Miércoles de ceniza. Estaba caminando por la city. Lucía más pintoresca que nunca. Había ido a golpearme el pecho a la Catedral para empezar la cuaresma y olvidarme de los juramentos que hice a tres damas cariñosas, que no las describo porque estaban llenas de pintura. De pies a cabeza. Me consta.
Repentinamente; ¡Milagro! un árbol centenario me pasó unas hojas. Era una carta para publicarla. Eso hago ahora.
Estimado señor:
No se si usted estuvo carnavaleando por las calles céntricas de la ciudad y vio, como a nombre de la alegría camba, nos hicieron puchi, perdón la expresión, pintarrajeándonos, como si nos tuvieran bronca.
¿Qué culpa tenemos nosotras de ser la cara del pueblo? ¿Que culpa tenemos el no poder defendernos? Somos inválidas desde nuestros cimientos pero siempre hemos sido el pizarrón de la canalla. Así nos retoquen, quedan las cicatrices y la humillación de no poder defendernos.
Cuando hay gente que quiere agredir bajo el anonimato, pinta graffitis en la clandestinidad de la noche. Cuando alguien quiere orinarse a colores en la ciudad, espera el carnaval y de día a vista, paciencia y complacencia de los demás, nos hacen bolsa.
Es por ello que las paredes de la ciudad, nos dirigimos a la opinión pública para decirles que estamos en huelga de humedad, motivo por el cuál no permitiremos que los perros de la calle, levanten la pata para orinarnos. A ellos los aceptamos porque son animales y no entienden, pero lo que no entendemos nosotras es por qué, la gente que dice amar tanto a su pueblo y que cantó cien veces el “Viva Santa Cruz” nos convierten en cara de payasos, si muchas de ellas, las paredes, han visto la historia de nuestro pueblo.
No sería bien, que la pintarrajeada sea solo entre seres humanos? Si les gusta tanto esa clase de diversión, no nos metan en el baile porque, simple y llanamente, merecemos el respeto del pueblo, porque somos nosotras las paredes, ese pueblo que no cambia con el tiempo.
No es posible que haya un ciudadano sobrio, que pueda estar orgulloso de esa agresión a la ciudad.
Según la historia, por temor a los totalitarismos, la pared era el afiche de las consignas. En el campo eran los árboles. La primera inscripción tallada en la corteza de un árbol dizque decía “Tarzan, go home”. Era obra de los monos y es entendible.
Para concluir, nos preguntamos ¿ya estará el día en que nos topemos con el verdadero civismo y le digamos basta a este atentado al ornato que es propiedad de todos? Sería hora, porque garabatearnos es más bajo que pegar a un enano.
(fdo) Varias calles de la ciudad.