer. Mediana estatura, mediana edad, medianamente convencida de que Cuba es un paraíso. Comparten un chalé pulcro, de tres habitaciones, muebles tallados y adornos de porcelana china. Cuando María enviudó, se juntó con Víctor, que se había quedado solo después de que sus dos hijas se fueron a Estados Unidos. 

A María le pasó lo mismo. Sus hijas se fueron a buscar un mejor futuro al norte.
- Si yo tuviera 20 años tal vez me iría, sabes, a buscar aventura –dice María-. Pero ahora, ¿para qué me voy a ir? Aquí tengo mi casa, mi trabajo y salud gratuita. 
La casa de María se alzó a mediados de los 80. Ella es economista y su esposo difunto era dentista. Ganaban, entre ambos, menos de 800 pesos cubanos (casi 200 dólares), pero en el paraíso de Fidel subvencionado por la Unión Soviética, alcanzaba para construir chalé, criar a las niñas, tomarse vacaciones y sonreír. Cuando su primer marido murió, María decidió dejar de trabajar para el Estado y comenzó a alquilar las habitaciones extras que le quedaban por la partida de sus hijas. Cada una de las dos habitaciones, por día de alquiler, le da a María la misma cantidad de dinero que gana un médico en un mes trabajando para Estado.

- ¿Viste el Versalles. Ese café de Miami donde festejaron la muerte de Fidel? –pregunta Víctor- Ahí se reúnen los viejos que se fueron de acá porque no aguantaban la revolución. Por ahí pasan los jóvenes que fueron a trabajar y les gritan “viva Fidel” solo para hacerlos renegar. Festejar la muerte de alguien es la frustración porque no pudieron derrotarlo en vida.

- ¿Vos no te irías?
-No, chico. Voy todos los años a ver a mis hijas y vuelvo. Allá están los verdaderos comunistas. Viven para trabajar y dependen únicamente de su trabajo.

Adhesión
Miles de cubanos llevan la revolución en la piel


La televisión pasa documentales de las epopeyas de Fidel mientras el féretro duerme en una ciudad. Cuenta que después de que un poeta, José Martí, comandara la rebelión contra España a finales del siglo XIX, Cuba pasó a ser una especie de parque de diversiones para adultos donde los mafiosos estadounidenses construían mansiones, hoteles con casino y cabarets. 

En esa isla desembarcaron Fidel y el Che en 1958 y multiplicaron sus 12 hombres hasta convertirlos en un ejército que marchó sobre La Habana. Era enero de 1959, Evo Morales ni siquiera había nacido y en Bolivia gobernaba Hernán Siles en el segundo Gobierno de la Revolución Nacional. 

Luego Fidel aguantaría atentados internos que le destruyeron las pocas fábricas que había, la invasión de Bahía de Cochinos, la muerte de Camilo Cienfuegos en un accidente aéreo, la partida del Che, su muerte en Bolivia y 637 atentados contra su vida. “Convirtió a una colonia en una República”, concluye su alegato una mujer rubia, de traje negro austero, que con voz dulce resume la trayectoria de Fidel. 
Todas las imágenes de la epopeya son en blanco y negro.

- Aquí nadie te va a hablar mal de Fidel. El que hable mal, desaparece.
Giovani es chico flaco de 24 años. Tiene una mujer embarazada de seis meses y un hijo que aún no ha aprendido a caminar. Escucha reguetón de Gente de Zona y baladas edulcoradas de Ricardo Arjona. No conoce los temas de Silvio Rodríguez.

- Fidel ha hecho mucho, pero en estos nueve días han ordenado a todos que nos sintamos tristes. Han prohibido el ron, no dejan poner música y si a un chico lo encuentran acá en La Habana con los audífonos puestos, le llaman la atención.

La Habana parece una ciudad atrapada en una burbuja de tiempo de finales de los 80, principios de los 90. La internet es escasa y para comprar una tarjeta de conexión hay que seguir procedimientos parecidos para adquirir alguna sustancia ilegal. Todo el resto, los carros nuevos, los zapatos modernos, los televisores de pantalla plana, son como anomalías que de a poco van penetrando la burbuja.

