En el siglo pasado, la Copa América, se llamaba Campeonato Sudamericano de Fútbol. La ganamos jugando en canchas de La Paz y Cochabamba. Por primera y única vez en su vida Bolivia levantó el trofeo asignado a los campeones de ésta importante parte del mundo, en cuestiones de fútbol.
Hace 26 años de eso. Transcurrió mucho tiempo, pero es bueno no olvidar. Esos campeones de ayer, son los héroes archivados de hoy, que tienen como recompensa perpetua, una entrada de cortesía para ver todos los partidos de fútbol. ¿Poquito, no?
En éstas épocas, no se a cuanto totalizó el premio que por golear a la Argentina recibieron sus jugadores. Fueron unos buenos pesiso, pero comparados con los que maneja el fútbol capitalista, deben ser monedas.
La que siempre me cautivó, volviendo al 1.963, fue la entrega de premios para los más destacados futbolistas de la selección de esas épocas. El capitán fue recompensado con una bicicleta y el goleador con una máquina de coser.
No había televisión, pero en el cine se mostraban pequeños noticiosos, donde veíamos a nuestros héroes entran sin nada a una tienda y luego, salir, uno con su bici y al otro con la máquina de coser. ¿Qué pobreza, no?
Esa máquina de hace 46 años atrás, se convirtió el pasado miércoles en una máquina de hacer goles, en un aparato humilde que no requería un cuerpo de seguridad y medidas de ese tipo para proteger a los jugadores de “bolitas” entusiastas que solo querían una foto o un autógrafo. Fue la máquina perfecta. Una moledora de carne argentina de primera calidad, que hizo flecos a los niquelados, como nunca vimos antes.
Argentina llegó con excesivas precauciones para impresionarnos y ha debido retornar a su país, al cual no han debido ir ni los familiares a recogerlos, con un considerable contrabando de media docena de goles que no se los van a sacar nunca más en la vida, así hablen de la altura, que los ponchos rojos se entraron a la cancha, que el árbitro era cuñado de Rada, el juez de línea farreaba antes con Quintana. Nada, absolutamente nada, va a poder borrar la paliza que les hizo morder el pasto del Siles, por los siglos de los siglos.
Me avergüenza esta mi explosión triunfalista, pero sino, para cuándo?
Felizmente vimos a un entrenador visitante muy equilibrado para hablar, aunque en la cancha estaba más perdido que bizco frente a un pico e plancha. En otras épocas el hubiera preferido volver por tierra a Santa Cruz y hacer escala en el Chapare para llevarse coquita de la buena para que se le pase el trago amargo de la derrota.
Así es el fútbol. Así fue la máquina de coser de los 60, así son los millones de la AFA y así es la humildad de un equipo que empezó a despegar.
La cruz que hace una semana cargaba Platini es hoy, algo así como la máquina de coser del ayer, trofeo para los grandes. Con ella esperemos que empiece a coser una nueva gala para las fechas que vendrán.
El pasado miércoles, de búho me convertí en un gallo que amaneció cantando feliz, en el karaoke de la vida.