A LA MEDIA NOCHE.
- ¡Hola! Escuchá bien. Tengo instrucciones del Ministerio del Interior para tomarte preso y enviarte a La Paz.
- Perdón, ¿con quién hablo? Pregunté tímidamente, pero con la seguridad de que era una broma.
- Con quién va a ser. ¡Con José Abraham, carajo!
Era el jefe de Policía. De tanto hacer notas como periodista éramos conocidos.
- Hola. ¿Estás hablando en serio?, le pregunté.
- No estoy para huevadas. No se en que lío te habrás metido, pero esta noche vamos a ir a recogerte a tu casa. Para que veas que soy tu amigo, no voy a permitir que la allanen. No quiero ver a tu mujer ni a tus hijos llorando. Te toco el timbre y tienes 5 segundos para estar en la puerta. Estaré a la media noche.
Cuando recuerdo esa llamada, hay muchas cosas que desfilan por mi mente. Banzer era el dictador, la mano dura, si era para joder a su gobierno, no permitía que ni una mosca vuele. Se mantenía sin oposición y con especialistas en represión que disparaban primero y preguntaban después.
Llegué a mi casa, le conté a mi esposa. Preparamos un maletín, me puse una chompa y tenía enrollado un poncho, con el cual desafiaba a la gente, cuando salía en mi moto rumbo a la radio, luciendo una prenda que ni de locos, otros se pondrían.
En Radio Centro éramos un grupo de personas que trabajábamos intensamente. Poco salario y mucho entusiasmo. Sin consignas partidarias, pero haciendo una resistencia disimulada contra el gobierno para que no nos saquen la cresta. Pese a lo tibios de nuestros comentarios, la gente nos seguía, porque entrelíneas, nos animábamos a lanzar algunos dardos.
Uno de ellos, ocurrió luego de una manifestación universitaria que fue reprimida salvajemente. No podíamos dar el número de bajas, pero cada instante pedíamos sangre del Tipo O, luego del Tipo A, etcetera que obviamente era para auxiliar a los heridos que estaban en el hospital.
Estaba obscureciendo, cuando aparecieron paramilitares ebrios que tomaron la radio.
Nos arrinconaron contra la pared. Gritaban desorbitados y nosotros temblábamos aterrados.
- ¡Nadie se mueva, carajo. Al primero que chiste le meto un plomo!!
No había quien responda. Solo nuestras respiraciones agitadas, que más parecían oraciones clamando al cielo de que no salga un tiro, flotaba en el aire, cuando hubo un apagón total.
- ¡¿Quién apago la luz, mierdas?!
- No, nosotros no!!
- ¡Silencio carajo!!!.
- No disparen por favor!
- ¡Enciendan las luces, cabrones!
- Parece que es un apagón en toda la ciudad, dijo alguien con voz temblorosa.
Paramilitares y radialistas, frente a frente, en medio de la obscuridad de la noche. Silencio total. De rato en rato encendían un fósforo para ver si todos estábamos contra la pared. Nadie se había movido. Cuando ese silencio, que era un calvario, se iba profundizando, sonó el teléfono y ahí, ambos bandos gritábamos.
- ¡Contesten!
- ¡No. No, no contesten!
- ¡De una vez contesten!
El que estaba más cerca al teléfono lo hizo. Al otro lado de la línea se escuchó: ¿A qué hora van a dar la novela?Volvieron las luces, el que los comandaba, igual de borracho que los demás, controló la situación, amenazándonos de que volverían a tomar la radio, si hacíamos esa clase de maniobras, porque el gobierno no admitió nunca haber herido a alguien en esa oportunidad.
- ¿Dónde crees que te llevarán?, me preguntó mi esposa.
- Seguro que será un interrogatorio y listo, le respondí nervioso esperando que suene el timbre.
- La gente que va a esas casa de seguridad, no siempre vuelve, me dijo.
- Si, pero yo no tengo nada. No conspiro, no soy de ningún partido político. No tendrían motivo para apresarme o deportarme.
Sonó el timbre. Nos abrazamos como si fuera la última vez y bajé las gradas de cuatro en cuatro. Tenía seca mi boca, me latían hasta los calcetines. No debía permitir que entren y bajé las gradas volando, ha entregarme.
Apellidaba Nuñez, un cambita muy sencillo que trabajaba de reportero en radio San Rafael. Era uno de los que salía grabadora en mano a cosechar las noticias del día. Eramos un grupo de no más de seis reporteros que teníamos fuentes similares y si bien competíamos a morir, como simples ganapanes, obviamente compartíamos las sagradas salteñas de las ll de la mañana en Cochabamba.
Una tarde de esas, uno de mis reporteros a quién yo ya lo había observado por lo nervioso y eufórico que andaba, me dijo que iba a ingresar a la resistencia urbana del ELN. Era un muchacho que había leído a Marx y consumido paso a paso la epopeya del Che en Bolivia.
