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Soñadores en la era Trump


Hareth Andrade es parte de los denominados ‘Dreamers’ en EEUU. Su lucha sigue

Activista boliviana. Logró que le den un registro para entrar a la universidad, tener permiso de trabajo temporal, evitar que su padre sea deportado y sigue saliendo a las calles a gritar
Objetivo. La idea es que los chicos que ya se graduaron de la universidad y son profesionales sean voces activas en la comunidad que aboguen por sus compañeros y padres  indocumentados. 
Aferrada a la esperanza Toda una vida en otro país Cuando llegó a EEUU se quedó en casa de una tía que trabajaba limpiando casas. Ahí ella, su hermana y su abuela echaron raíces a la espera de sus padres, que tardaron cuatro años más en llegar.

12/02/2017

Su corazón late fuerte. Es muy tímida, pero cuando empieza a escuchar su propia voz en el micrófono se siente más o menos bien. De pronto hablar abiertamente de su ‘estado’, compartir su historia y escuchar la de otros la hace más fuerte.  
Morena, de ojos oscuros y pequeños, cabello lacio y negro, Hareth Andrade se parece a su papá. Tiene un nombre bíblico, resultado de un abuelo muy lector del Antiguo Testamento que influyó a la hora de bautizarla. 


Compartir aula con chicos que no se parecían a ella fue confuso. Cuando trabajaba en grupo para alguna tarea o proyecto escolar, no se sentía tan americana como pensaba, pero tampoco  se sentía tan latina, siempre estaba en el medio, y todavía sigue siendo un reto su identidad.


Si cierra los ojos, vuelve a escuchar a su corazón latir fuerte, es un bombeo de sangre poderoso que hace eco en su pecho y en la cabeza. Le sigue pasando cada vez que sube a una testera, aunque sus palabras ahora son más elocuentes, porque cada día se convierte en una mejor oradora.


Si cierra los ojos, no solo escucha el corazón que parece que se le va a salir por la boca, también puede recordar el mercado de la calle Rodríguez, cerca de su casa, repleto de gente con “buena energía” y polleras coloridas. Los vuelve a abrir y confirma que las mejores memorias que tiene son de ahí, de La Paz.


Hareth es muchas cosas. Es boliviana, fue y puede volver a ser indocumentada en Estados Unidos, es una líder de la comunidad latina en Arlington, Virginia, pero más que nada es una ‘dreamer’ (soñadora).


Para quien lo mira de afuera, dreamer es una palabra bonita, es un adjetivo para unos cuantos que llegaron a EEUU siendo niños, asistieron a la escuela y fueron estudiantes con las notas más altas, o fueron deportistas o artistas destacados, por quienes los congresistas empezaron a pedir una ley que los pudiera ayudar para volverlos legales y que puedan aspirar a ir a la universidad. En 2010 la gente empezó a hablar mucho más de los soñadores, de cómo eran excepcionales y que merecían tener el estatus de legales.

Objetivo
La idea es que los chicos que ya se graduaron de la universidad y son profesionales sean voces activas en la comunidad que aboguen por sus compañeros y padres 
indocumentados. 

Pero Hareth no puede calzar el adjetivo sin sentirse incómoda. Ese término para ella es controversial porque aboga por la gente que es excepcional y que ha podido sobrepasar las dificultades, pero ¿qué hay del resto? “Hay personas como mis papás a los que no los llamarían dreamers, les dirían criminales porque llegaron aquí de la forma no adecuada, pero ¿sabes?, ellos son los verdaderos soñadores”, lo dice en perfecto español aunque su inglés también es impecable, tal vez porque a los ocho años, cuando llegó con una visa de turista por unos cuantos días a EEUU y se terminó quedando, con determinación de huracán se propuso aprender el idioma y lo consiguió.

Ser un dreamer
El término proviene del proyecto de Ley de Desarrollo, Socorro y Educación para Menores Extranjeros (Dream), que fue introducida en el Congreso de Estados Unidos en 2001, pero nunca pasó a convertirse en una ley. Desde entonces, el activismo incansable de personas como Hareth ha convencido a 14 estados para que aprueben sus propias versiones de la ley Dream, dándole a estos jóvenes acceso a beneficios como tasas de matrícula en sus respectivos estados. Incluso el ex presidente Obama publicó una orden ejecutiva muy similar a la ley Dream, llamada Acción Diferida por la Infancia (DACA), de la que Hareth pudo beneficiarse en 2012, consiguiendo por fin una excepción que le permita ir a la universidad y estadía legal, pero no de forma permanente. 


Para pesar de muchos, DACA no llegó a implementarse porque un juez de Texas truncó la medida diciendo que era inconstitucional y hasta ahora esta sigue en la Corte Suprema. 
Solo un número de registro es lo que muchos sueñan para poder sentirse verdaderamente personas. Sin él no se puede ir a la universidad, caminar tranquilo por la calle, en síntesis, ser alguien. A ese número, a ese estatus es a lo que aspiran más de 11 millones de indocumentados. Según las estadísticas de Hareth, cada año en las secundarias se matriculan más de 64.000 estudiantes que no tienen papeles (ir a la escuela es un derecho de todos, legales o ilegales) y solo algunas personas como ella han podido obtener permisos de trabajo temporales, unos 750.000, dice, consciente de que su situación sigue siendo incierta, al igual que la de sus padres, que permanecen en el anonimato, pero aferrados a esa vida que eligieron y a ese país.

El obstáculo que la levantó 
“Los actos hablan más fuerte que las palabras”, así empieza su alocución Hareth; está en un auditorio de una secundaria en la que hay muchos niños latinos, uno de los tantos que ha visitado a lo largo y ancho de EEUU.  No luce nerviosa, tiene el cabello con una melena corta y un mechón que por ratos le cubre un ojo. No lleva maquillaje, salvo un delicado delineado en la parte superior de los párpados. No es su apariencia, sino lo que les va a decir lo que tiene que sobresalir y llamar la atención.


