SANTA CRUZ

Hacinamiento y cobros en el penal de Montero


Reos pagan hasta Bs 350 por un espacio en el penal modelo del norte. El Gobierno reconoce el problema y dice que la solución es compleja

Una de las tantas visitas que a diario recibe el penal montereño, donde hay reos del Norte Integrado

01/07/2017

La cárcel modelo de Montero se ha colapsado. El penal, inaugurado en 2013, fue pensado para una población de 150 internos, cifra que ya se duplicó y ha hecho que para dormir en un pequeño espacio en el piso se tenga que pagar al menos Bs 350. 

La también conocida como Centro de Readaptación Productiva Montero, que está a diez kilómetros de la capital norteña sobre la vía que va hacia Okinawa, tiene 343 internos hombres, que llegan con detención preventiva y sentencia condenatoria por delitos cometidos en el Norte Integrado e incluso derivados de la capital cruceña.

La infraestructura del centro productivo no permite crear espacios nuevos para los internos supernumerarios, como sucede en Palmasola, donde hay un negocio inmobiliario permanente, aunque el terreno es bastante grande como para edificar nuevos módulos para el descanso de más personas. Debido a esta situación y replicando malos hábitos que son moneda corriente en Palmasola y en otras cárceles del país, un pedazo de piso tiene un valor de tres cifras.

“Mi hermano está detenido hace tres meses. Fue enviado a la cárcel por involucrarse en una pelea y pagamos por un espacio en el piso de los pasillos para que duerma. No hay campo para nadie y todo aquí es dinero. Yo tuve que cancelar Bs 350 por un lugar”, contó una mujer que llegaba hasta el penal de la vía a Okinawa para visitarlo. Antes de despedirse, agregó que los cobros no garantizan un tiempo fijo para usar el piso por el que se pagó, ya que su validez fluctúa entre tres y seis meses.
Poco después de las aseveraciones de la mujer, un anciano de 70 años, que llegaba a la cárcel de altos muros que no permiten ver nada de lo que sucede dentro, confirmó el pago que se debe hacer para dormir en el piso.

“Pagué Bs 350 para que mi nieto, de 19 años, tenga el derecho de dormir en un pequeño espacio. También me cobraron por meterle un colchoncito”, relató Luis, que vestía un pantalón de tela, botas de goma y llevaba frutas en un costal viejo que cargaba en su espalda.

El hombre no sabe cuánto más soportará los pagos y la agonía de ver a su nieto preso, muchacho que cría desde que su padre abandonó a su hija y ella, en busca de mejores días, se fue hace 10 años a España dejando el cuidado de su primogénito en manos de Luis, que cuenta que hasta ahora ya gastó más de Bs 10.000 en abogados y coimas para hacer menos dura la estadía del ser querido en un penal colapsado. 
Ambos testimonios hacen referencia a que los cobros son efectuados por los internos que ejercen un dominio en el recinto y que aprovechan de esta condición para lucrar. Las autoridades dicen que investigarán y piden que la gente denuncie.

Realidad similar
Si bien la promesa de cambio a través de la readaptación productiva que se pretendía aplicar en la cárcel que está camino a Okinawa ha sufrido una metamorfosis negativa, pasando de modelo a un espejo de los problemas incontrolables que vive Palmasola, la realidad diaria en la carceleta de Montero es, según lo afirman internos, familiares y policías, indescriptible.

El representante departamental de la Defensoría del Pueblo, Jorge Paz, calificó el espacio de reclusión como uno de los peores de Bolivia y dijo que mella la dignidad de los reclusos.
EL DEBER evidenció que en la carceleta hay 451 internos, la mayoría con orden de detención preventiva, de los cuales 417 son varones y 34 son mujeres. Todos comparten sus días en un espacio de 100 metros cuadrados, donde se distribuyen tres celdas, una para las mujeres y dos que son utilizadas como lugares para ambientar a los ‘recién llegados’, que ven la realidad de estar preso compartiendo el pequeño encierro con otras 70 personas. 

El resto de los más de 200 inquilinos del penitenciario, ubicado a pocos metros de la plaza principal montereña, deben pelearse por un pedacito de patio o de pasillo para pasar las noches y esconderse de las inclemencias del tiempo.   

“Esto es un martirio, los reclusos hacen filas y esperan turno para entrar al baño (solo hay dos). Hasta los policías estamos en riesgo, porque sufrimos enfermedades. Es terrible”, comentó un policía, que pidió mantenerse anónimo. 



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