Miraba el último clásico junto a un colega. Yo, bluminista, él, orientista. El partido era tan mediocre, que ninguno se animaba a apoyar abiertamente a su equipo. La superioridad de Blooming parecía evidente en ciertos momentos del partido, pero yo no estaba convencido. De hecho, le expulsaron a un jugador y se equilibró el encuentro.
Por casualidad mi equipo subió el marcador gracias a un autogol y ganó el partido, pero la zozobra duró hasta el final.
Esto me hizo pensar que ese partido se parecía mucho a la relación entre el gobierno y la oposición. Mi colega coincidió. No importa quién sea mejor, sino quien cometa más errores. Un partido de autogoles.
Pero la lógica perversa de la política es que probablemente el que más yerra es el que gana.
Los constituyentes se pasaron casi un año discutiendo sobre los dos tercios. Cuando se les acabó el plazo “pidieron pita”, como se dice vulgarmente. El Congreso no se hizo problema y amplió el plazo.
En menos de una semana oposición y oficialismo lograron consensos que no pudieron en un año. ¿Todo para qué? Para poder volver a tener de qué pelearse, ¡por supuesto! Es que se necesitan para coexistir.
La oposición no tiene razón de ser sin el oficialismo y viceversa. Parece un ying yang mutante, que se complementa en la discordia, no en la armonía.
No pido que todos jueguen para el mismo equipo, tan solo pido un poco más de coherencia y dejen de meterse autogoles.