SOBRE UN MUSEO Y UN MURAL
La semana pasada, el Museo de la Historia del Holocausto, de Jerusalén, fue galardonado el miércoles con el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia 2007 por su labor para promover "la superación del odio, del racismo y de la intolerancia".
Otros 46 candidatos estaban en la lista de aspitantes, entre ellos la política colombiana Ingrid Betancourt, secuestrada por la guerrilla de las FARC desde 2002, las orquestas juveniles e infantiles de Venezuela, fundadas por José Antonio Abreu, y otros procedentes de varios países latinoamericanos como Argentina, Brasil, Cuba, México y Perú. Pero el galardón recayó en el museo jerosolimitano.
Visité el lugar en diciembre pasado, como parte de una delegación de periodistas latinoamericanos, y pude ver lo que se puede construir como nación, cuando se tiene una historia para contar al mundo.
En el suplemento Brújula del sábado 15 publiqué una breve reseña sobre esa visita. Aquí está el texto y también van algunas fotos, para que tengan una mejor idea de lo que hay allí, bajo el Monte de la Conmemoración.
METÁFORA DEL DESCENSO Y LA LUMINOSIDAD
Una visita al Museo de la Historia del Holocausto en Jerusalén es, literalmente, una inmersión. Un descenso a los años más oscuros del siglo pasado que toma forma en el pasaje a través del Monte de la Conmemoración, en cuyo interior se construyó el memorial.La metáfora del descenso tiene un principio y un fin. Empieza mostrando la vida de las comunidades de judíos dispersas por Europa en siglos anteriores y detalla las condiciones de discriminación a que eran sometidas.El visitante avanza en el tiempo, de sala a sala, en zigzag, cruzando diez veces la columna vertebral del museo, compuesta por dos largas planchas de concreto que crean una figura triangular que domina el ambiente. En cada sala, retazos de historia, desde periódicos y fotos hasta armas y latas del letal gas Zyklon, hablan por sí mismos de una existencia plagada de sufrimientos y persecuciones que tienen su nivel más alto y brutal con el exterminio en el campo de concentración de Auschwitz.El tránsito por la montaña/historia conduce al resurgimiento, a la luz. Al final del recorrido, las planchas de concreto se separan sobre un balcón que ofrece una vista privilegiada de un valle en el oeste de Jerusalén. Es, después del terror vivido, la visión de la Tierra prometida que se reclama, no sin dolor para todos, aun en estos días.
Bueno, esa es una parte mínima del recorrido, que se hace en unas dos horas. Como ven, termina bien, con una visión de la Tierra encarnada en ese valle verde cerca de Jerusalén.
Lo que por cuestiones de espacio solamente no entró en la columnita de Brújula, es la referencia a otra visión de esa Tierra, con la que me crucé en el campo de refugiados de Aida, cerca de Belén.
Un campo de refugiados palestinos en territorio palestino puede resultar difícil de entender. Se trata de espacios en los que se hallan confinados palestinos que tuvieron que dejar sus tierras cuando se formó el Estado de Israel, en mayo de 1948. Según quien les de la versión, podrán escuchar que en la época unas 700.000 personas fueron expulsadas por las milicias judías, lo que marcó la desaparición de unas 400 aldeas palestinas. Del otro lado oirán que mucha gente se marchó voluntariamente y no tiene derecho a retornar.
El caso es que la ONU reconoce que hay unos tres millones de palestinos viviendo en espacios 'prestados' por otros palestinos, en sectores de Cisjrdania y la Franja de Gaza, así conmo también en los hay en Líbano y Jordania.
En el campo de Aida, tuve la oportunidad de ver un mural, que en toda su simpleza habla de lo mismo que el museo de Jerusalén. En no más de 25 metros de pared, pintada a mano con aplicaciones de vidrio de botella para el toque artístico y ya.
Cada moneda tiene dos caras y al lanzarla se apuesta por una. Si cae la otra, vemos la cara de nuestra derrota, el lado que no queremos ver, lo que obviamos o desearíamos no tener delante. El Museo de Jerusalén y el mural de Aida son lo mismo para unos y para otros, si uno es capaz de salvar las distancias de acceso a tecnología, recursos económicos y posibilidades de ejercer la fuerza para imponerse.
El mural empieza con los granjeros palestinos de inicios del siglo XX y en unos cuantos metros relata visualmente la Nabka -el 'desastre' que significó para ellos la creación del Estado de Israel- la vida de los que tuvieron que instalarse en los campos de refugiados, las dos Intifadas de 1987 y 2001, la represión militar israelí y la construcción del muro de separación, a partir de 2002.
El relato (pueden verlo si hacen click aquí), termina en un árbol verde y frondoso. La misma visión del final feliz en ese balcón sobre el valle de Jerusalén. El mismo deseo de tranquilidad y paz.
Irónico no?