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Junio 2007 Archivos
Querid@s amig@s, les presento el blog Urbanistán, ahora en la web de El Deber. Se llama así porque ese es el país de todos los que vivimos en una ciudad. Yo me asumo, lo confieso públicamente, un citadino incapaz de resistir tres días seguidos en el monte. No tanto porque muera de hambre, sino porque no aguantaría mucho tiempo sin Internet. Sea grande o chiquita, una metrópoli o una ciudad intermedia, las urbes en cualquier parte del Mundo, hasta donde sé, tienen elementos en común que nos permiten hablar de un mismo lenguaje. Yo vivo en Santa Cruz, la ciudad más grande de Bolivia, que es un poroto al lado de cualquier capital sudamericana. Es el doble de muchas capitales europeas, pero cuenta con la tercera parte de sus servicios. Pero, como dijo el profesor de un amigo, “a cualquier parte del mundo donde vayan siempre encontrarán tontos y coca cola”. Alguien que me diga dónde no se puede encontrar coca cola, y además demostrarlo, sería un interesante tema para postear. En su ciudad seguramente habrá seguramente un almacén o grandes centros comerciales donde hacer compras. Al menos un banco, con un cajero automático caprichoso; un restaurante donde venden hamburguesas y/o pollo frito; café Internet, tiendas de barrio, una radio local y un vecino insoportable. Y bueno, al menos sé que todas y todos los amig@s que conozco habitan en ciudades a las que llega Internet. Por eso podrán ver este blog. Además de eso, creo que los latinoamericanos somos parte de un gran país, con similitudes en su conformación social, sus costumbres y su idiosincrasia, muy estrechas. Esto incluye a los hermanos españoles, aunque desde abril comiencen a pedirnos visa. Así que también compartimos ciertas visiones políticas, filosóficas e ideológicas, unidas comunicadas a través del mismo idioma español. Salvo alguna que otra excepción, hemos heredado un concepto de democracia liberal. Tuvimos alguna vez que votar por un candidato u otro. Es posible que hayamos tenido que elegir entre el azul o el rojo, el de izquierda o el de derecha, el conservador o el liberal, pero lo más probable es que hayamos conocidos papeletas electorales con muchísimos candidatos. En fin, son muchas cosas que nos unen, por eso los invito a compartir experiencias y comentarios acerca de temas que nos pueden ser muy familiares. Aparte, quiero poner en consideración, algunos artículos ya pasados que he publicado acerca de lugares que he tenido la fortuna de visitar. Espero que les sirva para algo y si no, siempre hay un enemigo al que se lo pueden recomendar. Gracias por visitar el blog y espero sus comentarios, reclamos e incluso insultos, pero por favor eviten las ofensas.
Un amigo costarricense, Orlando García Velarde, es traductor profesional y se ha dado a la tarea de crear un diccionario de americanismos. Y es que resulta que si bien oficialmente hablamos español en 19 países (incluyendo a Puerto Rico) de América, más España, es muy probable que no nos entendamos entre dos personas de países vecinos. Nada sería eso, sino que da lugar a malas interpretaciones. Una amiga venezolana en Santa Cruz, la estaba pasando muy bien en una fiesta hasta que dijo que estaba “arrechísima”. En Venezuela esto quiere decir que se estaba divirtiendo mucho, sin ninguna mala intención. En Bolivia significa excitada, pero además dicho de una forma muy vulgar. Ahí se le acabó la diversión, pues con unas copas demás varios de los presentes comenzaron a acosarla.
Otro amigo cubano, también en Santa Cruz, no entendió la cara de espanto de una señora cuando, recién llegado a la ciudad, le preguntó por “¿por dónde cojo la guagua?”. En cubano preguntaba qué dónde podía tomar en bus. En cruceño significaba literalmente que quería fornicar con un bebé.
Miles de anécdotas como esas suceden al cruzar nuestras fronteras, e incluso entre regiones de un mismo país. Hay algunas que son muy cándidas. Una amiga gallega creía que el chancho era pollo. Con unos amigos bolivianos, en el Cusco, pedimos una “soda” para refrescarnos del ardiente sol andino y nos dieron unas galletas saladas. Justamente con estos mismos cumpas, en Buenos Aires un par de años después, pedimos lo mismo y nos dieron agua con gas. Aprendimos que sólo en Bolivia se dice soda, en todos lados es gaseosa. Incluso, en el occidente se utiliza más la palabra “refresco”. Y lo que el refresco es para nosotros los orientales, para los andinos es “fresco”.
