SANTA CRUZ

Una profesora y un ingeniero dejan huellas imborrables


Raquel Mojica Algarañaz llegó a este mundo de las manos de su abuela. Enseñó a leer y a escribir a cientos de niños. Rafael Nota Menacho desde la ingeniería civil aportó al desarrollo de Santa Cruz


Entre sus tesoros está el libro Primeras luces, de Gladys Rivero de Jiménez. Con esa joya aprendió a leer y a escribir, y con ella también enseña a sus alumnos de primaria
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19/09/2018

“El saber leer y escribir les acompañará siempre”

Cada fin de año siente un enorme orgullo cuando ve que sus alumnos ya saben leer y escribir. Tomó la enseñanza como un apostolado y sueña con dedicarse a viajar

A Raquel Mojica Algarañaz le contaron desde muy pequeña que nació en la casa donde vivía. En ese paraíso de la calle Vallegrande, esquina Camiri donde jugaba con sus primeras muñecas de trapo. También le contaron que fue su abuela Lucía Vargas la que ofició de matrona en un alumbramiento sin complicaciones.

La niña Raquel se crio con esa figura de abuela y matrona, sabiendo que, además de haber atendido los siete partos de su mamá, Elvita, era una autoridad respetada en materia de salubridad porque sus manos no solo atendían partos de vecinas de la zona, sino que, ante la ausencia de traumatólogos, a los jugadores de fútbol de aquella Santa Cruz las fracturas de piernas les curaba con las cortezas de cuchi.

Raquel creció y cuando salió bachiller supo que debía perseguir su sueño: dedicar su vida a la apostólica labor de enseñar a leer y escribir a las personas. Estudió docencia en la Normal Enrique Finot y, ahora, 34 años después, sabe que no se ha equivocado en tomar esa que fue la gran decisión. “La docencia es todo lo que yo siempre soñaba porque me gusta enseñar. Siento una satisfacción a fin de año cuando sé que mis alumnos ya leen y escriben. Me siento orgullosa porque ese saber les acompañará siempre”.

La profe Raquel está por jubilarse y siente que en esta vida ya cumplió, que ya puso su granito de arena y que lo que está dejando son huellas imborrables en sus cientos de alumnos. Ahora abraza otros sueños y entre ellos está viajar hasta donde su sueldito de futura jubilada se lo permita, así como también el de abrir su puerta a cualquier niño que llegue dispuesto a escuchar sus historias inmortales.

“En la exterminal la gente hacía las lindas pascanas”


Vio crecer a Santa Cruz desde que se expandió desde el primer anillo. “Mi familia tenía casa en la av. Cañoto”. Desde ahí se convirtió en el hombre que participó del desarrollo

El oficio de ingeniero civil lo desarrolla con pasión. En su casa tiene su estudio donde sigue soñando con nuevos proyectos que aporten a Santa Cruz y a Bolivia

Rafael Nota Menacho cuando mira el horizonte, cae de nuevo en cuenta de que es un hombre que construye, que su viaje por esta vida no está pasando desapercibido y que Santa Cruz goza de los frutos de personas que, como él, aportan al desarrollo de la ciudad.

Rafael es ingeniero civil. Nació en Vallegrande y sus estudios superiores los hizo en Santa Cruz hasta el noveno semestre y el último lo cursó en Brasil. Retornó a Bolivia para ponerse manos a la obra y tras que salió profesional consiguió trabajo en un empresa americana con la que ejecutó el proyecto comunicacional de microondas desde Santa Cruz hasta Puerto Suárez. Posteriormente trabajó en la Alcaldía, puso su sello en la ruta a La Guardia en su primera etapa y después dedicó su saber en un proyecto del Arzobispado de Santa Cruz, que consistía en un programa de aguas y saneamientos para dar capacitación a jóvenes de los nueve departamentos que salían bachilleres y que por la situación económica no podían continuar con sus estudios superiores.

Rafael consiguió éxito profesional y familiar. Formó una familia ejemplar. Se casó con Rosario Mojica, con quien tuvo dos hijos: José Rafael y Belén. Él, ingeniero industrial y ella, ingeniera comercial.

Recuerda que ha visto crecer a la ciudad de Santa Cruz desde que se expandió a partir del primer anillo. “Mi familia tenía la casa en la avenida Cañoto”, comenta. Desde ahí lo vio todo y se convirtió en el hombre que desde la ingeniería ayudó a construir la ciudad.

“La zona que más me gusta es la exterminal porque ahí hacía pascana la gente que llegaba con sus carretones trayendo productos del campo”, recuerda.