A Giovani no le interesa irse. “Necesitaría un contrato de trabajo. Nunca nadie me lo ha ofrecido, ni yo he preguntado. Para qué voy a preguntar, ¿para que me digan que no?”. 
Ahora vive en un complejo de departamentos en las afuera de La Habana. Son una serie de edificios muy parecidos a los que muestran en los reportajes de Chernóbil abandonado. 

Es de noche, el aire huele a tortilla de huevo, los viejos toman el fresco en los balcones y los niños crean barullo pateando una pelota en el patio pedregoso que queda entre tres edificios de cinco pisos.

Giovani construye su casa ladrillo a ladrillo. Con lo que logró ahorrar atendiendo turistas puede hacer dos cuartos y un baño. Luego, en otro envión, le hará una salita y una cocina.

Él nunca fue bueno para los estudios. A los 18, cuando tenía que entrar a la universidad, ya trabajaba. Tampoco le interesó perder dos años de su vida prestando el servicio militar, así que pagó para no hacerlo. Los millennials cubanos no cambian de trabajo cada dos meses, pero sí se alejan más de los rituales de la ideología o terminan por irse de Cuba a probar suerte en Estados Unidos. 

Cuando un militar desvía el Chevrolet 53 rojo en que sigo los restos de Fidel en su desandar, aparecen los campos cubanos. Los pueblos están vacíos. Toda la gente se ha ido o ha sido llevada hasta la carretera para acompañar al comandante en su último tránsito por este su mundo. Solo unos viejos deambulan por las calles como arbustos rodantes y una que otra carreta comparten la vía que tiene más baches que asfalto.

La mayor parte de los campos tiene cañaverales, se ven muy pocas vacas y solo se puede contar una granja de pollos en 140 kilómetros de recorrido. Las casas son viejas, no se han pintado en décadas, pero siempre aparece un hospital en el horizonte y un letrero que señala con precisión la sede del Comité de Defensa de la Revolución, esos núcleos creados con Castro para que siempre haya alguien en la cuadra que sepa con quién habla cada vecino, con quiénes se reúnen y –si fuera posible- qué piensa.

Cuando el viejo Chevrolet rejuvenecido con un motor Mitsubishi vuelve al camino central, bandadas de gente esperan con disciplina al costado del camino el paso de las cenizas. Todos tienen banderas cubanas, un rubí, cinco franjas y una estrella. 

- Fidel es el padre de todos los cubanos. Todo lo que tenemos hoy es gracias a él –dice Carlos Bonnet, un moreno enjuto de pelos rastas que le forman una especie de corona en la cabeza-. Fidel no se ha ido. Lo tenemos todos en el corazón.

A Carlos no le importa cuánto tiempo tendrá que esperar para ver un segundo las cenizas. “Lo importante es el tiempo que puedo estar aquí, él hubiese hecho lo mismo por nosotros”, dice y suena convencido, con su polera roja y su capa de bandera estelada. 

- Fidel es el padre de todos los cubanos, es un paradigma, un hombre excepcional, un gigante que hizo el bien por todos los pueblos del mundo.

Delia Hernández Consuegra es bajita, rubia y retacona. Lleva puesta una camiseta blanca con el rostro de su comandante. Está sudada y se nota que ha llorado. Cree que Fidel fue un humanista, un internacionalista, el cubano más grande de la historia; más grande incluso que Martí.
Desde que murió, Fidel Castro se convirtió oficialmente en el comandante invencible.

No tuvo las derrotas del Che, pero tampoco tuvo esa muerte griega que todo héroe necesita. La Habana está llena de estatuas ecuestres de próceres. Si tuvieran que hacerle una a Fidel, el caballo tendría las cuatro patas en la tierra y miraría hacia el centro de la isla. Eso indicaría que era cubano y que no murió en batalla. 

Las imágenes en color del documental que recorre la vida de Fidel Castro lo muestran en su fase burocrática. La voz dulce de la rubia de traje austero recuerda que cerca de donde está el féretro hay dos pedraplen, carreteras hechas de piedra que surcan el mar para abrir cayos al turismo. “Eso también fue idea de Fidel”, dice. 