Pero las más vergonzosas son aquellas relacionadas a los genitales o a las malas palabras. Para los bolivianos es demasiado vulgar que un jugador argentino de básquet se llame “Pichi” Campana, o un automovilista sea “Cocho” López. (Para los que no son bolivianos, ambos motes se utilizan para nombrar los genitales masculino y femenino, respectivamente. Pero son palabras que habitualmente no se pronuncian en público o al menos no estando sobrios).
Por eso me resulta más que gracioso que les haya pasado a algunos religiosos que conozco. Rescato dos situaciones que les pasaron a ministros de la Iglesia Adventista. Un pastor beniano en Santiago de Chile, en su primer sermón, hablaba sobre la necesidad de evitar los chismes. “Así que hermanos si alguien tiene la tentación de chismear, amárrese el pico…”, dijo vehementemente, y la congregación se aguantó la risotada, pues “pico”, para los chilenos es el genital masculino. En tanto, otro predicador uruguayo en una reunión con dirigentes eclesiásticos en Santa Cruz, les decía: “a mí me habían dicho que Bolivia era pobre, pero yo he visto venir a la iglesia a una señoras con unos ‘cochazos’ (y con la mano hacía el ademán de que eran grandes)”. Él hablaba de automóviles grandes y lujosos. Pero los hermanitos se tentaban a pensar en unas vaginas anormales.
Hay mucho para comentar de este tema y les planteo dos cosas: una pregunta, ¿será que de aquí a cien años estaremos hablando diferentes idiomas, como decir, el mexicano, boliviano, colombiano, chileno, etcétera, o las telecomunicaciones irán uniformando nuestro español?
Y segundo, cuenten anécdotas que hayan tenido al respecto
chau, chaíto, salú, nos vidrios, nos cheque, hasta la vista baby
Estoy casi seguro que todos sabemos dónde quedan estos pueblos. Originalmente, Macondo en Colombia, Sucupira en Brasil y Tangamandapio en México. Y también creo que todos conocemos a sus hijos más ilustres Aureliano Buendía, Odorico Paraguaçú y Jaimito El Cartero. En realidad son creaciones surgidas de la imaginación de García Márquez, Días Gomes y Roberto Gómez Bolaños, respectivamente, pero a la vez son personajes muy reales, como los pueblos en los que se desenvuelven.
Macondo, sin duda es el más famoso. De hecho, hasta hubo una propuesta para cambiar el nombre de Aracataca, pueblo donde nació Gabo, a Macondo, que finalmente no prosperó. Pero si nos ponemos a asemejar la ficción con la fantasía, hay miles de macondos en Latinoamérica. Macondo es tropical. Un desconocido pueblito agreste que ve pasar sus días sumando chismes e historietas. De ellas se valió García Márquez para crear Cien Años de Soledad. Macondo bien podría estar en Paraguay, en la llanura venezolana, el oriente boliviano o la selva peruana. Sucupira en tanto, si bien comparte muchas características de Macondo, tiene la peculiaridad del misticismo afrobrasileño, que bien puede ser afrocaribeño. La herencia colonial de sus casas me hace acuerdo a Corumbá. La primera vez que conocí esta ciudad fronteriza con Bolivia tenía diez años. Yo juré entonces que allí era Sucupira y me estaban engañando. El inicio de cada capítulo mostraba una postal que era idéntica.
En tanto, a Tangamandapio me la imagino más serrana. Podría ser también un pueblo de España, de Guatemala o de El Salvador. No pude evitar asociar Chalatenango, por ejemplo, con Tangamandapio. Rodeado de montañas, un sitio apacible, fresco, con gente muy calmada y hospitalaria, por ende. Podría ser también Samaipata, Zipaquirá, Puno, Chichicastenango (cuando no es día de feria) o Betanzos (Potosí), pueblos que guardo en mi memoria por esa misma apacibilidad.
Lo cierto es que la realidad convive con la ficción en nuestros pueblos. Conocemos políticos absurdamente corruptos y demagogos como Odorico; nos hemos informado con periódicos ridículos como “La Trompeta” de Sucupira; conocimos a algún conocido o conocida que añoraba, como Jaimito, a su pueblo, uno que nunca habíamos escuchado hasta que esa persona lo mencionó (recuerdo a un fotógrafo, Ángel Farell y Pozo del Toro); y no pudimos evitar hacer referencia a Macondo con algún episodio de nuestro propio pueblo (aunque sea una ciudad).
Seguramente hemos visto muchas “sucupiras”, muchos “tangamandapios” y muchos más “macondos”. El macondo más grande que yo conozco se llama Santa Cruz de la Sierra. ¿Y ustedes?
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