Continúa su discurso afirmando: “Esto es América, tenemos que hablar, es casa, la tierra de los sueños”. Y de lleno entra en el tema principal de su visita. “No podemos hablar de liderazgo si no hablamos de obstáculos. Yo pienso que los obstáculos son oportunidades para tomar decisiones extraordinarias. Fueron los obstáculos los que me ayudaron a ser lo que soy hoy”.  

Aferrada a la esperanza

Toda una vida en otro país
Cuando llegó a EEUU se quedó en casa de una tía que trabajaba limpiando casas. Ahí ella, su hermana y su abuela echaron raíces a la espera de sus padres, que tardaron cuatro años más en llegar.

Ya tiene la atención del auditorio y mientras habla de ser alguien y hacer algo por la comunidad migrante lanza pasajes de su vida personal, como ejemplos de que nada es fácil, pero que sí se puede. “Yo llegué a los ocho años sin mis padres, vine de la mano de mis abuelos a visitar a una tía y nos quedamos porque la abuela tomó la decisión de que este era un buen lugar para progresar. No hablaba el idioma ni había mucha gente con el mismo color de piel que yo. Recién en la secundaria tuve conciencia de ser estudiante indocumentada, pero no entendía muy bien eso.

En ese tiempo cuando escuchaba las noticias, estas no hablaban muy bien de las personas que habían cruzado el desierto para llegar o que no tenían visa. Pasaron cuatro años para que mis padres lograran entrar, con permiso de turistas, e hicieron lo mismo, se quedaron. Después ocurrió esa llamada de mi papá, diciendo que lo habían detenido por una infracción de tráfico y lo iban a deportar”. 


Fue entonces cuando Hareth entendió qué era ser indocumentado y aunque tenía bastante miedo, su desafío fue no alimentar el miedo ni el silencio.
Así fue como ayudó a organizar  una primera conferencia en Washington junto a otros jóvenes que contaron sus experiencias sobre migración; en ese momento fue cuando nació el Dream Project, que no fue otra cosa que la catarsis de tener una voz y compartir todo lo que les estaba pasando. Cuando sucedió lo de su papá, Hareth decidió luchar por él y como una leona lideró una campaña nacional que llegó a los medios y llamó la atención de los líderes políticos provocando que la orden de deportación para Mario Andrade fuera suspendida. Para entonces había un récord de deportaciones en el país, pero CNN, la BBC y el resto de los medios tenían en pantalla a su rostro moreno pidiendo firmas, abogando por su padre, y ganó la pulseada. 


Lo que empezó como una misión personal para beneficio de su familia, después creció y mutó a ser un coloso determinado a darle un rostro humano a los migrantes, despertar el interés de otras organizaciones, miembros del Concejo e incluso la Presidencia. Sus esfuerzos la llevaron a ser invitada por el entonces presidente Obama a presentar la convención nacional de la Fundación Americana de Trabajo que convoca a 2.000 líderes sindicales y activistas de la comunidad.


El reto que ahora Hareth suelta en el aire para todos los jóvenes latinos que visita en sus escuelas es: “Ser lo mejor que puedan ser en este país”. Y lanza dos propósitos, dejar los miedos atrás y detenerse a pensar ¿qué estamos haciendo con nuestro tiempo?
Porque para ella su generación tiene muchos privilegios que no tuvieron los que llegaron antes. Hay herramientas nuevas como los medios de comunicación y las redes sociales.  
“Me siento feliz de poder vivir en la época en la que la gente se une a la lucha por el cambio y el cambio es realizado”, dice en otra conferencia, anterior a la elección de Donald Trump.

En tiempos de Trump 
Por varias décadas se ha ignorado el ‘sueño americano’ de Hareth y otros millones, un sueño que se basa en migración, valores familiares y el trabajo arduo. La joven boliviana tiene la convicción de que forma parte de una comunidad política cuya  voz continúa siendo una herramienta potente. “Mantengo la esperanza de que una comunidad unida podrá, sobre las políticas y los discursos antiinmigrantes, fomentar soluciones para una reforma migratoria que refleje los verdaderos valores americanos”.


Para ella, el término ilegal pone una carga negativa en las personas, por eso lucha contra esa ‘mala palabra’, para humanizar la comunidad. Pareciera que ser ilegal los hace dejar de ser seres humanos y da paso a que otras cosas sucedan, como que a su papá le paguen menos por su trabajo en construcción porque no tiene papeles.


“Mantenerse callados no es una opción, no nos ayudará. Pese a que la vida de la mayoría de la gente está en riesgo y hay bastante miedo y ansiedad en la comunidad, nos estamos abriendo a trabajar juntos y con esperanza. El primer día de Trump como presidente estuve en la marcha, que, me atrevería a decir, ha sido la más grande que EEUU ha visto en su historia, y no vi solo latinos, marchamos junto a hombres y mujeres blancos, gays, musulmanes y afrodescendientes, todos protestando contra sus medidas”.


Contra las órdenes ejecutivas que el polémico presidente está firmando están trabajando duro, casi 24 horas, comunicándose unos con otros y tejiendo estrategias. A estas alturas Hareth ya está graduada en Relaciones Internacionales y ha dado la vuelta a EEUU hablando del empoderamiento de los  jóvenes latinos, mientras sigue luchando por el estatus legal para sus padres y su otra hermana, Haziel.


Vivir en EEUU no fue su elección, llegó siendo pequeña, pero después de estar tantos años ahí  sueña que, armada con un megáfono y su voz, va a poder cambiar el mundo y la era de Trump 



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