En esta isla, nada de lo que está hecho y deshecho parece no haber nacido de la cabeza del comandante muerto. Retirado del poder por más de 10 años, vio cómo su hermano comenzó a abrir alguna de las restricciones que él había puesto. Los autos viejos pudieron cambiar de dueño, las casas se pudieron vender, los negocios de comida se legalizaron, los cubanos tuvieron entradas a los hoteles y las mujeres como María pudieron alquilar sus cuartos de más a los turistas por un impuesto equivalente a solo una noche de alquiler.

- A Raúl simplemente le tocó otro tiempo –defiende Víctor-. Cuando eso pasó, yo no creí que fueran reformas, sino derechos humanos. Los cubamos necesitamos mejorar la productividad del trabajo, generar bienes para poder vender. Sin eso no podrá mejorar el salario. Es igual en todas partes del mundo. Los americanos son tronco de estúpidos por no levantar el embargo. Si lo suspenden, esto cambiaría más rápido.

Una de las que espera el paso del comandante invencible hecho cenizas es Mildrey, uniforme de médica, rubia, alta. Dice que para su generación –los de más de 40- será difícil estar sin Fidel porque él se los dio todo. “Es un momento duro, pero estamos aquí para acompañarnos”, asegura. 

Mildrey cuenta que la llegada de Fidel al poder significó un cambio total para la medicina cubana. “No había nada. No había hospitales, los pobres no tenían acceso a la salud pública. Pero Fidel no se conformó con ayudar solo a Cuba, sino que tendió su mano a todos los países hermanos: a Bolivia, Ecuador, Paquistán, Argelia, Angola…”.

Mildrey dice que Fidel quería que los cubanos sean reconocidos por cultos y por su capacidad intelectual, que por eso fue que apostó por la educación y por desarrollar la biotecnología, que por eso ahora un centro importante de Nueva York investiga que si un medicamento cubano contra el cáncer puede ser usado como una vacuna. “Fidel es Cuba, Cuba es Fidel”, resume Mildrey.

Cuba va a ser el mismo país socialista, el mismo país revolucionario. Eso es lo que nos enseñó el comandante”, dice Delia Hernández y rompe a llorar, mientras abre la bandera que usa como manta, como si fueran alas.

Por la noche, en la estación de buses de Camaguey, un hombre gordo con dos bolsas llenas de vasijas con arroz con frijoles, es el único restaurante abierto de la ciudad. Viene todas las noches a ganarse medio dólar por plato y a él no parece pesarle la prohibición de atender en día de duelo. 

La estación es un puerto seco. Hay gente corriendo con bolsos de mano, gringos varados en medio del duelo y gente que no se sabe bien de qué viven pero siempre están por ahí. El gordo lava cubiertos, pasa vasijas y cobra en pesos cubanos sin importarle el entorno.

Cuando ya le quedan pocas cenas, un borrachito se arrastra hasta la vereda, con una botella vacía como único equipaje. 
- Bien que se haya muerto Fidel, susurra, despacito, como si se hablara a sí mismo.

- Cállate la boca, borracho de mierda. ¿Por qué no vas a gritar eso allá, a la plaza de la Revolución, donde están todos. Tú no vas a venir aquí a hablar mal de Fidel, vocifera el gordo, iracundo.
- Cállate tú la boca, ventero.
- Cierra la boca o te voy a meter una patada que va a volar ese trapo blanco que tienes en la cabeza, loco de mierda.
- Cállese la boca, gordo.
- Cállate o voy a hacer que te lleven a Mazorras para que te rompan el culo.
La amenaza de reclusión en el loquero cubano no calla al borracho, que se enfrenta al gordo, que se contiene para no golpearlo. Pronto aparece una patrulla, un jeep ruso crema, bajan dos guardias uniformados y se llevan al borracho. La única voz discordante del desandar de Castro –la de un borracho loco- desapareció en pocos minutos.

Mientras el cortejo fúnebre se abre pasos entre millones de manos y banderas que lo despiden, ya en la necrópolis de Santiago de Cuba lo espera una leyenda: Patria es humanismo. No es muerte ni victoria siempre. El guerrero, el héroe, el comandante invencible, el que tomó Cuba con solo 12 hombres y dos fusiles, quería que lo recordasen como un humanista. La historia abre sumario; él en vida se creía absuelto.

Transporte
Los autos clásicos estadounidenses aún están presentes en el transporte cubano


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