SANTA CRUZ

En provincias cruceñas hay ritos perdidos y tradiciones que reviven


En Guarayos enterraban al muerto con su arma porque la iba a necesitar en el más allá. En San Javier, los piñocas creían que un pájaro se llevaba el alma del fallecido 

En San Javier, familiares de los difuntos Manuel Rivero y Daniela Mansilla les prendieron velas

02/11/2017

La festividad de Todos Santos y el Día de los Difuntos es una fecha en que reviven muchas costumbres y tradiciones en el país, aunque en el oriente boliviano algunas creencias se han ido olvidando con el tiempo.

En Guarayos, por ejemplo, muchas creencias ancestrales ya son desconocidas por las actuales generaciones. Según el profesor jubilado Miguel Cuñanchiro Castro, hasta las décadas de los 40 y 50, cuando un hombre o mujer guarayo moría era enterrado con la cara al poniente porque, según la creencia, en esa dirección mora el abuelo Tumpa (Dios) y una vez que despierte, el muerto irá en esa dirección a su encuentro.  

Además, el fallecido era enterrado con sus armas porque se creía que en el más allá las necesitaría para cazar y para defenderse de otros seres. 
 En cuanto a las tumbas, el difunto siempre era enterrado en el suelo. Durante los primeros tres días la tumba era cubierta con parichi (hoja de cusi trenzada) para hacer sombra al cuerpo a fin de que no se corroa antes de ir al encuentro del abuelo, comenta el octogenario profesor Cañanchiro. 

San Ignacio de Velasco

En este municipio la población acude en masa a los camposantos para visitar a sus difuntos. Antonio Coria, vecino, comenta que aún se mantiene la antigua tradición de velar las tumbas durante toda la noche de Todos Santos hasta el amanecer de hoy, Día de los Difuntos, para la tertulia, al pie de las tumbas, de familiares, recordando anécdotas de la vida de sus fallecidos.

Para aguantar el desvelo, la gente lleva comidas típicas y bebidas como chicha chiquitana, somó, pipoca, anticuchos, horneados típicos y abundante café para compartir con sus familiares, pues la Alcaldía prohibió el ingreso de bebidas alcohólicas.

A pesar de que hay servicios funerarios, en San Ignacio los dolientes todavía cargan al hombro el ataúd del muerto hasta su última morada, acompañado de rezos y marcha fúnebre interpretada por bandas populares. 

Hoy habrá dos misas en el cementerio. El cabildo indígena, con sus instrumentos musicales, tamboritas y violines, llegará al camposanto para rezar el rosario en chiquitano, luego recorrerá el lugar tocando canciones religiosas para los dolientes que lo pidan.

Por la migración de gente del interior del país, en esta región chiquitana también hay familias que practican costumbres andinas y arman mesas con masitas, tantaguaguas, bebidas y comidas que en vida gustaban al difunto.

San Javier

En San Javier, los piñocas (tribu que habitaba esta región siglos antes de la llegada de los españoles) creían que la muerte tenía un significado especial. Cuando alguien moría se pensaba que un pájaro grande venía y se lo llevaba. Durante el viaje, el alma atravesaba lugares espinosos y enfrentaba a animales salvajes; si en vida se habían preparado bien, entonces superaba los obstáculos y el ave lo llevaba al lugar del descanso eterno donde se encontraba el Nupayares o piyo sagrado. Los que no vencían los obstáculos, quedaban vagando por el sitio dificultoso. 

En la época de las misiones (finales del siglo XVII en adelante), los jesuitas introdujeron costumbres europeas. Los chiquitanos ya evangelizados adoptaron la costumbre de enterrar a sus muertos en un cementerio, de prender velas, rezar por el descanso eterno de las almas y visitar las tumbas en esta fecha.  
 Actualmente, las costumbres andinas también son practicadas por familias de la zona, debido a la creciente migración. 

Vallegrande

En los valles, las familias se afanan calentando los hornos de barro o gas para preparar galletas, empanadas, maicillos y otras delicias que serán distribuidos hoy a los que visitan las tumbas de los cementerios. 

Niños, jóvenes y adultos recorren los camposantos rezando siete padrenuestros y siete avemarías encomendando las almas de los fallecidos. 
Los vallegrandinos llegan de todo el país para visitar las tumbas de sus seres queridos que partieron. En algunas poblaciones la gente aún pasa la noche de Todos Santos velando las tumbas donde descansan sus familiares. 



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