- No te metas Carlitos. No puedes hacer una guerra con tus zapatillas de tenis frente a las metralletas de éstos. Además, ¿te vas a casar, no?
- Si, precisamente por eso. Ella está conmigo en la lucha.
Cuando abrí la puerta de mi casa, el temerario jeep rojo de José Abraham Baptista y sus boys, partía. Es decir se fue. ¡Me dejaron!
Subí a la misma velocidad que había bajado las gradas y le dije a mi mujer ¡se fueron, se fueron! y ahí me di cuenta de la importancia de ser libre.
Al día siguiente pensé que había sido una pesadilla. Aliviado retomé la rutina. Por la tarde otra vez don José:
- Anoche te salvaste porque se cruzó un operativo. De esta noche no pasas. Ya sabes. A la hora de cagar a la gente, soy puntual. Pasaré a media noche.
- Otra vez el maletín, la chompa y el poncho. Otra vez las lágrimas, besar a mis hijos y llorar junto a mi esposa. Llegó la media noche, el reloj de la torre del Hospicio que queda en la plaza Colón, en cuya una de sus esquinas vivía en la segunda planta, dio la una, luego las dos. Seguíamos esperando, hasta que pasados 15 minutos, otra vez el timbre, esta vez acompañado de bocinazos y yo emprendiendo mi maratón.
Recuerdo que a Nuñez lo conocí años antes, en un incidente. Barrientos había inventado el pacto militar campesino. Un pacto para corromper caciques en el valle para frenar a los opositores del general del pueblo.
Un buen día de esos, ingresaron a la plaza 14 de septiembre en camiones, armados y congestionados en chicha y cuando Nuñez, el acucioso reportero fue a entrevistar a uno de los dirigentes, lo golpearon sin más ni más. Llegamos los otros periodistas a auxiliarlo y se me salió mi siete machos y empecé a putear, reacción que me iba a agenciar un culatazo pero Jorge Solíz, que así se llamaba el dirigente campesino me dijo, “disculpá hermanito, ha sido un exceso”.
Yo reaccioné ciegamente, porque cuando le pregunté a Nuñez que le había pasado, él apenas podía hablar. Deduje que le quitaron el habla con semejante paliza. Luego supe que era tartamudo. Siniestro, no?
La tercera noche, otra vez a las 12 en punto, como películas de vampiros, mi mujer y yo, café en medio, esperando que me vayan a recoger. Sonó el timbre, bajé y los hombres se fueron. Eso se repitió casi todas las noches, por más de un mes.
Los torturadores chupaban en un boliche tarijeño cerca de mi casa y al pasar, como quién dan serenata a la corteja, me martirizaban, listo con mi poncho enrollado, esperando a que me lleven, vaya a saber dónde.
Al final, ya ni los esperábamos. El cansancio felizmente nos vencía y quedábamos dormidos, hasta que nos despierte un timbrazo y un jeep alejándose de la puerta de mi casa.
A Nuñez lo partieron en dos con una ráfaga de ametralladora. Me lo contó mi reportero Carlos, el momento de huir con su mujer.
Nunca supe más de él. Bueno, supe muchos años después. Lo encontré en la calle Ayacucho de La Paz, cuando García Meza era presidente.
- ¡Carlos! Que alegría saber que estás vivo. ¿Y tu mujer?
- Bien, vivimos acá en La Paz.
- No tienen problemas con el gobierno? ¿No los están persiguiendo?
- No, dijo sonriendo. Los dos trabajamos ahora en el Ministerio del Interior.
Después de esa metamorfosis nunca más lo vi.
Años después a José Abraham Baptista, cuando llegaba a su casa, le metieron más de cuarenta plomos en su ampulosa humanidad por hacerse el vivo con sus socios, los narcotraficantes.
Jorge Solíz, el dirigente que metió a los campesinos a la plaza y agredieron al periodista Nuñez, fue asesinado en una emboscada en la carretera al valle, a plena luz del día, al parecer siguiendo órdenes del difundo general Alfredo Ovando Candia, presidente del país, en esos tiempos.
El segundo piso de la casa en que vivimos esas torturas a la media noche, es de un señor que tiene dos hijos. El mayor jugaba tenis todo el día, el segundo fue presidente de Bolivia. Se llama Eduardo Rodríguez Veltzé.
Comentarios (1)
ME DA TANTA ALEGRIA PODER LEER OTRA VEZ SUS ARTICULOS CON ESE ESTILO TAN SINGULAR,JOCOSO,OBJETIVO, CRIOLLO,NO LO LEIA AAAAÑOS, VIVO EN VENEZUELA DESDE EL AÑO 1976,ENCONTRE LA PAGINA DEL DEBER HACE POCO,LEO TODOS LOS DIAS GRACIAS POR ALEGRARME Y RECORDARME LO HERMOSO QUE ES MI PAIS NUESTRO PAIS,SOY DE CBBA OTRA VES GRACIAS...........
Publicado por ismael | Marzo 19, 2008 12:25 AM
Publicado el Marzo 19, 2008 00:25