EFEMÉRIDE

Los códigos propios rigen la vida de los ‘otros cruceños'


‘Soldados’ de seguridad, ‘disciplina’, jerarquía y jergas, son algunas características del ‘inframundo cruceño’. 
En estos ‘gremios’ y tribus nómadas los castigos, drogas, prostitución y delitos, son algo cotidiano y natural

Este lugar y la ‘favela’ al final de la avenida Busch son dos de los seis sitios fijos donde están asentados

24/09/2017

“Yo pertenecía a la ‘tribu’ Cruz Verde, que se formó en la zona del mercado La Ramada, en una plaza donde hay una cruz de madera. Llegamos a ser 50. A los niños los mandábamos a ‘machetear’ (pedir plata), otros pedían comida y otros robaban”, cuenta David, un hombre que vivió en las calles y que lleva cinco años rehabilitado. “Para ser el líder hay que animarse a hacer cosas que los demás no se atreven y ser bueno para los puñetes”, acota. 
Ahora, junto con Micky, un joven que este año salió de la calle y se sostiene con su trabajo como zapatero, y con el terapeuta del Centro de Rehabilitación de Drogodependientes de la Alcaldía, Richard Canelas, reconstruyen la organización, los ‘códigos de honor’ y las rutinas de los ‘gremios’ (sitios fijos) y de las ‘tribus nómadas’ (los que deambulan) de personas en situación de calle e inmersas en las drogas.
En la edición del 18 de septiembre, EL DEBER identificó ocho ‘gremios’ (los principales son la ‘favela’ del cordón ecológico en la avenida Busch y el de los canales del cuarto anillo de la av. Piraí) además de 12 lugares que frecuentan estas ‘tribus’. 
Este ‘inframundo’, contrapuesto a la imagen pujante que presenta la ciudad de los anillos, además de ser una parte (incómoda) de la sociedad, también es su reflejo y tiene muchas conexiones con ella. 

La ‘favela’ y los ‘condominios’ 
En medio del monte, en el cordón ecológico del río Piraí al final de la avenida Busch, hay unas 20 chozas dispersas construidas con carpas, hojas de palma y palos, que son denominadas ‘jaras’. “En estos lugares hay ‘soldados de seguridad’ que se encargan de controlar los intereses del ‘gremio’. Controlan que no hayan peleas, que no asalten ni roben entre ocho a diez cuadras alrededor”, señala Canelas. Así evitan que la gente de los alrededores se queje y que las autoridades hagan batidas. 
Los ‘soldados’ forman cintillos de seguridad, apostados en la entrada al lugar y en los alrededores, usan el código del semáforo para comunicarse. Si gritan ¡verde!, significa que todo está tranquilo; ¡amarillo!, si hay alguien extraño; y ¡rojo! para alertar operativos contra ellos y  para que se esconda todo lo ilícito: droga, objetos robados y hasta menores de edad.   
La ‘favela’ tiene la particularidad de que se alquilan las ‘jaras’ para quienes quieran drogarse o tener compañía de alguna de las mujeres que viven allí. 
Los códigos que se manejan en el cuarto anillo de la av. Piraí son los mismos. La diferencia entre ambos lugares, es que en la Piraí no venden droga a menores de edad, mientras que en la ‘favela’ sí, pero no les permiten  consumirla allí. 
“El microtráfico funciona así: llega un ‘pilchero’ y vende una cantidad de droga al ‘man’ (líder) de la zona, que tiene gente que la divide en sobres o ‘tamales’ pequeños para venderla al menudeo”, cuenta el terapeuta, quien agrega que entre las normas también está no ‘hacer piedra’, es decir no vender droga falsa, pues algunos optan por mezclar la droga con otras sustancias y así quedarse con una parte para su consumo. “El tráfico de drogas es un monopolio en cada ‘gremio’ y está prohibido venderla en un lugar al que no se pertenece”, acota Canelas. 
Los castigos a los que se portan mal, ‘hacen piedra’ o venden fuera de su zona, son las golpizas, la ‘guasca’ con alambre de púas o se los denuncia para que la Policía los detenga con droga. 
El fiscal de sustancias controladas Gróver Vega explica que por norma, los que son hallados con cantidades mínimas de droga se los considera consumidores, pero si se los captura con varias dosis de drogas al ‘menudeo’ para la venta, son pasibles a ser procesados por microtráfico. 

La rutina de los ‘nómadas’
“En la mañana nos movíamos por el segundo anillo ‘reciclando’ (hurgando la basura) o haciendo algún trabajo para ganar unos pesos. Luego íbamos por el Parque Urbano, entrábamos al centro, bajábamos por la calle Isabel la Católica y nos íbamos al Abasto”, cuenta David, mientras Micky cuenta que lo peor de vivir en la calle es que en las noches cuesta encontrar dónde dormir, porque son corridos de todos lados por los guardias de seguridad, por otras personas de la calle e incluso por jóvenes que bajan de sus autos para golpearlos ‘por gusto’.
En los mercados pedían comida, víveres, o los sacaban de la basura. “Hasta carne podrida, bien hervida, ‘pasa’ cuando hay hambre”, recuerda David. 
Así son los días entre semana, porque desde el viernes se dedican a ‘relajarse’ en los canales de drenaje. “Eso significa ‘todo’, tomar alcohol, drogarse mucho, tener sexo, salir en las noches a las rocolas a espiar gente para robarle y comprar más droga”, dice David. Ese ‘todo’ deriva en bailes alocados, peleas y sexo, que  puede darse pagando los servicios de algunas de las mujeres que se prostituyen y viven en los canales o forzándolas.
Hay dos sitios ‘especiales’, para ‘relajarse’, son como cuartos ‘encajonados’; uno debajo del monumento al Chiriguano que mide dos metros cuadrados y otro en el quinto anillo de la avenida Grigotá, de cuatro por tres metros, donde entran entre 10 y 20 personas que arman estas ‘jaranas subterráneas’. 
Cada lunes, se reinicia la rutina de estas personas a las que el resto de la ciudadanía ve a diario. Hay quienes se incomodan, pero casi nadie hace algo para ayudarlos a cambiar su realidad.