La vida es cíclica, las situaciones dan vueltas y cuando se trata del fútbol es peor. Acaso no han sentido que están en un partido mirando a su equipo y que sienten que los van a empatar en el último minuto, como aquella lejana vez cuando parecía que por fin se ganaba de visitante, pero en la agonía del partido vino el balde de agua fría.
Bueno, eso me pasa en estos días con el tan anhelado debut de la selección boliviana en las eliminatorias. La euforia de estos días es similar a la que se vivió hace cuatro años, claro que con diferentes circunstancias y protagonistas.
Esa vez, me acuerdo, el Pelado Acosta estaba al mando. Había llegado meses antes a la selección luego de conseguir el título chileno con Cobreloa. Además, tenía en sus espaldas (mejor dicho pecho) la única medalla que Chile había conquistado con el fútbol en unos Juegos Olímpicos.
En síntesis, había materia para ser optimistas al extremo. Pero el día del partido, todo se nos vino abajo. Acosta presentó un equema ultraconservador (un solo delantero, que apenas pisaba el campo rival y los otros diez metido en el territorio nuestro.
Mierda (perdón por esta palabrota), recuerdo que nos acorralaron tanto, nos metían centros a cada rato, que era como estar frente a un pelotón de fusilamiento esperando a que te liquiden.
Y como no había cántaro que aguantara tanta agua, nos terminaron goleando los uruguayos allá en el Centenario. Fue 5-0. Desastre total, frustración general. La prensa, los hinchas y hasta los dirigentes apuntaban al Pelado Acosta.
Y si bien los tiempos han cambiado y ahora está Platiní como técnico, hay que reconocer que muy dentro nuestro todos guardamos el temor ese de que noe vuelvan a golear, de que nos llenen la canasta. Lo peor no es que te goleen, es que te bailen, que no te dejen hacer una y que la pelota parezca sólo de ellos.
Ojalá que este sábado la historia cambie, aunque sea un poquito...