
Entrada vip (mesas con sillas): Bs 120, (general: Bs 60), botella de Paceña Bs 15. Escuchar en vivo temas como Dazed and confused, Since I been loving you o Baby i’m gonna leave you, y que éstos suenen realmente igual a las versiones originales, no tiene precio. No importa si los que están arriba del escenario no son Jimmy Page, Robert Plant o John Paul Jones. Por esta vez, déjenos soñar un poco.
En estos tiempos, en que los conciertos tributos han proliferado tanto como los críticos a este tipo de manifestaciones del alma rockera, resulta complicado explicar el gozo experimentado al disfrutar de un show como el que Moby Dick brindó hace unas semanas en Sonilum.
No son pocos los que sienten que estos tributos se han convertido en una especie de placer culposo, pues a pesar de que manifiestan sus objeciones a toda esta tendencia tributera, finalmente se los ve entre el público, junto a las mismas caras conocidas que han estado presentes en otros homenajes, como el de Santana, Soda Estereo, Queen o los ya tradicionales shows que se realizan en Oz.
Al homenaje a Led Zeppelin no asistió mucha gente, y aunque suene muy trillado eso de que ‘el que no fue no sabe de lo que se perdió’, es así de cierto ("el que no fue se lo perdió" diría una conductora de programa farandulero). Eso era previsible, tomando en cuenta la poca promoción que se hizo del espectáculo, pero sobre todo, porque ya se percibía una ‘saturación de tributos’ en el público (incluso, esa misma noche, el productor del homenaje a Elvis Presley y Jerry Lee Lewis, a cargo del argentino Luciano Matía, decidió suspender el show previsto para el 5 de agosto, para así evitar un inminente fracaso en asistencia).
Dejando de lado toda esa cuestión, insalvable para los productores del show, queda el recuerdo de un espectáculo magnífico. Si Glen Vargas nos sorprendió en el tributo a Santana, con una banda que demostró una gran unidad musical, el Gato Pinaya (gestor del tributo a los británicos) logró que la entrada para ver a Moby Dick se pagara una vez y otra vez por sí sola, a medida que se iban sucediendo las canciones extraídas del repertorio clásico de Led Zeppelin.
Fueron más de dos horas de una vibrante actuación de Óscar Pinaya ‘El Gato’ en la batería, Gonzalo Molina (bajo), Germán Romero (guitarra) y Mauricio Montero (voz). Este último definitivamente se llevó la mayor parte de las ovaciones, luego de confirmar que sí existe alguien en Bolivia que puede acercarse al registro vocal de Robert Plant, uno de los mejores vocalistas en la historia del rock.
No hacía falta que Montero explicara que ‘lo sigue desde hace tiempo a Plant’, bastaba con escucharlo para que uno se diera cuenta de que el cantante nacido el 20 de agosto de 1948 en West Bromwich, Staffordshire ha sido el héroe de toda la vida del músico paceño.
El show tuvo momentos memorables, como la participación de cuatro músicos de la Orquesta Sinfónica Hombres Nuevos, que acompañaron con sus instrumentos de cuerda en temas como All my love, Kashmir (no faltó alguien del público que estaba esperando ver a Godzilla por detrás del escenario) y en la introducción de Stairway to heaven, con flauta incluida.
Otra postal: la interpretación a cuatro manos de Moby Dick (el famoso sólo de John Bonham), a cargo del Gato Pinaya y su hija Adriana, que demostró que el hijo del tigre (o la hija del gato en este caso) sale ‘pintau’.
Las canciones largas fueron las más emocionantes. Cada uno de los músicos a su turno tuvo su oportunidad de lucirse individualmente, incluyendo el tecladista invitado Marco Flores (de Atajo). Vale resaltar el interesante estilo del guitarrista Germán Romero, que sin moverse mucho le sacó las notas precisas a su ‘viola’, lo suficientemente fuerte como para hacer mover de sus sillas al frío público que se encontraba en la parte de adelante del área vip.
Esta frialdad fue disminuyendo poco a poco a medida que el vocalista animaba a la gente a acercarse más al escenario. No se tuvo que esperar hasta el final para que los espectadores de la zona de general se pasaran a la de vip. Cuando ya transcurría más de una hora y media de show, el público fue una sola masa humana, que, al estar más cerca de los músicos, logró que la fiesta sea completa. Fue el momento de joyas como Black Dog, Inmigration song y el himno Stairway to heaven. El retorno quedó marcado con la hipersensual Whole Lotta Love y una despedida a puro ‘mosh’ con Rock and Roll.
Realmente un tributo a la altura de los grandes Zeppelin.
Marcelo Suárez