SOCIEDAD

La tamborita alegró la llegada del Año Nuevo Andino Amazónico


La procesión partió a las 5:00 de la plaza principal de San Ramón rumbo al cerro del mirador. Con una ceremonia en bésiro se dio la bienvenida al lucero del alba y al Año Nuevo Andino Amazónico en las tierras chiquitanas 

El alcalde Ismael Villca y los concejales fueron bendecidos por los abuelos de San Antonio de Lomerío

22/06/2017

Las ‘mamas’ (madres ancianas), los abuelos y los músicos de la comunidad San Antonio de Lomerío se formaron en dos escuadras sobre una de las aceras de la plaza principal del municipio de San Ramón, tercera sección municipal de la provincia Ñuflo de Chávez. Eran tres decenas de personas de la tercera edad que al son de la tamborita emprendieron la procesión entre baile y carrerita hacia el cerro de La Cantera. Los siguieron los macheteros de San Ignacio de Moxos (Beni), ataviados con grandes adornos de plumas multicolores sobre sus cabezas, luego los pobladores, una banda de música y las autoridades. 

La celebración del Año Nuevo Andino Amazónico tuvo lugar ayer a la altura del cerro del mirador turístico chiquitano amazónico. Un poco más de mil metros fue el recorrido en esas horas de la madrugada, el reloj marcaba las 5:00 y en el cielo brillaban miles de estrellas con una luna menguante cómplice de la romería. 

Centenares de personas de todas las edades enfilaron hacia la cumbre con gran algarabía en medio del olor a kerosene que despedían las antorchas que rompían la oscuridad del monte e inundaban los pulmones, así como el polvo de la tierra seca pisada por cientos de pies que  creaba una nube, que lejos de incomodar era ignorada con los ritmos que deleitaban los oídos. Madres cargando niños, abuelos solos o acompañados, jóvenes ramonianos y visitantes disfrutaron el ascenso al mirador.

Al llegar a la cumbre, los ojos de todos se posaron en una obra de ingeniería edificada en parajes que alcanza los 21 metros de altura, sostenida por inmensos pilares torneados y escalinatas en el centro. “Solo falta instalar el ascensor que llegará hasta el snack y estará en el último piso”, explicó el alcalde Ismael Villca, mientras conducía a los visitantes hasta una mesa que hizo de altar de la ceremonia y estaba instalada con vista al naciente.

"Es el cuarto año que realizamos la celebración aquí, ahora es especial porque el mirador está listo, son Bs 2.600.000 provenientes del programa Bolivia cambia, Evo cumple, que se invirtieron en este hermoso lugar,  que tiene una vista privilegiada de la llanura chiquitana", dijo.

La ceremonia 
José Chávez, el visitante más anciano de la comitiva de San Antonio de Lomerío, fue escoltado hasta el altar del ceremonial y las ‘mamas’ le ayudaron a colocar zapallos, yucas, amarros de frejol, un cántaro con chicha, un panacú cargado con chirimoyas, naranjas y otras frutas, y un jasayé con hierbas medicinales. En un tiesto se hizo fuego alimentado con hojas secas. 

Las expresiones en bésiro del acto de bienvenida al lucero del alba y al sol del amanecer del primer día del invierno fueron traducidas. Se escucharon muchos cánticos en ese idioma invocando a Dios. Fue como la celebración de una misa católica agradeciendo los frutos de la tierra y pidiendo por mejores días para los pueblos originarios y campesinos de esa región. 

Antes de finalizar el ritual, y cuando la luz del alba rompía el velo de la noche, los celebrantes rociaron con agua bendita a las autoridades, pidiendo entendimiento y sabiduría en el desempeño de sus funciones. Uno a uno los concejales desfilaron tras el alcalde Villca para recibir la bendición. Hubo abrazos y aplausos. El sol aún se resistía a iluminar y a calentar la mañana. Eran casi las 6:15. 

El rito ancestral de los macheteros, que de rodillas llegaban al altar, fue iluminado con la luz del astro rey, y todos se volcaron hacia esa luminiscencia con los brazos extendidos y las manos abiertas en señal de bienvenida a la vida y al nuevo año andino amazónico.

Valió la pena la travesía  desde la capital cruceña para llegar justo a la concentración en la plaza ramoniana. Los 350 kilómetros (ida y vuelta) tuvieron la mejor recompensa, el paisaje, la hospitalidad de la gente, la música y la ceremonia con sabor chiquitano. 



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